-Dejarlos a todos esperando. Nos escurrimos escaleras arriba y recuperamos nueve años. Con un poco de suerte se habrán marchado para cuando bajemos.
-¿Acaso soy el menor de tus males? -inquirió Paula abriendo los ojos.
-No, eres la puerta de escape de esos males -respondió Pedro escalando con los labios el camino a lo largo de su barbilla y cuello para llegar a la oreja y depositar allí su cálido aliento-. Eres un oasis, agua en medio de un interminable desierto, vida en el estéril revoltijo de rocas y piedras.
Conocía a ese hombre. No era el Pedro con el que acababa de casarse, sino el hombre del que se había enamorado en una ocasión. Paula sintió el júbilo de su vuelta, sintió un alivio más allá de lo que hubiera creído posible al descubrir que él no había desaparecido para siempre. Quizá, con un pequeño esfuerzo, pudiera sacarlo del duro caparazón en el que se había encerrado. Quizá. Pero tendría que mostrarse cautelosa, sumamente cautelosa.
-Desearía poder subir las escaleras y esconderme allí para siempre -confesó con devastadora sinceridad-. Solo nosotros dos.
-Hagámoslo -respondió él atrayéndola más hacia sí-. Ponte la máscara, esposa mía, y finjamos que somos dos extraños sin pasado ni futuro, sin nada que nos atormente. Sentiremos solo el placer del instante mientras dure.
-¿Y cuando termine? -inquirió Paula sintiendo de nuevo un dolor agudo y repentino.
-Ya nos enfrentaremos a ello cuando llegue. Más tarde, mucho más tarde.
-Desearía...
-¿Desearías qué...?
-Desearía que la noche pasada hubiera significado para ti algo más que un revolcón en la cama. Desearía que esta noche también pudiera significar algo más.
Había hecho mal en decirlo. La expresión de Pedro se tomó inmutable y dura, borrándose de golpe la pasión contenida. Cualquier fisura que hubiera creído ver en el caparazón que le servía de escudo no había sido más que un espejismo. Aquel cambio brusco de actitud empañó de lágrimas los ojos de Paula, lágrimas que ella ocultó tras largas pestañas.
-Te lo advertí antes de casamos.
-Lo sé.
-No me pidas más de lo que puedo darte.
-Siento decepcionarte, pero no voy a dejar de hacerlo -contestó Paula.
-Pues entonces agárrate, cariño, porque no voy a dejar de negarme.
-Eso es asunto tuyo -replicó ella tratando de reunir coraje-. Y ahora, ¿por qué no nos ocupamos de los negocios? Sospecho que así, cuando estemos juntos, todo será especial.
Pedro la agarró de la solapa de la camisa y tiró de ella hasta marcarla con un beso final en los labios.
-Cuenta con ello. Y cuenta con que mi intención es que estemos juntos a la primera oportunidad.
En los ojos de Pedro brillaba una chispa voraz, como si fuera un animal muerto de hambre que cayera sobre un inesperado trozo de carne. Paula comenzó a comprender. Los animales hambrientos caían sobre la comida con apetito voraz, exigiendo una satisfacción inmediata, sabiendo que en cualquier momento alguien podía quitarles el trofeo.
-Piensas que lo que sentimos el uno por el otro se va a desvanecer con el tiempo, ¿no es eso?
-No me cabe ninguna duda -confirmó él-. Un día nos despertaremos y descubriremos que lo único que queda entre los dos es un desierto.
-Si llega ese día no tendrás que pedirme que me marche, me iré por mi propia voluntad.
Pedro inclinó la cabeza asintiendo, pero algo retuvo a Paula. Algo que la alentaba a tomarlo en sus brazos y a jurarle amor eterno hasta la muerte, a prometerle que su amor sobreviviría a todo, a decirle que nada volvería a separarlos. Pero la cautela la detuvo tanto como la actitud de él. Paula dio un difícil paso atrás, un paso que le costó mucho más de lo que hubiera supuesto.
-Me presentaré ante doña Isabella.
-No tardaré.
Cada uno tomó una dirección. Era una ironía que Paula no dejó de notar. Ella abrió la puerta del despacho y se preparó para enfrentarse a la señora y al secreto que Pedro tanto protegía. Un solo vistazo fue suficiente para reconocer a una mujer de presencia formidable.
Estaba sentada, perfectamente erguida, delante de la mesa de Pedro. Y no se volvió al oírla entrar. Tenía las manos sobre el regazo y el mentón levantado. No miró a Paula hasta que ésta no se interpuso en su línea de visión. Sus ojos negros, altivos, estaban llenos de vida y de rebeldía. Justo lo contrario que se hubiera esperado de su inflexible apostura.
-Doña Isabella, soy Paula Alfonso, la mujer de Pedro. Lamento mucho haberla hecho esperar, acabamos de llegar.
-¿Su mujer? -repitió ella. Una ligera emoción cruzó sus orgullosos rasgos. Había logrado captar toda su atención-. Así que por fin ha hecho lo que le pedí. Confieso que me sorprende.
Paula se sentó, pero no detrás de la mesa del despacho. Era un detalle sin importancia que esperaba que la señora interpretase como un gesto de paz e igualdad.
-¿Y por qué le sorprende tanto?
-No esperaba que encontrara a ninguna mujer deseosa de unirse a él.
-Pues yo estaba más que deseosa.
-Eso no te hace más admirada a mis ojos.
-¿Acaso necesito que me admires? -preguntó Paula divertida.
-Sí, si deseas mi cooperación.
-He ordenado que nos traigan café, ¿te parece un buen comienzo?
-No, yo siempre tomo té.
-Lástima -dijo Paula con calma, comprendiendo el juego de la señora y siguiéndole la corriente-. Sospecho que Penny se ofendería si le pidiera un té.
-Es un bruto -confirmó la mujer con un brillo de humor en los ojos.
-Pues a mí me gusta. Siempre está dispuesto a ofrecer su sincera opinión.
-Sí, la ofrece gratis muy a menudo. Difícilmente se puede considerar una actitud apropiada para un empleado.
-¿Quieres que hable con él sobre su actitud? -se ofreció Paula.
-¿Crees que serviría de algo?
-No.
-Entonces, ¿para qué?
-Por divertirnos - contestó Paula bajando la voz e inclinándose hacia ella.
Doña Isabella soltó una carcajada y justo entonces la puerta se abrió. Penny entró con dos tazas de café.
-Café solo. Ni se les ocurra arruinar una taza del café de Joe con otra cosa que no sea whisky -comentó dejando las tazas en la mesa y mirando a las dos mujeres suspicaz-. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miráis de ese modo?
Las dos mujeres compartieron un instante de complicidad femenina.
-Gracias por el café, Penny -dijo Paula solemne-. Espero que no haya sido demasiado trabajo.
-Sí, lo ha sido, pero eso a vosotras os da igual... -Penny miró a doña Isabella y calló-. Si el jefe me necesita estaré en el establo, al menos allí los animales no me miran mal.
-He tomado una decisión -anunció la señora en cuanto Penny se fue-. He decidido que sirves.
-Gracias, aunque no estoy muy segura de para qué.
-Alfonso no te ha contado nada, ¿verdad?
-Aún no.
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Lean el siguiente!
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