PRÓLOGO
Los Chaves, Forever, Nevada
ELLA CHAVES rodó por la cama y miró a su marido. La luna llena bañaba la habitación de una luz plateada y le concedía un tono marfileño a los duros rasgos de Rafe.
¿Estás seguro de que estamos haciendo lo mejor, Rafe? Quizá no debiéramos de interferir.
-Para empezar la razón por la que mi hermana está en esta situación es mi intervención anterior. Me he mantenido al margen durante los últimos nueve años, esperando en contra de toda esperanza a que Paula encontrara a alguien, pero nunca encontrará a nadie. Ningún hombre conseguirá-conquistar su corazón.
-Excepto Alfonso -repuso Ella en voz baja.
-Excepto Alfonso -confirmó Rafe asintiendo.
-¿Y cómo sabes que no está casado? ¿Cómo sabes que accederá a venir?
-He estado observándolo desde que anulé el matrimonio.
Ella se tomó unos instantes para asimilar aquella nueva información antes de decir:
-No puedes jugar a ser Dios, Rafe.
-No estoy jugando a nada -respondió él con un gesto severo-, solo trato de enderezar lo que está torcido. Si sale bien Paula será feliz por fin.
-¿Y si no sale bien?
-Entonces al menos le habré devuelto la oportunidad que le arrebaté hace años -contestó Rafe apesadumbrado.
Lullabye, Colorado
-¡No puedes estar hablando en serio!
Doña Isabella inclinó la cabeza con un gesto regio y se aferró a su bastón de oro.
-Completamente en serio, Alfonso. Sabes que contacté contigo el mes pasado bajo esa condición, y sin embargo no has hecho nada para cumplirla.
-¿Esperabas que encontrara esposa en solo un mes?
-No -replicó ella con ojos brillantes-, pero ahora espero que la encuentres en una semana.
Aquello era todo. Alfonso caminó a grandes pasos por el despacho tratando de mantener el control, pero era tan difícil como meter en vereda a un caballo salvaje. No dudaba ni por un instante de que doña Isabella esperara verlo con una novia del brazo, y no importaba ni lo más mínimo que eso fuera lo que él menos deseara en ese momento. Ni importaba que no tuviera ni una sola oportunidad de que una mujer se casara con él en cien kilómetros a la redonda, ni que no tuviera absolutamente nada que ofrecerle a una esposa. Lo único importante era que ella se lo había ordenado, y si no lo hacía le negaría lo que más quería. Forzado a admitir que no tenía otra opción Alfonso actuó del único modo que pudo: se echó a reír.
-Y supongo que no tendrás ninguna candidata, ¿verdad?
Doña Isabella apretó los labios. Según parecía no tenía mucho sentido del humor.
-Me marcho a México dentro de una semana, Alfonso. Si para entonces cumples mis condiciones le daré lo que quiere, si no... -se encogió de hombros-. La elección es suya.
-No, madam, no lo es -replicó él serio-. Si lo fuera no estaríamos teniendo esta discusión.
Entonces sonaron unos golpes en la puerta y Penny, el capataz de Pedro, asomó la cabeza temeroso de molestar a la señora.
-Eh, jefe...
-Creí haberte dicho que...
-Sí, lo sé, lo siento, pero hay aquí un tipo muy raro que quiere verte.
-Disculpa un momento.
Pedro salió al vestíbulo y se enfrentó a algo que creía haber dejado atrás hacía nueve años. Un hombre con traje de bolero engalanado en blanco y dorado, con la camisa llena de lazos y las manos sudorosas y enguantadas, que portaba una bandeja de oro. En el centro de la bandeja había un sobre. Aquel tipo no casaba con el rancho, y los tres eran conscientes de ello.
-Estoy buscando a un tal señor Cassius Alfonso -anunció el hombre.
-Es Pedro, y acabas de encontrarlo.
-Permítame que le ofrezca una invitación especial para el Baile de Cenicienta -dijo entonces el hombre ofreciéndole el sobre de la bandeja.
Pedro trató por todos los medios de no echarse a reír. Y lo consiguió.
-Yo no he solicitado ninguna entrada para el baile.
-No, caballero, pero alguien lo ha hecho en su nombre.
Pedro frunció el ceño y sus ganas de reír se desvanecieron.
-¿Y quién supone usted que ha podido hacer algo tan temerario?
-No sabría decirle, señor.
-Bueno, pues puede llevarse la invitación a... -de pronto se interrumpió, comprendiendo dolorosamente dos hechos irritantes.
El primero que aquello podía proporcionarle exactamente la solución a su problema. Y el segundo que las personas que le proporcionaban esa solución eran precisamente las últimas personas a las que él hubiera deseado ver. El destino, según parecía, había decidido otra cosa.
-Vamos, dile que se lleve eso al infierno -lo alentó Penny.
-Tú vuelve al trabajo, viejo.
Por supuesto el capataz desobedeció. Clavó los talones al suelo y se cruzó de brazos. Pedro suspiró.
-¿Qué ocurriría si recechara la invitación? -le preguntó al hombre vestido de seda y lazos.
-Me han ordenado que deje aquí el sobre, lo que haga usted después es asunto suyo. Yo no puedo volver, bajo ninguna circunstancia, a casa de los Chaves con ella.
-¿Los Chaves? -repitió Pedro atento-. ¿Rafe Chaves?
-Sí, señor.
-¿Y qué ha sido de los Montagues?
-Los ancianos señores Montagues se han retirado. Su hija Ella está ahora casada con el señor Chaves, y son ellos los que ofrecen el baile.
-Deme el sobre, vamos.
-Inmediatamente, caballero -respondió el hombre asintiendo y extendiendo el brazo tembloroso.
Pedro tomó el sobre y el capataz condujo al hombre de uniforme hasta la puerta principal, donde lo esperaba una limousine.
-¿Qué hay en el sobre? -preguntó Penny suspicaz.
-Una invitación.
-¿Qué clase de invitación?
-Una invitación a muchas cosas.
A volver al pasado, a vengarse... pero lo más importante de todo era que aquella invitación le permitiría cumplir con la exigencia de doña Isabella.
-¿Sí?
-Ya has oído a ese hombre, Penny -respondió Pedro con la vista puesta en el sobre, sintiendo que el aire del cambio comenzara a soplar sobre Rocky Mountains. Era un aire seco y violento que se originaba en el implacable desierto de Forever, Nevada-. Es una invitación para un baile... para una boda. Encuentra a la mujer de tus sueños y cásate. Todo en una sola noche.
-¿Y vas a ir a ese *beep* baile? -preguntó el capataz incrédulo.
-Desde luego, viejo, por supuesto que voy a ir -aseguró Pedro con frialdad-. Y no solo voy a ir, sino que volveré con una esposa.
Residencia Chaves, Finca La Esperanza, Milagra, Costa Rica.
Paula miró para arriba, hacia el cielo costarricense. La luna lucía llena sobre su cabeza, blanca y más bella que nunca. Abrió la mano y miró la invitación que había llegado ese mismo día. Reflejaba la luz de la luna, pero además tenía un brillo ardiente que ella recordaba muy bien, un brillo que hablaba de esperanza, de amor... de sueños perdidos.
-¿Por qué me la ha mandado? -preguntó en voz alta.
Por supuesto no hubo respuesta. Tampoco ella esperaba ninguna. No tenía ninguna duda de que era su hermano quien andaba detrás del ofrecimiento. ¿Trataba de incitarla, de sugerirle que tenía que seguir adelante con su vida? Eso ya lo había hecho. Bueno, era cierto, no estaba felizmente casada pero... su profesión era satisfactoria. Y estaba contenta, si no feliz. ¿Que más podía pedir?
Pedro Alfonso.
Aquel nombre acudió de nuevo a su mente con la misma rapidez con que venía haciéndolo nueve imposibles años atrás. ¿Dónde estaría? ¿Qué estaría haciendo? ¿Pensaría en ella, en lo que estuvieron a punto de tener, o habría olvidado esa parte de su vida?
Paula permaneció inmóvil, bajo la blanca luz, con la invitación en la mano. Por fin cerró el puño y elevó el rostro a la luna.
-Lo haré, asistiré el Baile de Cenicienta una vez más.
Aquel baile sería la llave de su futuro. Daría un paso adelante y comenzaría una nueva vida. Dejaría el pasado atrás de una vez por todas. Y nunca más volvería a mirar atrás con arrepentimiento.
----------------------------------------------------------
Lean el siguienteeee!!!
No hay comentarios:
Publicar un comentario