miércoles, 31 de diciembre de 2014

capitulo 22 -Recuperarte-

Aca les dejo el link del cap 21 http://volveravertepyp.blogspot.com.ar/2014/12/capitulo-21-recuperarte.html


-¿Paula, qué diablos le has hecho al suelo?
Ella estaba sentada detrás de la mesa, con su gloriosa melena sujeta en un moño una vez más. Sus manos hubieran corrido a soltárselo, sus labios hubieran corrido a besar cada una de las heridas de Paula si ella lo hubiera dejado. Pero por supuesto no había tenido la oportunidad.
Durante las dos últimas semanas ella solo le había dejado tocarla dos veces. La había besado en dos ocasiones, pero o bien era de día o ella estaba dormida. Solo entonces Paula accedía a acurrucarse contra él y a dejarse envolver en sus brazos. Solo entonces ella se permitía besarlo en el mentón y susurrar sus prohibidas palabras de amor, permitiéndolo sumirse en un dulce olvido. Solo entonces encontraba él verdadera paz. Aquel matrimonio lo estaba matando poco a poco, haciéndolo cachitos que quizá nunca pudiera volver a recomponer.
Pero Paula no se daba cuenta. No. Ella permanecía dolorosa y frustrantemente sumida en el olvido. Paula levantó la vista de los papeles y tomó el auricular en una mano.
-Estoy contigo en un minuto. -Tenemos que hablar, Paula. Por supuesto ella lo ignoró.
-Los que quiero son de 30x30. ¿Puedes embalarlos y mandármelos? Por avión, si es necesario. Sí, ya sé que será caro, pero no importa. Comprueba que pasan la aduana, Chelita. O que se encargue Marvin de eso. Ya he llegado a un acuerdo con él.
-¿Con quién diablos estás hablando? -exigió Pedro saber.
-Gracias, Chelita, hasta pronto.
-¿Quién diablos es Marvin?
-Un amigo. Creció en el pueblo, cerca del cafetal de Rafe.
-¿Y qué es lo que te va a mandar por la aduana?
-Algunas piezas artísticas.
-Ah, bueno, escucha. El suelo...
En ese momento la puerta se abrió y entró un hombre con un cinturón tan pesado a causa de las herramientas que llevaba colgadas que se le cayeron los pantalones. Pedro se puso delante para evitarle la vista a su mujer. Era impropio que un hombre vagara por su casa así, delante de su mujer. Paula movió la silla para poder verlo.
-Hola, Tim, ¿qué puedo hacer por ti?
-Ya he terminado con los agujeros de las paredes. Sin problemas -contestó él subiéndose los pantalones, que volvieron a caérsele dos segundos después-. ¿Te importaría echarle un vistazo?
-¡Alto ahí! -los interrumpió Pedro-. ¡Nada de agujeros en las paredes!
-Gracias, Tim, iré enseguida -sonrió Paula. La puerta se cerró y la sonrisa de ella, dulce y maravillosa,
se desvaneció-. Creía que me habías puesto al mando de la casa.
-Y lo hice, pero...
-No recuerdo que hubiera ningún pero en nuestro acuerdo.
-Pues tiene que haber alguno -replicó Pedro apretando los dientes-. ¡Con varias comas para que pueda ir añadiendo cosas conforme van saliendo agujeros en las paredes!
-Estás gritando.
-Me está permitido gritar -respondió Pedro comenzando a caminar por la habitación para derrochar la energía sobrante sin tener que sacar a Paula de detrás de la mesa y dar rienda suelta a sus necesidades físicas-. Y me está permitido jurar. Y quejarme cuando mi mujer da cháchara a hombres medio desnudos.
-No puedes estar refiriéndote a Tim.
-¡Sí, me refiero a Tim! Un poco más y lo conoces mejor que su médico. Se supone que tienes que preparar la casa para mi hija, y apenas faltan dos semanas para que venga la hermana de Satanás con su escoba.
-Qué comparación más interesante -comentó Paula ladeando la cabeza.
Pedro dejó el Stetson sobre la mesa y se mordió la lengua.
-Ya sabes a qué me refiero. En lugar de arreglar las cosas estás destrozando la casa hasta dejarnos...
El anillo de bodas de Pedro reflejó un rayo de luz. Pedro maldijo en silencio. Ya era suficiente. Su vida ya no le pertenecía, sus empleados lo habían traicionado y su mujer lo trataba como a un irritante hermano menor. Ni siquiera podía expresar con libertad lo que pensaba, tenía que medir cada una de sus palabras, y lo peor de todo era que sentía un dolor que no desaparecía.
Bien, había una cosa que sí podía hacer. Podía marcharse al establo, echar de allí a los animales y convertirlo en su hogar. Podía convertir el establo en un lugar solo para hombres, sin mujeres y sin agujeros. Pondría un refrigerador y lo llenaría de cerveza. Pondría un bar. Aunque por supuesto tendría que cerrarlo con llave para evitar que se llenara de cowboys.
-¿Qué ibas a decir? -preguntó Paula con una ceja inquisitiva-. ¿Que estoy destrozando la casa hasta dejarnos...?
-Sordos.
-Eso es justamente lo que pensé que ibas a decir.
Paula se puso en pie. Lo rodeó con los brazos por la cintura y mostró todos sus encantos femeninos. Dijo algo más, pero Pedro no se enteró. A cada nuevo contacto de ella las piezas de su cuerpo se iban sobrecargando. Y finalmente todo su sistema falló en bloque. Su cuerpo sufrió un cortocircuito y su cerebro se bloqueó en el esfuerzo por calibrar los daños. Pedro luchó por respirar. Solo uno de sus sistemas permanecía en perfecto funcionamiento. Pero tenía que controlarlo, porque era una verdadera amenaza de aniquilación.

.--------------------------------------------------------------------
Continuaraaaa! Aca les dejo dos caps! Espero que les gustennn! Comenten! 

martes, 30 de diciembre de 2014

Capitulo 20 -Recuperarte-

-Aprecio mucho esa oferta -contestó Paula con gravedad-, pero trataré de no tomármela al pie de la letra.
-Sabía que ibas a gustarme -comentó Mojo dándole palmaditas a Paula en la espalda-. Un poco escuálida, pero ya me encargaré yo de eso.
Pedro dio un paso adelante antes de que Mojo siguiera dándole golpes en la espalda y la tirara.
-Ella está muy bien como está. -No si está comiendo por dos.
-¿Qué has dicho? -preguntó Pedro sobresaltado. -Tengo ojo -insistió Mojo orgulloso-. Lo heredé de mi mamá. Ella podía ver cosas que otros no ven, y yo también.
Paula tomó a Pedro de la mano y lo arrastró hacia la puerta.
-Vamos, Mojo está de guasa. Es demasiado pronto para saberlo con seguridad. Pedro se dejó llevar y comentó:
-Mojo va a perder su empleo como no tenga más cuidado.
-Confía en mí, eso no te conviene -respondió Paula.
-¿Ah, no? ¿Tan mala cocinera eres? -preguntó Pedro.
-Peor -lo miró sonriendo-. Mucho, mucho peor.
-Pero es que no entiendes, jefe.

Pedro ni siquiera levantó la cabeza del libro de cuentas.
-No hay nada que entender, Jumbo. Ella está al mando. Y si dice que hay que mover algo a la izquierda, entonces tú agarras toda la casa y la mueves a la izquierda, ¿comprendes?
-Pero... pero es que tiene una pizarra.
-¿Una qué? -preguntó Pedro atendiéndolo por fin.
-Ya me has oído. Es una de esas que tiene un bolígrafo colgado y... la cosa se pone cada vez peor, jefe. No sé cómo decírtelo pero... te lo diré claramente, agárrate.
-Ya estoy agarrado.
-Está haciendo una lista. Igual que si fuera la mismísima Santa Claus.
-¿Una lista, dices?
-¿No ves que lo va a cambiar todo? -preguntó Jumbo caminando de un lado a otro del despacho con dos zancadas-. Sé que no está bien, pero he estado espiando. Lo tiene todo numerado.
-¿Numerado? -sacudió la cabeza Pedro-. Eso parece serio.
-¿Qué vamos a hacer? -preguntó Jumbo poniéndose en jarras.
-Parece que tendré que hablar con ella. ¿Tienes idea de dónde está?
-En uno de los dormitorios. Yo esperaré aquí a que vuelvas.
Pedro buscó a Paula por los dormitorios. Estaba en el que supuestamente ocuparía Sarita, sentada en un banco junto a la ventana, contemplando los pastos con algo en los brazos. A un lado estaba la pizarra con la famosa lista. Pedro no pudo evitar sonreír. Paula incluso se había cambiado de ropa, y se había atado el glorioso cabello en un moño.
Pedro se acercó a ella y le soltó el moño, permitiendo que sus mechones cayeran. Luego deslizó las manos por la cascada de oro y le acarició la nuca.
-No creí que fuera posible, pero has asustado a Jumbo.
Paula se mantuvo de espaldas y se recostó sobre su pecho para mirar los nevados picos de las Rockies.
-Eso creo. Sospecho que la culpa ha sido de la pizarra.
-Está en mi oficina temblando de miedo.
-Lo siento -rió ella-. Sólo trataba de organizarme.
-Pues hazme un favor, ¿quieres? Procura organizarte un poco menos, a ver si así no asustas a tu ayudante -Paula asintió-: ¿Se te ha ocurrido alguna brillante idea?
-Unas pocas -contestó ella apartándose de él. Luego dejó la caja que tenía en las manos sobre el banco de la ventana-. He decidido que esta habitación es perfecta para Sarita. Creo que tú pensaste igual, ¿no?
Pedro se maldijo en silencio. Había olvidado que lo había dejado allí.
Paula le dio la vuelta a la caja y descubrió la muñeca que Pedro le había comprado a su hija. Era el tipo de muñeca que suponía le resultaría irresistible a cualquier niña. Tenía el rostro de porcelana, el cabello largo, negro y rizado, e iba vestida de raso llena de lazos. Tenía ojos marrones y largas pestañas. Pedro se aclaró la garganta. Algo iba mal, pero no estaba seguro de qué.
-He oído decir que a las niñas les gustan las muñecas que se parecen a ellas.
Pula cerró los ojos, de pronto cansada. ¿Cómo podía pensar un hombre que no tenía corazón cuando se comportaba con tanto esmero y consideración? No tenía sentido.
-Es preciosa, Sarita la adorará.
-¿Tú crees? -preguntó Pedro-. La compré para regalársela en Navidad o como regalo especial... para hacerla sentirse más en casa cuando se mudara aquí. ¿Tú qué opinas?
Aquella era la primera vez que lo veía vacilar. Debía de querer mucho a su hija. En parte se alegraba por él, pero en parte también se lamentaba de que Pedro no hubiera hecho un esfuerzo semejante por su perdida esposa. Paula tomó la pizarra y se puso en pie.
-Creo que es un regalo perfecto, da igual cuándo se la des.
Pedro la tomó del brazo al pasar.
-¿He hecho algo mal? -No, por supuesto que no.
-Estás molesta. ¿Por qué? -la examinó Pedro-. ¿Es por lo de la pizarra?
-No seas ridículo.
-¿Es por lo de anoche? ¿Tienes miedo de que vaya a echarte una vez que tenga a Sarita?
Paula no tenía fuerzas para volver a enfrentarse a él. ¿Cómo podía explicarle a un hombre que no creía en el amor que ella se había pasado la vida entera buscándolo? ¿Cómo podía decirle que en una ocasión lo había encontrado en sus brazos? ¿Y cómo explicarle que sería precisamente amor lo que más anhelaría una niña, más incluso que una muñeca? Paula misma, de pequeña, había perdido a sus padres y se había sentido abandonada y sin amor. Aquellos habían sido los peores años de su vida, una década llena de heridas mucho peores y más permanentes que las de su cuerpo. Y había aprendido que, sin amor, la vida era una pérdida de tiempo.
Miró a los ojos a su marido. Sus preciosos ojos azules parecían helados como el invierno y de pronto cálidos como el verano, al instante siguiente. En aquel momento eran cálidos. ¿Que si tenía miedo de que la echara? ¿Acaso Pedro no comprendía nada?
-No, Pedro, eso no me da miedo. Tengo miedo, estoy aterrorizada, me da miedo la idea de que tengas razón, de que sea cierto que ya no sabes amar.
Y, mientras lo observaba, el viento descendió sobre su rostro, sobre la dura línea de su boca y sobre sus ojos, que se mostraron helados de pronto.
-No es necesario que le tengas miedo a la verdad, cariño -contestó Pedro con una sonrisa fría-. Sencillamente enfréntate a ella.

--------------------------------------------------------------
Continuara!
Aca les dejo los dos caps de hoy!!! Mañana no se si llego a subir! .. Dejen sus comentarios porfas!!! 

Capitulo 19 -Recuperarte-

Aquella animada defensa logró elevarle el espíritu a Paula. Dejó caer la servilleta sobre el regazo e hincó el tenedor sobre los huevos revueltos, obteniendo con ello una sonrisa de parte de Jumbo. Pero cuando los probó volvió a centrar la atención sobre su marido.
-Tengo una primera petición que hacerte.
-¿Sí? ¿Cuál?
-Un perro. Quiero uno grande, un lobo bien hambriento.
-¿Y dónde lo quieres, querida esposa? -sonrió Pedro. -Justo debajo de mi silla -contestó Paula devolviéndole la sonrisa.
-Veré qué puedo hacer.
Veinte minutos más tarde Paula apartó el plato y gruñó.
-No puedo comer ni un bocado más.
-Pero si eso es solo parte de lo que ha preparado Mojo...
-¡Mojo! ¡Y dale con Mojo! ¡Esto es ridículo! -exclamó Paula levantándose y dirigiéndose a la cocina. Pedro corrió tras ella.
-Cariño, puede que no sea muy buena idea...
-Pues yo creo que es una idea excelente –contestó ella abriendo la puerta de la cocina. Jumbo estaba sentado en una banqueta delante de una barra alta y larga.
De pie, delante del fregadero y de espaldas a ella, estaba el otro gigante que debía de ser Mojo. A su lado Jumbo parecía un mosquito muerto-. Hola.
Mojo se puso rígido. Según parecía con aquella única palabra había conseguido meter la pata.
-¿Es esa la chica? -le preguntó Mojo a su hermano. -Sí, es ella.
-¿Y qué quiere?
-No lo sé. ¿Qué podemos hacer por usted, señora? -Pensé que Mojo y yo debíamos de conocernos. -Mojo no conoce a nadie.
-Pues ahora sí -respondió Paula cruzándose de brazos.
Mojo dejó la sartén que estaba fregando en el escurridor y se secó las manos. Luego se volvió y enseñó un rostro sembrado de heridas y completamente remendado. Pero Paula no se asustó como los demás cuando lo veían por primera vez. En lugar de ello lo examinó abiertamente. Y luego se acercó a él. Se puso de puntillas y le recogió un mechón de pelo de la frente, que le tapaba una de las heridas.
-Chico, tuviste suerte -comentó-. Medio centímetro más abajo y hubieras parecido una imitación de un pirata, con parche y todo. ¿Qué te ocurrió? ¿Fue un accidente de coche?
-Bueno, digamos que mi caballo ya no tiene parabrisas.
-¿Tu caballo? -repitió Paula riendo.
-Es broma. Mojo y yo no montamos a caballo -rió Jumbo.
-Quizá es que no haya ningún caballo dispuesto a llevarte -intervino Pedro.
-Vamos en tu Jeep.
-¿Entonces es que a tu Jeep lo llamabas Caballo?
-Exacto -respondió Jumbo impresionado-. Un día Caballo decidió lanzar a Mojo por delante de él tirándose por un terraplén.
-Eso me suena familiar -comentó Paula, que se aproximó a la mesa más cercana y se subió a ella.
Luego miró de reojo a su marido preguntándose cómo iba a tomarse aquello y se desabrochó la manga izquierda de la camisa. Era mejor hacerlo en público, donde Pedro tuviera que controlarse, que en privado. Los hombres la miraron curiosos y ella se remangó exponiendo una larga cicatriz.
-Me llega hasta el hombro -anunció-. Y tengo suerte de poder levantar el brazo. Todavía me pica cuando cambia el tiempo.
Pedro respiró hondo, y Paula miró en su dirección con los nervios de punta. Parecía como si alguien le hubiera dado un puñetazo.
-Bonita -comentó Mojo silbando.
-Pues esto no es nada -contestó ella sacándose la camisa de la cinturilla de los -vaqueros y levantándosela hasta enseñar las costillas-. Tengo marcas de éstas por todo este lado del cuerpo. Os enseñaría más, pero puede que a mi marido no le guste.
-¿Qué diablos te ocurrió? -preguntó Pedro.
-Tuve un accidente de coche, igual que Mojo.
-¿Pero cómo? ¿Cuándo?
-Hace bastante tiempo a juzgar por las heridas -contestó Mojo acercándose lo suficiente y silbando unas cuantas veces más-. ¿Cuánto tiempo estuviste en reposo?
-Un par de meses -respondió Paula aprovechando la ocasión para evadirse de las preguntas de su marido-. Eso sin incluir la cirugía estética que tuvieron que hacerme para quitarme las cicatrices más feas.
-¡Hah! ¡Te gano! -se mofó Mojo-. Yo la primera semana estuve a punto de morir tres veces. Los médicos dijeron que no tenía ninguna oportunidad.
-¿En serio? Bueno, yo perdí la mitad de todo el volumen de mi sangre.
-¡No!
-Bueno, quizá no fuera la mitad -sonrió -, pero era mucha. Sí mi hermano no hubiera reaccionado tan deprisa habría muerto.
-¿Rafe estaba contigo? -preguntó Pedro apretando los labios.
-Venía detrás de mí -contestó Paula eligiendo con cuidado las palabras.
-¿Por dónde ibais?
-Por Costa Rica. Las carreteras de montaña pueden ser realmente peligrosas.
-Entonces me aseguraré de que te alejas de las carreteras de por aquí.
-Pues va a ser un poco duro viviendo a la sombra de las Rockies.
-Aléjate de ellas -repitió Pedro con severidad, esperando, sin duda, zanjar con ello el asunto.
Paula se encogió de hombros y se volvió de nuevo hacia Mojo.
-Y en cuanto a la cocina...
-¿Qué pasa con ella? -preguntó el cocinero de mal humor.
-Que creo que es fuente problemas. O al menos eso me ha parecido.
-¿Tienes algo que decirme? -preguntó Mojo cruzándose de brazos.
-Desde luego. Ya que hoy estoy revelando tantos secretos, creo que voy a confesar otro más.
-¿Y cuál es?
-Que yo no cocino.
-¿No cocinas?, ¿en serio? -inquirió Mojo contento. -No cocino. En serio. Nuestra ama de llaves, en Costa Rica, trató de enseñarme unas cuantas lecciones, pero finalmente tuvo que darlo por imposible. -¿Cuántas cenas quemaste? -preguntó Pedro relajándose lo suficiente como para sonreír.
-Demasiadas como para contarlas. Rafe fue muy equitativo conmigo. Quizá fuera porque acababa de rescatarme de... -de pronto Paula cerró la boca, pero fue demasiado tarde.
-¿Rescatarte de dónde? -preguntó Pedro en voz baja-. ¿De quién, de mí?
-¡No! No -repitió Paula para que quedara bien claro-. Tú sabes muy bien que de ti no necesitaba que me rescataran.
-¿Entonces, de quién?
-De mi ... tía -respondió Paula bajándose de la mesa y sonriendo-. Entonces, ¿hemos resuelto la crisis  de la cocina? ¿Seguirás cocinando para nosotros, Mojo? -Desde luego. Y si alguna noche quieres algo especial para cenar... bueno, diablos, consideraré incluso la posibilidad de preparártelo.

---------------------------------------------------------
Lean el siguiente!! 

lunes, 29 de diciembre de 2014

Capitulo 18 -Recuperarte-

A MI LARGAMENTE perdida esposa:
He tomado una decisión. Es una decisión *beep*, no lo dudo ni por un instante, pero no puedo resistirme a no hacerlo.
Pronto habrá un nuevo Baile de Cenicienta, y he decidido asistir por última vez. Tengo una invitación de un amigo, así que Ella no verá mi nombre en la lista de invitados ni avisará a tu hermano. Pero asistiré, cuenta con ello.
No lo sé. Quizá sea para despedirme de ti. O quizá me esté engañando a mí mismo esperando encontrarte allí. En parte espero que estés. Es extraño después de tantos años, ¿verdad?
Supongo que necesito saberlo con seguridad. Necesito poder dejarte atrás de una vez por todas y comenzar de nuevo. No dejo de repetirme que aunque estés ya no somos los mismos. Existe la posibilidad de que nos encontremos y huyamos el uno del otro.
Pero tengo que saberlo. Tengo que estar seguro de que seguir adelante con mi vida, sin ti a mi lado, es lo mejor. Si estás tendremos otra oportunidad. ¿No es así, Amor Eterno? Y la aprovecharemos.
Y si no estás... supongo que ya tengo la respuesta, ¿no?
Espérame, esposa mía. Ya voy.

Embarazada. Madura para llevar a su hijo en el vientre. La imagen resultaba tan fuerte que Pedro sacudió la cabeza.
-¿Por qué no esperamos a ver qué ocurre?
-No, Pedro, quiero saber la respuesta ahora -insistió Paula. Pedro sabía que no iba a dejarlo escapar sin una respuesta. Nunca había conocido a una mujer tan decidida a hacerse daño a sí misma-. Si no estoy embarazada, ¿qué será de nuestro matrimonio?
-Demonios, cariño, no voy a echarte de casa.
-Pero tampoco me necesitarás. Ni vas a quererme, ¿no es así?
Lo tenía bien acorralado.
-Me estás pidiendo una respuesta que no tengo -naturalmente ésa no era la respuesta correcta. Se las había arreglado para volver a herirla. Pero se apresuró a dar marcha atrás-. Si estás embarazada entonces, por supuesto, te quedas.
No, esa tampoco era la respuesta correcta.
-¿Pero y si no estoy embarazada? -los labios de Paula temblaron suplicando un beso que él sabía que rechrasaría-. Si no lo estoy nuestro matrimonio se termina.
-¡Yo no he dicho eso! Cariño, estoy muy cansado, no sé ni lo que digo. Al menos hace dos días que no pego ojo y tienes que admitir que el día de hoy no ha sido fácil.
Los esfuerzos de Pedro por suavizar la situación fallaron. Paula rodó por la cama y le dio la espalda.
-Creo que yo me voy a dormir. Deberías de hacer lo mismo.
-Buena idea -respondió él quitándose la ropa antes de unirse a ella en la cama.
Entonces comenzó a deslizar un brazo por debajo de los hombros de Paula, pero ella lo paró.
-No tenemos por qué tocarnos, ¿no crees? No creo que pueda... -su voz se interrumpió desgarrándolo-. Creo que dormiremos mejor si no nos tocamos.
Estaba dolida. Y exhausta. Los dos últimos días no habían sido mejores para ella de lo que lo habían sido para él.
-No, no tenemos por qué tocarnos -aseguró Pedro delicadamente.
-Bien.
Pero no, no estaba bien. Pedro se quedó tumbado a su lado y esperó, esperó hasta que su respiración se hizo lenta y tranquila y la tensión abandonó sus músculos. Y entonces la hizo darse la vuelta y la tomó en sus brazos. La mano de Paula se deslizó por su pecho colocándose junto a su corazón, y su cabeza se hizo un hueco en el hombro. Paula se acurrucó contra él como si lo hubiera hecho un millón de veces antes, con una pierna por encima de las suyas. Pedro apretó los dientes decidido a resistir.
Pero la victoria final, la que le dio la suficiente paz como para descansar, llegó cuando ella, adormilada, lo besó presionando los labios contra su barbilla y murmuró unas palabras que él no hubiera debido de querer oír. Solo entonces dejó Pedro que se lo llevara el sueño.


Paula se fue despertando gradualmente con la desconcertante idea de que había algo que estaba mal. Se había sentido cómoda y caliente, perdida en uno de los más deliciosos sueños, uno que parecía haber perseguido durante toda su vida. Pero el sueño se había desvanecido con la llegada de la mañana... al igual que la fuente de la que procedía el calor.
El sonido de una campana retumbó en la habitación e hizo que abriera los ojos. Pedro estaba a los pies de la cama. Al mirar ella él se puso el Stetson sobre la cabeza y miró con sus penetrantes ojos azules en su dirección.
-Buenos días -la saludó.
Pedro se quedó de pie, sin moverse, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Aparentemente esperaba su respuesta. Pero considerando la forma en que había terminado su conversación el día anterior Paula no tenía demasiadas ganas de comenzar otra. A pesar de todo... quizá debiera intentarlo.
-¿Eso ha sido una campana?
-Sí, es Mojo. Es para avisarnos de que el desayuno está listo -explicó Pedro. Luego vaciló, como si tuviera algo en mente y no le salieran las palabras-. Siento lo de anoche -dijo al fin-. No fue exactamente la luna de miel que había planeado pero... trataré de hacerlo mejor.
-¿Hacerlo mejor? -repitió ella a duras penas.
-Sí, mejor -contestó él tenso-. Menos... doloroso.
De los labios de Paula escapó un inaudible grito de incredulidad. Debía de tener un aspecto terrible con el pelo revuelto, la camisa caída por un hombro, los ojos hinchados, la boca abierta por la sorpresa. Pedro, según parecía, interpretó aquel gesto como un acuerdo, porque asintió satisfecho y abandonó la habitación.
¿Menos doloroso? ¿Qué quería decir con eso?
Paula permaneció en la cama durante cinco minutos más rumiando las palabras de Pedro hasta que de pronto comprendió que había estado durmiendo justo en el centro de la cama. Había una pequeña hendidura en el lugar que había ocupado él, hendidura que ella había sobrepasado en parte. No tenía importancia. En algún momento de la noche ella se había deslizado hacia su lado y había hecho uso de él como si fuera una almohada. Lo que le había negado despierta se lo había revelado en sueños.
Menos doloroso. Aquellas palabras siguieron ocupando su mente mientras se duchaba y vestía con la ropa de la maleta que alguien había entrado en la habitación en algún momento de la mañana. No era demasiado, pero era un comienzo. Significaba que Pedro estaba deseoso de intentarlo. Una chispa de esperanza renació en ella. Era una luz que iluminaba el camino hacia el futuro. Quizá, solo quizá, su matrimonio tuviera una oportunidad.
Paula encontró a Pedro sentado en el comedor con una taza de café. Había una segunda taza caliente junto a él. Se sentó y hundió la nariz en ella.
-Así que, ¿qué planes tienes para hoy?
-Supongo que tengo que pensar en cómo transformar este lugar.
-¿Alguna idea?
-No.
-Que no cunda el pánico. Estoy seguro de que se te ocurrirá algo -dijo Pedro. Luego esperó a que ella diera un par de sorbos de café y añadió-: ¿Qué te parece emplear el día en familiarizarte con el lugar? Mira a ver si hay algo que estimule tu imaginación. Quizá quieras ver los dormitorios y elegir uno para Santa.
-¿A cuántos empleados puedes prestarme para que me echen una mano cuando vaya a empezar? -preguntó Paula pensando que aquella era una buena idea.
-Puedes quedarte con Jumbo. Él siempre echa una mano en todo lo que se hace aquí. En este momento yo apenas lo necesito, pero si hace falta podemos contratar a alguien en el pueblo. Dile a Jumbo lo que necesitas y yo me encargaré.
Jumbo apareció entonces en el dintel de la puerta como si Pedro lo hubiera conjurado. Llevaba dos platos en la mano.
-Buenos días.
-Chico, tengo mucha hambre -anunció Paula tratando de empezar con mejor pie aquel día.
-Bueno, entonces, señorita, tengo algo perfecto para ti -sonrió Jumbo poniéndole un plato delante.
-Yo tengo más si no te basta con eso -bufó Pedro.
-Gracias, pero creo que es bastante -contestó Paula mientras su sonrisa se desvanecía.
-Ahora no me vengas con ésas. Ese platito de nada apenas puede satisfacer a nadie.
-No, de verdad, es suficiente.
-Mojo vendrá, seguro -chasqueó la lengua Jumbo a modo de advertencia-. Espero que no lo sientas demasiado por tu esposa, jefe.
-Ella es mía, yo la protegeré. Y si Mojo quiere hablar unas palabras conmigo yo no tengo inconveniente.

-------------------------------------------------------------
Continuaraaa!! 
Espero que les gusten !! Comenten porfass! 

Capitulo 17 -Recuperarte-

Paula se volvió evitando aquel roce que era casi un beso, pero Pedro se negó a soltarla. Quizá su rigidez lo alentara, o quizá simplemente no le importara cómo respondiera ella.
-¿Qué fue de Magdalena? -preguntó Paula cuando comprendió que él no iba a soltarla.
-No fue más que una diversión temporal. -¿Para ti o para ella?
-Para los dos -contestó él-. Ella era la hija menor de una familia rica, y era de naturaleza muy rebelde. Su familia trató de controlarla, pero ella luchó hasta que fue imposible que la perdonaran.
-¿Su familia descubrió que estaba contigo? -Sí.
-¿Y te la arrebataron? -inquirió Paula volviéndose hacia él-. ¡Oh, Pedro!
-No, Paula, no reaccionaron igual que Rafe. Su respuesta no fue de rabia y amor. La dejaron sin un penique.
-¿La desheredaron? ¿Cómo pudieron hacer una cosa así?
-Orgullo malentendido, supongo. Inflexibilidad. ¿Quién sabe? La única que se puso de su parte fue su abuela, doña Isabella.
-¿Y tú no pudiste ayudarla? ¿No podías haberte casado con ella?
-Yo no sabía que la habían desheredado. Y aunque lo hubiera sabido, Magdalena no estaba ni a favor del matrimonio ni enamorada de mí -explicó apoyando la mandíbula sobre la cabeza de Paula-. Te lo he dicho, fue algo temporal. Cuando se hizo evidente que nuestros sentimientos habían cambiado Magdalena hizo las maletas y se marchó deseándome suerte. Doña Isabella vino a buscarla al día siguiente. Una semana más tarde yo me mudaba para ocupar un nuevo puesto de trabajo..
-¿Y no te contaron nada de Sarita?
-No, entonces no. No supe nada hasta hace unos meses. Doña Isabella vino a contarme que Magdalena había muerto en un accidente de coche y se trajo a Sarita con ella.
-¡Vaya sorpresa! ¿O acaso esa palabra es demasiado suave?
-Creo que «shock» es más correcto -sonrió Pedro.
-Isabella debió de pensar que alguien tenía que decirte que tenías una hija. ¿Por qué sino iba a traerla?
-Aún estoy tratando de explicármelo. Si Doña Isabella no quiere que me quede con Sarita, ¿por qué me habló de ella? ¿A qué viene este juego? -inquirió Pedro
-¿Entonces es que ella te ofreció la posibilidad de criar a tu hija?
-Sí, pero solo si podía proporcionarle una casa.
-¿Y una madre? -inquirió Paula, cuya voz delató de nuevo el dolor.
-Sí -suspiró Pedro.
Paula permaneció en silencio mientras Pedro sentía la tensión renacer en ella.
-Quizá sea este un buen momento para que discutamos qué es lo que deseas de mí.
-¿Qué diablos significa eso? -preguntó Pedro.
-Jumbo no iba tan descaminado, ¿verdad? Hemos hecho un trato. Tú querías a una mujer que pudiera crear un hogar para ti -explicó Paula soltándose de su abrazo antes de que él pudiera darse cuenta-, pero olvidaste mencionar que el hogar era para tu hija, no para nosotros dos.
-¿Y?
-Y me gustaría saber exactamente qué significa eso. ¿Qué quieres de mí? -repitió ella.
Pedro no tenía ni idea de cómo responder a esa pregunta. Rodó por la cama, cruzó la habitación y se quitó la camisa.
-Toma -dijo pasándole el improvisado camisón-. Los dos estamos cansados, y no sé qué ha hecho Jumbo con nuestras maletas. Ponte esto esta noche y mañana las buscaremos.
-No voy a dormir aquí.
-Entonces escoge otra habitación. A mí me da igual una que otra.
-Quiero decir que... que no voy a dormir contigo.
Lo imaginaba. Pero aquello no alteró su decisión. Pedro estaba resuelto.
-Tú y yo dormimos juntos -afirmó en un tono de voz poco habitual en él, un tono que hubiera obligado a obedecer al más díscolo-. Y ahora cámbiate.
Pedro creyó escuchar un juramento. Entre eso y el crujir de ropa supo que había ganado-la batalla. Por fin había conseguido vencer en una discusión. Abrió la puerta y recogió la bandeja. Entonces un rayo de luz entró en la habitación y al volverse vio a Paula.
Estaba de rodillas en el centro de la cama, sentada sobre las piernas dobladas y con los brazos levantados, lista para ponerse la camisa por encima de la cabeza. Se había quitado su ropa y la luz iluminaba su perfil. El tiempo pareció detenerse concediéndole un respiro, regalándole un segundo eterno, pleno. El dorado cabello de Paula caía en una cascada por la espalda, y sus puntas terminaban tímidas justo donde comenzaba la redondez de su trasero. Sus muslos, cremosos, se unían a unas caderas estrechas, pero las sombras se mofaban de él arrojando modestas manos justo en el dorado delta bajo su vientre plano. Sus pechos eran altos y redondos, con cimas rosadas erectas por el beso del soplo del aire. Paula tenía el rostro vuelto hacia él, y su vulnerabilidad se reflejaba en sus enormes y oscuros ojos ardientes, que eran como una llamada que irrevocablemente llegaba a su alma.
Pedro cerró la puerta y la devolvió al manto protector de la oscuridad. Y entonces comenzó a luchar por seguir respirando, forzando al aire a entrar en sus pulmones. El deseo clamaba en su interior, exigiéndole que dejara la bandeja a un lado y tomara a la mujer que había sobre su cama, marcándola como su posesión.
-¿Pedro?
La voz de Paula atravesó la oscuridad llena de aprensión. Pedro supo entonces que no podía hacerle daño. Bastante dolor le había causado ya. Luchó como nunca antes había tenido que hacerlo y trató de recuperar el control. La memoria guió sus pasos hacia los pies de la cama, donde dejó la bandeja.
-No has cenado nada, así que le dije a Jumbo que trajera esto.
-Tú tampoco has cenado nada.
Pedro encendió la luz de la mesilla. Paula se había refugiado detrás de las sábanas, había tirando de ellas hasta el mentón. Nada más ver su rostro Pedro comprendió que sus sospechas eran ciertas. Había estado llorando. Tenía las pestañas húmedas, y había rastros de lágrimas en sus mejillas. Una ira impotente se apoderó de él, ira contra sí mismo por hacerla llorar e ira contra ella por exponerse a ese dolor. Si Paula se diera cuenta de que el amor no era tan maravilloso como se decía, si desdeñara sus emociones, la vida sería mil veces más sencilla. Podrían gozar del placer que se brindaban el uno al otro sin angustias. Y sin culpabilidad.
Pedro recogió la bandeja y se sentó a su lado. Mojo había hecho una ensalada de pollo. Tomó un trozo y se lo ofreció a su mujer, que abrió la boca sin rechistar. Quizá por cansancio, quizá por hambre. De un modo u otro él no se iba a quejar.
Pedro esperó a que Paula comiera una buena parte de la ensalada antes de hablar:
-Este es el trato, cariño... Yo haré cualquier cosa con tal de conseguir a mi hija. Por desgracia doña Isabella tiene todos los ases en la manga. Si decide prolongarlo marchándose del país con Sarita no hay mucho que yo pueda hacer. A menos que emprenda una batalla legal, cosa que preferiría evitar a ser posible.
-Y yo soy el medio gracias al cual tú conseguirás a Sarita -lo interrumpió Paula con los ojos fijos sobre él, llenos de una emoción innombrable e indeseable-.
Esa es la razón por la que te casaste conmigo, para obtener la custodia de tu hija, ¿no es así?
Pedro trató de infundirse a sí mismo valor y confesó lo imperdonable:
-Más o menos.
Paula cerró los ojos ocultándole la calidez de su mirada y unos sentimientos que no hubieran debido de importarle. Pero entonces, ¿por qué diablos su fría reserva lo irritaba y enfurecía? ¿Por qué se sentía tentado de tomarla de la barbilla y de forzar a aquellos preciosos ojos marrones a mirarlo para ver si podía hacerles expresar aquello que había brillado en ellos al hacer el amor? Pedro se obligó a sí mismo a no tocarla. Sabía que sería incapaz de reprimirse si cometía el error de hacerlo. Paula pareció leerle el pensamiento y tiró otro poco más de la sábana.
-¿Esperas que adivine lo que quiere doña Isabella?
-Sí, pero qué pueda ser... -desesperado por ocuparse en algo, Pedro recogió la bandeja y la dejó sobre una silla cerca de la cama-. Escucha, tú puedes adivinarlo tanto como yo. O mejor aún. Apuesto a que mejor.
-Entonces, ¿me das carta blanca?
-Me parece que no me queda otra alternativa.
-¿Y qué ocurrirá una vez que tengas a Sarita?
Pedro no fingió que no entendía la pregunta.
-¿Te refieres a qué pasará contigo?
-Sí -Paula se hizo un ovillo con la almohada en un gesto de autoprotección-. Si no estoy embarazada, una vez que tengas a Sarita, ¿qué pasará conmigo?

-------------------------------------------------------
Lean el siguiente!

domingo, 28 de diciembre de 2014

Capitulo 16 -Recuperarte-

-No la presiones, jefe -advirtió Jumbo dejando un plato delante de él-. Quizá no le guste el vino. Si aún deseas emborracharla puedo traerte alguna de esas botellas que tienes escondidas en la mesa de tu despacho. Podríamos echarle un poco en el café.
-Repite esa palabra.
-¿Qué palabra?
-La que empieza por J.
-¿Cuál? ¿Jefe?
-Sí, ésa. Quiero que reflexiones sobre ella antes de volver a abrir la boca, así quizá conserves tu empleo hasta después de la cena.
-¿Pero qué he dicho?
-En primer lugar te metes en donde no te llaman -respondió Pedro tratando de bajar la voz-, y en segundo estás soltando demasiada información. Y tercero, no estoy tratando de emborrachar a mi mujer.
-¿Ah, no? ¿Entonces es que has abandonado el plan? A mí no me importa mucho, no creas.
-¡Jumbo!
-¿Quieres que me calle?
-0 lo haces ahora mismo o lo hago yo por ti -amenazó Pedro.
-No diré ni una palabra más.
-Bien.
Jumbo dejó un plato delante de Paula.
-¿Quieres que te traiga algo? -preguntó Jumbo dirigiéndose a Paula-. Que quede claro que no me estoy entrometiendo. Preguntarle qué quiere es parte de mi trabajo. No puedo traerle nada si no me lo dice primero -añadió mirando a Pedro a la defensiva.
-No, gracias Jumbo -contestó Paula.
-Pero te vas a comer todo lo que te he traído, ¿verdad?
-Para ser sincera no tengo mucha hambre -respondió Paula parpadeando sorprendida.
-Mal asunto -añadió Jumbo poniéndose en jarras.
-¿Sí? -preguntó Paula abriendo mucho los ojos.
-Sí, sí sigues así, dejándotelo todo, acabará por venir Mojo con el cuchillo a exigir una explicación. No le gusta que la gente desprecie su comida.
-¡Jumbo!
-¿Es que quieres ver a tu esposa cortada a cachitos, jefe? -preguntó Jumbo volviéndose hacia Pedro-. Estoy tratando de proteger tu propiedad.
-¡Ella no es de mi propiedad! -exclamó Pedro. ¿Pero qué le ocurría a la gente? ¿Acaso no veían que ella era una persona tan independiente y fuerte como las demás? Quizá se debiera a su aire de fragilidad, al hecho de que fuera la más deliciosa criatura femenina que jamás había entrado en su casa-. Ella es una mujer con voluntad propia y con capacidad para tomar decisiones.
-Escucha, jefe... -dijo entonces Jumbo tomando asiento-. Ahí es donde te equivocas. Traes a una mujer como ésta y todo se te va de las manos. Cuando fuiste a ese baile debiste traer a otro tipo de mujer, a una obediente. No es que esta tenga nada de malo, no, es una buena compra. Es solo que no es de ese tipo. A una mujer obediente le dices que se meta en sus asuntos, en la casa y los niños, y sus sentimientos nunca resultan heridos.
-¡Yo no la he comprado! ¡Jamás he dicho algo semejante!
-No con muchas palabras -asintió Jumbo-, pero todos captamos el mensaje.
Para alarma de Pedro, Paula dejó la servilleta sobre la mesa y se reclinó sobre el respaldo.
-Cariño, te aseguro que nunca he dicho que fuera a comprar una mujer. Te lo juro.
-¿Te parece más adecuada la palabra «trueque»? -inquirió Jumbo pensativo-. Sabes muy bien que... es un intercambio. Tú le das la casa, y ella la cuida. A eso me refiero.
-Disculpadme, por favor -se excusó Paula poniéndose en pie.
-Cariño, espera...
Pero Paula apenas escuchó a Pedro, igual que el resto de sus empleados. E hizo exactamente lo contrario. Se apresuró a salir al pasillo y después a los dormitorios al fondo de la casa. Pedro pensó que estaría llorando. Entonces se volvió hacia Jumbo.
-Dile a Mojo que prepare una cena ligera. Luego la pones en una bandeja y la dejas delante de la puerta de mi dormitorio. Y no hagas ruido, o te juro que no volverás a ver el amanecer -lo amenazó poniendo un dedo sobre su pecho-. Mañana tú y yo vamos a hacer un experimento.
-¿Qué clase de experimento?
-Vamos a comprobar cuántas veces tengo que noquearte para que se te caigan todos los dientes.
Pedro se marchó en persecución de Paula, y encontró a su mujer al final del pasillo mirando a su alrededor. Era evidente que no sabía qué puerta abrir. Pero él arregló la cuestión tomándola en sus brazos y llevándola a su dormitorio. El sol se había puesto dejando la habitación en penumbra. Sin embargo cuando Pedro fue a encender la luz ella lo detuvo.
-No -susurró.
Entonces él supo que había estado llorando. Trató de armarse de paciencia, luchó por ser la clase de hombre que ella merecía en lugar del hombre con el que se había casado, y dijo:
-Cariño, tenemos que hablar.
-En realidad no -respondió ella con la voz llena de oscuridad.
-Sí, en serio.
-Bueno, pues habla. Pero sin luz.
-No puedo ver tus  reacciones a lo que digo sin luz -argumentó él.
-Lo sé.
Bien, de acuerdo. Harían las cosas a su manera. Considerándolo bien quizá fuera justo. Pedro la hizo sentarse sobre la cama y se apartó para dejarle espacio. Acercó una silla, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas.
-Lo siento, Paula -comenzó a decir-. Primero por lo que ha dicho Jumbo. Pero también... debería de haberte hablado de Santa antes de casamos.
Paula se hizo un ovillo en el centro de la cama y abrazó la almohada de tal modo que Pedro comenzó a arder en deseos. Ella lo había abrazado a él precisamente así la noche del Baile. Pero en ese momento solo llevaba tres cosas: la máscara que ocultaba sus deseos, la piel suave como el pétalo de una flor, y su fragancia secreta a pasión de mujer.
-¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué ocultaste a Sarita?
-Porque era un perfecto... -el anillo de boda de Pedro reflejó los últimos rayos de sol del día. Entonces se interrumpió y recapacitó sobre su lenguaje. Y enseguida notó la ironía. Cuarenta y ocho horas antes había hablado sin ningún miramiento, y de pronto estaba aprendiendo el arte de la diplomacia entre marido y mujer-. En ese momento estaba jugando a tu juego. No sentía que te debiera nada, y menos aún una explicación.
-Comprendo.
Paula bajó la cabeza y su pelo cayó hacia delante reflejando todos los rojos y púrpuras de la puesta de sol, que quedaron prendidos de sus mechones dorados.
-Escucha, Paula. Sé que te he hecho daño. No solo porque no te dijera lo de Santa, sino por el mero hecho de tener una hija.
-Nosotros no estábamos casados -contestó ella abrazándose a la almohada con fuerza-. Tú no tenías ninguna obligación de serme fiel, lo comprendo.
-¿Lo comprendes? -preguntó Pedro sin poder evitarlo, deseoso de conocer la respuesta.
Paula dejó la almohada a un lado y respondió con seguridad.
-Estoy segura de que te cuesta creerlo, pero sí, lo comprendo. Lo que tú no quieres oírme decir es por qué.
No, no quería oírlo. Eran palabras prohibidas, palabras que lo ataban a la desesperación y a la ira más incansable.
-Se llamaba Magdalena -explicó Pedro reflexivo-. Me hizo la vida un poco más fácil en una época muy dura.
Paula lo miró. Pero no sirvió de nada. Sin luz su expresión permanecía indescifrable, igual que si llevara una máscara. Hasta su voz sonaba fría, demasiado tranquila como para hacerle sentirse bien.
-¿La amabas?
-¿De verdad necesitas que responda a esa pregunta?
-No te crees capaz de amar a nadie, ¿verdad?
Aquella pregunta, susurrada en la oscuridad, lo heló. Quizá fuera la falta de emoción de su voz, o quizá su callada aceptación. Pedro no quería escuchar ninguna de las dos cosas. Maldijo en silencio y se aproximó a ella, persiguiendo con agudeza la más dulce de las fragancias. La tomó en sus brazos. La respiración entrecortada de Paula demostraba su sobresalto.
-Una vez te amé a ti, ¿no es suficiente?
-¡No! -contestó Paula luchando contra él, revolviéndose-. Tienes miedo a la vida, Pedro. Nunca lo hubiera creído posible, pero es así.
-No es miedo, esposa mía -susurró él cerca de su boca-. Es cautela, sospecha. Y algo más que un ligero cinismo.

-------------------------------------------------------------
Continuara! 
Espero que les gusten! Comenten porfas!!!