Ambos abandonaron la pista de baile mientras los cascabeles de la máscara de Paula tintineaban suavemente. Por alguna razón aquel melódico sonido le inspiró confianza. Era como el anuncio de un cambio y de un despertar espiritual, cosa que le hacía mucha falta.
Pedro le dio un rápido golpecito a una de las cintas adornadas con cascabeles.
-Con esto no te perderé entre la multitud.
-Es fácil perderse -respondió ella aludiendo al pasado.
-Tranquila, volvería a encontrarte.
-Eso suponiendo que quisieras encontrarme.
-Ah, claro que querría encontrarte -contestó Pedro sonriendo con mirada seria.
Paula miró hacia la cola de invitados mientras abandonaban la sala de baile. Rafe y Ella ya no estaban. ¿Qué harían si descubrieran que estaba con Pedro? ¿O era ese su plan? ¿Acaso su hermano los había invitado a los dos con la esperanza de propiciar aquel encuentro?
Entraron en el comedor y pasaron por delante de un montón de mesas repletas de todo tipo de delicias, encontrando una discreta mesa libre en un rincón.
-Iré a por el café -dijo Pedro-. ¿Cómo lo quieres?
-Solo y sin azúcar, por favor.
-Una mujer de armas tomar, ¿no es eso? Y yo que creía que eras una de esas aficionadillas al café...
-¿Creíste que me gustaría el cappuccino?
Pedro inclinó la cabeza a un lado mientras la escrutaba.
-Hubiera jurado que tomabas el café con leche. -¿Doble?
-Bueno, uno grande.
-Pues no. Sin espuma -frunció el ceño mientras lo consideraba mejor-. O quizá mejor un café largo.
Pedro alzó las manos y sonrió borrando de su rostro la dureza y dejando que ella vislumbrara al joven que una vez había conocido.
-Bien, yo tomaré un café negro.
-¿Cuanto más negro, mejor? -bromeó ella.
-Sí, de ese que hay que cortarlo con cuchillo y tenedor.
-Así que te gusta fuerte, ¿no? Quizá debieras de probar...
Había estado a punto de sugerirle que pidiera un café de Costa Rica, pero se interrumpió en el último momento. Mencionar ese país hubiera sido como meterse en un callejón sin salida.
-¿Sí?
-Un barista -dijo en su lugar-. El camarero sabrá cuál es el más fuerte.
Para alivio de Paula, Pedro pareció no darle importancia al comentario. No quería que la descubriera. Aún no. No hasta que no hubiera estado más tiempo con él. Quería averiguar qué había ocurrido durante los últimos nueve años, saber si podían recuperar lo que una vez habían compartido.
Era un sueño ridículo, y tan *beep* como temerario. Pero no podía evitarlo. Igual que aquella primera noche, que lo había encontrado atractivo de inmediato, en aquella segunda ocasión se sentía atraída hacia él con la misma fuerza.
-Aquí está. Dos cafés. Negros -afirmó Pedro sentándose frente a ella-. Creo que no nos hemos presentado -añadió ofreciéndole la mano-. Soy Pedro, de Lullabye, Colorado.
No había dicho su apellido. Eso simplificaba las cosas.
-Yo me llamo Marianna.
Era cierto, era su primer nombre. Paula había comenzado a utilizar su segundo nombre de pila cuando Rafe la rescató de su infernal vida en Florida.
-Marianna. Es bonito. ¿Y por qué has venido?
-Por la misma razón que los demás. Me gustaría encontrar un marido -pero uno muy especial, uno para siempre-. ¿Y tú? -preguntó tratando de no delatar su ansiedad.
-Estoy buscando esposa.
-¿Por qué? ¿Y por qué aquí? -preguntó Paula sin poder evitarlo.
-Me mandaron una invitación -respondió él encogiéndose de hombros. Rafe.
-¿Has venido solo por eso, porque recibiste una invitación?
-Tengo otra razón -admitió él jugando con la taza-. He comprado un rancho.
De modo que por fin Pedro Alfonso había dejado de vagar por los caminos.
-¿Y ese rancho requiere de una mujer? -Sí.
Aquella respuesta, directa y brutal, sugería que Pedro no tenía ganas de responder a demasiadas preguntas. Mal asunto. Tenía preguntas que hacerle, y muchas. ¿Acaso esperaba aparecer en un baile y conseguir esposa así, sin más? ¿Se conformaría con una cualquiera, con una superficial y poco exigente?
-¿Por qué quieres casarte, Pedro?
Pedro dio un largo sorbo de café como si estuviera pensando cuánto revelar. Paula sospechó que diría lo menos posible, lo justo para hacerla callar.
-El rancho necesita reparaciones. Yo puedo arreglármelas con la reforma estructural, pero no con el resto.
-¿El resto?
-Es la típica casa de soltero -explicó él apretando los labios-. No hay una mujer en muchos kilómetros a la redonda. La casa necesita un toque femenino.
Paula lo miró incrédula.
-¿Te casas para que alguien se encargue de coordinar los cojines?
-¡No! -exclamó Pedro dejando la taza de golpe sobre la mesa-. Necesito a alguien que pueda hacer de aquello un ho... -Pedro musitó un tenso oh y miró a otro lado.
-¿Un hogar? -terminó ella la frase por él.
-Sí.
De modo que confesar aquello era ya admitir demasiado. El rubor coloreó los angulosos rasgos de Pedro y la tensión recalcó las duras líneas de su rostro, grabadas allí por algo más que sus treinta y un años. Sin duda habían sido treinta y un difíciles años, llenos de desilusión y de dolor. Su semblante estaba lleno de heridas de ésas que les resultan irresistibles a las mujeres y que en cambio odian ver en sí mismas. Pedro se pasó una mano por el cabello revolviendo los mechones de arriba, dorados a la luz del sol, con los de abajo, castaños.
-Pero supongo que esperas algo más que una simple ama de llaves o una decoradora, ¿no?
-Mucho más.
-¿Y qué estás dispuesto a ofrecer a cambio?
Aquella pregunta no debió de gustarle, porque contestó:
-¿Qué quieres a cambio?
-No es eso lo que te he preguntado. Supongo que ofreces una casa con todas sus comodidades básicas.
-Yo no soy un hombre rico -advirtió él.
-Entonces es una suerte que yo no necesite grandes riquezas, ¿no crees? -respondió ella observándolo con calma.
Pedro le devolvió la mirada. Sin duda sus años de vagabundeo le habían enseñado a calar a las personas rápidamente y con precisión.
-Dejemos lo que yo quiero de lado, Marianna. Tú buscas algo. ¿De qué se trata?
Paula se quedó pensativa y tan quieta que los cascabeles no hicieron el menor ruido. Pedro deseaba una mujer para crear un hogar. Y ofrecía a cambio comodidades físicas. ¿Pero qué pasaba con los sentimientos? ¿Y con los de él?
-¿Compartiremos la cama?
-Sí.
-¿Esta noche?
-Sí -respondió él sin vacilar.
-¿Y esperas que una mujer se acueste contigo conociéndote tan poco? -preguntó ella curiosa.
-Estaremos casados.
-Así que tú le ofreces tus posesiones materiales y ella te ofrece su cuerpo y un hogar. ¿Es esa tu idea del matrimonio?
-Si estás buscando algo más te has equivocado de mesa.
-¿Nada de amor, ni de afecto?
-Te trataré bien. Nunca te haré daño, al menos no intencionalmente.
Pedro estaba mintiendo. Lo intuía, se lo decía el instinto. Era un hombre desesperado por encontrar amor, por mucho que lo negara y que luchara por reprimirse. Así que la verdadera cuestión era si... si ella podía ofrecerle ese amor. Aquel era un riesgo mayor que el que había asumido nueve años atrás. En aquel entonces él se había mostrado abierto y despreocupado, deseoso de entregarle su corazón a una mujer, de entregarse a sí mismo por entero. Paula no podía estar segura de que ese joven siguiera existiendo, de que Pedro volviera a confiar en ella y admitiera el amor de nuevo en su vida una vez que hubiera descubierto su identidad.
-¿Te interesa? -preguntó él en un tono de voz indiferente, como si no le importara demasiado la respuesta.
Sus manos, sin embargo, se aferraban a la taza de café con fuerza, y sus ojos la miraban fijamente. Eso, más que nada, le dio esperanzas. Pedro estaba decidido a ignorar el amor durante el resto de su vida, y no obstante había acudido al Baile de Cenicienta para encontrar a una esposa capaz de crear un hogar para él.
-Sí, me casaré contigo.
-No recuerdo habértelo preguntado.
-¿Quién está jugando ahora? -preguntó Paula sin darle tiempo a responder-. ¿Quieres casarte conmigo o no?
Pedro hizo una pausa que duró un segundo eterno.
-Está bien, de acuerdo. Pero primero tienes que hacer algo por mí.
-¿Qué?
Pedro se inclinó sobre la mesa con ojos de un azul incandescente y, con un gesto decidido y una pasión controlada, contestó:
-Quitarte la máscara.
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Lean el siguiente!
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Lean el siguiente!
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