A MI LARGAMENTE perdida esposa:
Soñé contigo la noche pasada. Han pasado tres años, y yo sigo soñando contigo. Tu fragancia me envuelve, me consume, me hace creer, por un engañoso instante, que estás a mi lado. Puedo escuchar tu voz, cohibida y no obstante llena de pasión femenina. Puedo ver tus ojos, tan oscuros como el cielo de noche, llenos de risa y después de calor y finalmente de amor, de un amor tal como nunca lo he visto antes... ni lo veré. ¿Te suena demasiado manido si te digo que tu piel era como el satén, si te digo que tus cabellos eran como una cascada cayendo sobre nosotros como los dorados rayos del sol en una habitación a la luz de la luna?
¿Tienes idea de cómo te aferras a mi mente, de lo infeliz que soy hasta el momento en que vuelva a tenerte en mis brazos? ¿Tienes idea de cuántas noches me he despertado desesperado por una última caricia, por una última palabra, desesperado por una pasión que ninguna otra mujer puede proporcionarme? Me persigues, mi amor. Me robas el alma y me obligas a esperar lo imposible. Cada vez que miro a otra mujer solo veo que no puede comparársele contigo.
Te amo Paula, mi dulce esposa. Mi Eterno Amor. Nunca habrá nadie más que tú.
El sol del atardecer caía sobre el paisaje de Colorado y sobre el perfil duro y brutal del hombre que tenía a su lado.
-¿Es este tu hogar? -preguntó Paula.
-No -la corrigió Pedro en un tono de voz carente de toda expresividad-. Es mi casa. Convertirlo en un hogar es asunto tuyo.
Paula examinó el rancho con aprensión. Necesitaba reparaciones estructurales. Las escaleras del porche se combaban y hundían, el tejado tenía unos cuantos parches, las paredes necesitaban de una mano fresca de pintura y los canalones parecían el hogar perfecto de las termitas. Y los terrenos que rodeaban la casa no estaban en mejor estado. El trozo de terreno que hacía las veces de jardín estaba lleno de malas hierbas, pero tendría que esperar hasta la primavera. Eso si para entonces seguía allí.
Paula se tocó el vientre a tientas. ¿Habría echado raíces el hijo de Pedro tras una noche explosiva? Lo sabría en unas pocas semanas. Mientras tanto solo le cabía esperar.
-Dime qué te gustaría que hiciera.
-Aquí fuera nada, yo me encargaré de eso. Tu tarea es dentro.
Paula miró la puerta principal. Si el interior estaba en tan mal estado como el exterior tenía un buen problema. Respiró hondo. Podía hacerlo. Si se trataba de construir una vida con Pedro podía transformar aquel montón de madera en un hogar.
-Enséñamelo.
Pedro la guió y abrió la puerta. Paula lo siguió. Al llegar al umbral se detuvo, pero luego dio un paso adelante. Pedro no iba a llevarla en brazos como hubiera deseado cualquier novia recién casada. Aquel paso desvaneció toda emoción que hubiera podido albergar su alma.
Entonces se preguntó por primera vez por qué sería tan importante para él crear un hogar. ¿Para qué necesitaba una esposa, cuando hubiera podido servirse de una decoradora de interiores? Era evidente que no deseaba el matrimonio. Un vaquero salió del interior de la casa.
-Jefe, tenemos problemas, muchos problemas.
-¿Cómo es que eso no me sorprende? -preguntó Pedro suspirando e inclinando la cabeza en dirección a Paula-. Paula, éste es mi capataz, Penny. Penny, mi mujer.
El capataz se pasó una mano por la mandíbula y la examinó abiertamente, con curiosidad.
-Quizá ella deba ocupar la habitación número uno.
-¿La habitación número...? ¡Ah, diablos! ¿Qué hay detrás de la habitación número uno, viejo? ¿O debería de preguntar quién?
-Doña Isabella está en tu oficina, la hice pasar allí porque me figuré que no era un buen sitio para husmear. ¿Es que no la has visto por la ventana?
-No. ¿Y tras la puerta número dos?
-Mojo.
-¿Qué le pasa ahora? -preguntó Pedro más agresivo.
-Oyó decir que te habías casado.
-Pues te lo ha tenido que oír a ti, porque eres el único a quien se lo dije.
-De todos modos se ha agarrado una buena. Si quieres iré a buscar a Jumbo para que se encargue de él, pero no les pidas que vayan a entretener a doña Isabella, ella los asusta.
-Pero a ti no, ¿verdad?
-Tú sigue así, jefe -le advirtió Penny-. Como me aprietes las tuercas me voy con los Winston. La pequeña Cami me ha dicho que siempre tendrá un trabajo para mí.
-¿Y vas a trabajar para su capataz? -inquirió Pedro cruzándose de brazos-. Eso me gustaría verlo. Tú y Gabby no os pondríais de acuerdo ni sobre el color del cielo. ¡Demonios, pero si eres capaz de decir que una vaca es un toro con tal de no ponerte de su parte!
Paula ahogó una protesta. Sin duda aquellos dos hombres tenían cosas de qué hablar, pero no era el momento. Tenía que tomar cartas en el asunto.
-Pedro, si tú vas a hablar con Mojo yo iré a hablar con doña Isabella. Penny, ¿crees que podrías llevarnos un café mientras esperamos a mi marido?
-Yo no soy cocinero -se apresuró a responder el hombre irritado.
-De eso ya me he dado cuenta, pero dudo de que haya algún capataz que no haga el café mejor que el cocinero.
-Será mejor que no diga esas cosas delante de Mojo
-respondió Penny con un brillo travieso en la mirada. -¿Te refieres al Mojo que está con la perra en la cocina? -inquirió Paula.
-Al mismo. -¿Y es él el...?
-El cocinero. Mojo, en realidad se llama Joe. No es por ofender, pero el café es asunto de Joe, por si no lo sabías.
Estupendo. Paula solo llevaba dos minutos en el rancho y ya había insultado al capataz.
-¿Y te importaría mucho hacer el café por esta vez, teniendo en cuenta que Mojo no querrá?
-Sí, señorita, me importaría -suspiró Penny-. Pero como veo que eres nueva aquí y todo eso... bueno, lo haré, pero solo por esta vez, ¿queda claro?
-Gracias, eres un encanto.
-Haces algo bueno y mira cómo te lo pagan -replicó Penny con mala cara-. Te insultan, eso es lo que hacen. Te llaman encanto. ¡Vah!
-No creo que eso haya sido una buena idea -comenzó a decir Pedro.
-Te unirás a nosotras en cuanto hayas hablado con Mojo, ¿verdad?
-Paula...
Paula acarició el brazo de Pedro. Buscaba un apoyo que le diera seguridad, pero en lugar de ello solo consiguió una insatisfacción tan fuerte que la hizo temblar. ¿Cómo era posible? Los nueve años que habían pasado separados hubieran debido de enterrar todos esos anhelos, pero en lugar de ello apenas era capaz de mirarlo o de tocarlo sin desear estar en sus brazos... y en su corazón.
-Te casaste conmigo para que me comportara como tu esposa, o al menos eso creo, así que déjame que haga mi trabajo, Pedro. Puedo tomar un café con la señora sin provocar un desastre.
-No cuentes con ello -musitó él.
-Tienes que confiar en mí.
-No es una cuestión de confianza -respondió Pedro pasándose la mano por el pelo y desordenándose los mechones rubios y castaños de un modo terriblemente atractivo-. Lo primero de todo se llama Doña Isabella Magdalena Vega de la Cruz.
-¿Y lo segundo?
-Y lo segundo... ¡maldita sea, Paula!
-Es uno de tus secretos, ¿verdad?
La tensión se dibujó en las líneas del rostro de Pedro confirmando todas sus sospechas.
-Sí, forma parte de uno de ellos. No quiero que te cuente algo que debería de contarte yo, no lo mereces.
Pedro la estaba protegiendo. Aquello encendió una chispa de esperanza en Paula, esperanza que ella no dudó en alimentar con toda la decisión y resolución de que fue capaz.
-Entonces puedes estar seguro de que no me lo dirá. ¿Te parece bien?
-¡Qué remedio!
-¿Cuál es tu oficina?
-Por ahí -indicó Pedro haciendo un gesto hacia la puerta de la izquierda-. Enseguida estaré con vosotras.
-Saldrá bien, Pedro -sonrió Paula.
-No es probable
Pedro la tomó del cuello y la atrajo hacia sí. Sus labios rozaron los de ella en un breve beso. Pero un instante después él volvió a por otro, a por uno más grande y teñido de pasión que fue como un ruego, una promesa y una exigencia al mismo tiempo.
-Tengo una idea.
-¿Cuál? -preguntó ella negándose a abrir los ojos.
--------------------------------------------------------
Lean el siguiente!
--------------------------------------------------------
Lean el siguiente!
No hay comentarios:
Publicar un comentario