Aquella animada defensa logró elevarle el espíritu a Paula. Dejó caer la servilleta sobre el regazo e hincó el tenedor sobre los huevos revueltos, obteniendo con ello una sonrisa de parte de Jumbo. Pero cuando los probó volvió a centrar la atención sobre su marido.
-Tengo una primera petición que hacerte.
-¿Sí? ¿Cuál?
-Un perro. Quiero uno grande, un lobo bien hambriento.
-¿Y dónde lo quieres, querida esposa? -sonrió Pedro. -Justo debajo de mi silla -contestó Paula devolviéndole la sonrisa.
-Veré qué puedo hacer.
Veinte minutos más tarde Paula apartó el plato y gruñó.
-No puedo comer ni un bocado más.
-Pero si eso es solo parte de lo que ha preparado Mojo...
-¡Mojo! ¡Y dale con Mojo! ¡Esto es ridículo! -exclamó Paula levantándose y dirigiéndose a la cocina. Pedro corrió tras ella.
-Cariño, puede que no sea muy buena idea...
-Pues yo creo que es una idea excelente –contestó ella abriendo la puerta de la cocina. Jumbo estaba sentado en una banqueta delante de una barra alta y larga.
De pie, delante del fregadero y de espaldas a ella, estaba el otro gigante que debía de ser Mojo. A su lado Jumbo parecía un mosquito muerto-. Hola.
Mojo se puso rígido. Según parecía con aquella única palabra había conseguido meter la pata.
-¿Es esa la chica? -le preguntó Mojo a su hermano. -Sí, es ella.
-¿Y qué quiere?
-No lo sé. ¿Qué podemos hacer por usted, señora? -Pensé que Mojo y yo debíamos de conocernos. -Mojo no conoce a nadie.
-Pues ahora sí -respondió Paula cruzándose de brazos.
Mojo dejó la sartén que estaba fregando en el escurridor y se secó las manos. Luego se volvió y enseñó un rostro sembrado de heridas y completamente remendado. Pero Paula no se asustó como los demás cuando lo veían por primera vez. En lugar de ello lo examinó abiertamente. Y luego se acercó a él. Se puso de puntillas y le recogió un mechón de pelo de la frente, que le tapaba una de las heridas.
-Chico, tuviste suerte -comentó-. Medio centímetro más abajo y hubieras parecido una imitación de un pirata, con parche y todo. ¿Qué te ocurrió? ¿Fue un accidente de coche?
-Bueno, digamos que mi caballo ya no tiene parabrisas.
-¿Tu caballo? -repitió Paula riendo.
-Es broma. Mojo y yo no montamos a caballo -rió Jumbo.
-Quizá es que no haya ningún caballo dispuesto a llevarte -intervino Pedro.
-Vamos en tu Jeep.
-¿Entonces es que a tu Jeep lo llamabas Caballo?
-Exacto -respondió Jumbo impresionado-. Un día Caballo decidió lanzar a Mojo por delante de él tirándose por un terraplén.
-Eso me suena familiar -comentó Paula, que se aproximó a la mesa más cercana y se subió a ella.
Luego miró de reojo a su marido preguntándose cómo iba a tomarse aquello y se desabrochó la manga izquierda de la camisa. Era mejor hacerlo en público, donde Pedro tuviera que controlarse, que en privado. Los hombres la miraron curiosos y ella se remangó exponiendo una larga cicatriz.
-Me llega hasta el hombro -anunció-. Y tengo suerte de poder levantar el brazo. Todavía me pica cuando cambia el tiempo.
Pedro respiró hondo, y Paula miró en su dirección con los nervios de punta. Parecía como si alguien le hubiera dado un puñetazo.
-Bonita -comentó Mojo silbando.
-Pues esto no es nada -contestó ella sacándose la camisa de la cinturilla de los -vaqueros y levantándosela hasta enseñar las costillas-. Tengo marcas de éstas por todo este lado del cuerpo. Os enseñaría más, pero puede que a mi marido no le guste.
-¿Qué diablos te ocurrió? -preguntó Pedro.
-Tuve un accidente de coche, igual que Mojo.
-¿Pero cómo? ¿Cuándo?
-Hace bastante tiempo a juzgar por las heridas -contestó Mojo acercándose lo suficiente y silbando unas cuantas veces más-. ¿Cuánto tiempo estuviste en reposo?
-Un par de meses -respondió Paula aprovechando la ocasión para evadirse de las preguntas de su marido-. Eso sin incluir la cirugía estética que tuvieron que hacerme para quitarme las cicatrices más feas.
-¡Hah! ¡Te gano! -se mofó Mojo-. Yo la primera semana estuve a punto de morir tres veces. Los médicos dijeron que no tenía ninguna oportunidad.
-¿En serio? Bueno, yo perdí la mitad de todo el volumen de mi sangre.
-¡No!
-Bueno, quizá no fuera la mitad -sonrió -, pero era mucha. Sí mi hermano no hubiera reaccionado tan deprisa habría muerto.
-¿Rafe estaba contigo? -preguntó Pedro apretando los labios.
-Venía detrás de mí -contestó Paula eligiendo con cuidado las palabras.
-¿Por dónde ibais?
-Por Costa Rica. Las carreteras de montaña pueden ser realmente peligrosas.
-Entonces me aseguraré de que te alejas de las carreteras de por aquí.
-Pues va a ser un poco duro viviendo a la sombra de las Rockies.
-Aléjate de ellas -repitió Pedro con severidad, esperando, sin duda, zanjar con ello el asunto.
Paula se encogió de hombros y se volvió de nuevo hacia Mojo.
-Y en cuanto a la cocina...
-¿Qué pasa con ella? -preguntó el cocinero de mal humor.
-Que creo que es fuente problemas. O al menos eso me ha parecido.
-¿Tienes algo que decirme? -preguntó Mojo cruzándose de brazos.
-Desde luego. Ya que hoy estoy revelando tantos secretos, creo que voy a confesar otro más.
-¿Y cuál es?
-Que yo no cocino.
-¿No cocinas?, ¿en serio? -inquirió Mojo contento. -No cocino. En serio. Nuestra ama de llaves, en Costa Rica, trató de enseñarme unas cuantas lecciones, pero finalmente tuvo que darlo por imposible. -¿Cuántas cenas quemaste? -preguntó Pedro relajándose lo suficiente como para sonreír.
-Demasiadas como para contarlas. Rafe fue muy equitativo conmigo. Quizá fuera porque acababa de rescatarme de... -de pronto Paula cerró la boca, pero fue demasiado tarde.
-¿Rescatarte de dónde? -preguntó Pedro en voz baja-. ¿De quién, de mí?
-¡No! No -repitió Paula para que quedara bien claro-. Tú sabes muy bien que de ti no necesitaba que me rescataran.
-¿Entonces, de quién?
-De mi ... tía -respondió Paula bajándose de la mesa y sonriendo-. Entonces, ¿hemos resuelto la crisis de la cocina? ¿Seguirás cocinando para nosotros, Mojo? -Desde luego. Y si alguna noche quieres algo especial para cenar... bueno, diablos, consideraré incluso la posibilidad de preparártelo.
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Lean el siguiente!!
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