jueves, 25 de diciembre de 2014

Capitulo 9 -Recuperarte-

-¿Vas a dejar que lleve en el vientre a tu bastardo? Es tu estilo, ¿verdad?
Pedro se puso pálido y apretó los puños. Paula los miraba alarmada. Entre ellos ocurrió algo sobre lo cual no se dijo nada, algo que ella jamás tuvo esperanzas de comprender. Pero fuera lo que fuera aquello los unía en una lucha de voluntad contra voluntad, en una explosiva y violenta batalla que requería de expresión.
Sin saber siquiera a qué los había expuesto, Paula no tenía esperanzas de suavizar la tensión. Pero a pesar de todo tenía que intentarlo.
-¿Podríamos tratar de calmarnos y discutir esto de un modo más racional? ¿Qué ocurre aquí?
-Nada que te concierna -replicó Rafe-. Tu futuro marido y yo estamos llegando a un entendimiento. ¿De acuerdo, Alfonso? ¿Vas a casarte con ella?
-Lo lamentarás, Chaves.
-No lo dudo -repuso Rafe encogiéndose de hombros-. Pero es mi hermana, y haría cualquier cosa con tal de hacerla feliz. Por alguna extraña razón Paula cree que tú eres el único capaz de hacerlo. Tienes cinco minutos.
Y sin decir una palabra más Rafe se volvió y salió de la habitación.
-¿Pedro...?
-No, no digas una sola palabra más -respondió él buscando las botas por la habitación. Luego se sentó al borde de la cama y se las puso-. Ya has oído a tu hermano. En cinco minutos se harán realidad los deseos de tu corazón. ¿Piensas vestirte para la boda o vas a casarte con esa colcha?
-No era mi intención engañarte, Pedro. Ni era mi intención terminar... -hizo un gesto señalando la cama-. Solo quería estar contigo, que nos conociéramos de nuevo antes de que descubrieras quién soy.
-Cariño, reconozco una trampa cuando la veo. Una mujer fácil, una cama oportuna, un pariente detrás de la puerta. El truco es más viejo que el mundo mismo.
-Pero...
-¡Basta, Paula! -exclamó Pedro echándole una mirada que la silenció más que cualquier palabra, una mirada en la que se combinaban el cinismo más amargo con la ira más salvaje-. Tienes exactamente treinta segundos para ponerte algo, sino te juro que te arrastro escaleras abajo como estés.
Paula no perdió más tiempo. Dejó caer la colcha y se metió el vestido por la cabeza. Después siguieron la ropa interior y los zapatos. No se molestó en ponerse las medias. Bajo la falda larga nadie lo iba a notar. Excepto por el pelo revuelto su aspecto no estaba mal. Levantó la cabeza y caminó hacia la puerta.
Pedro dio un paso adelante y le bloqueó el paso. Su mirada tenía una extraña expresión, una expresión que ella conocía bien, una expresión protectora y preocupada, casi amorosa. Lágrimas de anhelo se agolparon en sus ojos.
-Paula -hasta su nombre pareció proceder de un viento traído desde el pasado-, no podemos volver atrás.
-Lo sé -respondió ella devolviéndole la mirada con una mezcla de esperanza y lástima-, pero nos queda el futuro. De ahora en adelante podemos elegir el camino que deseamos seguir.
Una tierna sonrisa rozó los labios de Pedro mientras sacudía la cabeza en una negativa.
-Ese camino se decidió hace tiempo. Yo ya no soy el hombre que conociste, lo que estás a punto de hacer solo va a causarte dolor.
-Solo si tú decides hacerme daño.
Toda la ternura desapareció de golpe entre ellos, dejando atrás desolación.
-Yo no puedo hacer más. Aún no es demasiado tarde, Paula. Dile a tu hermano que has cambiado de opinión.
-No he cambiado de opinión, Pedro. No he cambiado en nueve años, ni cambiaría en noventa.
-Lo que sientes no es real, no es más que un sueño.
-Entonces espero poder seguir soñando siempre.
Lo cierto era que llevaba nueve años soñando y de pronto estaba despierta. Había vuelto a la vida gracias a un beso, y no podía volver a esa otra existencia por mucho que lo deseara. La vida, una vida con Pedro, la esperaba.
-Entonces que así sea. Esperemos que tu sueño no se convierta en una pesadilla.
Pedro abrió la puerta y le hizo un gesto para cederle el paso. Y mientras pasaba Paula tuvo la extraña sensación de que él la besaba en lo alto de la cabeza. Pero por supuesto tenía que estar en un error. Pedro estaba furioso con ella, furioso por su engaño, por los manejos de Rafe, por haber caído en la trampa de los Chaves una vez más. Cualquier sentimiento que hubiera podido albergar lo había destruido ella al abrirle el corazón mientras le ocultaba el rostro y su identidad.
De pronto recordó la máscara. Se dio la vuelta, pasó por delante de él y entró de nuevo en la habitación. No sabía por qué quería guardarla, pero no podía evitarlo. Los cascabeles tintinearon en señal de bienvenida.
-¿Qué haces? Eso ya no te hace falta.
-Lo sé, pero quiero conservarla.
-¿Como recuerdo? -inquirió Pedro.
-¿Tanto te cuesta comprenderlo?
-Sí, hay cosas que es mejor olvidar.
-¿Preferirías acaso olvidar esta noche? -exigió saber ella irritada.
-Solo hay una cosa de esta noche que quiera recordar -respondió él levantando la máscara y haciendo tintinear una de las tiras de cascabeles-. El resto me perseguirá sin necesidad de que guarde nada para recordármelo. Y ahora dime, ¿quieres unirte a tu hermano o prefieres que acabemos con esta farsa?
-Vayamos con mi hermano -contestó ella tocando su brazo y sintiendo sus músculos en tensión. Pedro estaba agitado. ¿Acaso aquel mero contacto era capaz de provocarle eso? Si era así aún había esperanza para ellos-. Tenías una razón para casarte, Pedro, y eso no ha cambiado. Te prometo que haré todo lo que pueda para conseguir que logres tu objetivo. Y te lo digo en serio, si no estoy embarazada me marcharé si quieres. Lo único que te pido es una oportunidad.
Pedro estaba tan cerca que Paula podía ver el gesto implacable de su mandíbula, la tensión que agarrotaba su cuello. Por un segundo una emoción brilló en sus ojos, una emoción que enseguida se apagó.
-No funcionará, cariño -respondió él con dulzura-. Quizá hubiera funcionado tiempo atrás, pero ya no.
-¿Por qué?
-Porque no me queda nada que ofrecerte. Si alguna vez conocí el amor fue hace tanto tiempo que no puedo siquiera recordarlo.
-Entonces yo lo encontraré por ti -replicó ella decidida-. Puedo hacerlo, lo haré.
-No, Paula, no lo harás.
Paula apenas podía contener su frustración.
-No comprendo. ¿Por qué no me dejas ayudarte? Podríamos encontrar lo que compartimos una vez. Sé que podríamos.
La mirada de Pedro se clavó sobre ella con una expresión fría, rotunda y segura.
-Porque yo no quiero eso que tú llamas amor. No si proviene de ti. Ni de ti ni de nadie. El amor no es más que una mentira, yo lo maldigo. Y como empieces otra vez a decir esas mentiras te mando con tu hermano, ¿queda claro?
Tan claro como el chasquido de su corazón rompiéndose. Paula se echó a temblar y los cascabeles entonaron una canción de despedida.
-Sí, Pedro, queda claro.


Pedro permaneció de pie frente al párroco, sordo a las palabras que se estaban pronunciando. Solo tenía un pensamiento en la cabeza: no le debería de haber dicho a Paula la verdad. Hubiera podido dejar claras sus objeciones sin mostrarse tan despiadado. Quizá entonces no hubiera tenido que ver la desolación de aquellos enormes ojos oscuros, ni sentir su respiración medio ahogada debido al dolor. Ni escuchar el repiquetear de los cascabeles al apartarse Paula de él caminando con una dignidad tan frágil que hubiera podido volverlo loco.
Pedro se metió una mano en el bolsillo y jugueteó con la tira de cascabeles que le había arrancado a la máscara. Era mejor ser sincero. De ese modo ella sabría qué podía esperar de su matrimonio desde el principio.
De pronto Pedro se dio cuenta de que todos llevaban un rato en silencio. Algo había ocurrido mientras él estaba perdido en sus pensamientos.
-Eh.... ¿sí, quiero? -se aventuró a decir.
-¡Oh, Pedro! -susurró Paula con los ojos llenos de lágrimas, ojos en los que él hubiera podido perder su alma.
Pedro suspiró.
-¡Maldita sea, Paula! ¿qué he hecho ahora?
Rafe golpeó a Pedro en el brazo con el puño.


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Continuaraaaaaaaaaaaaa! 

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