PEDRO HIZO una pausa delante de la puerta del salón, atónito al encontrar a su capataz sentado con doña Isabella. Aquello era algo que no esperaba ver. Ninguno de los dos lo vio, de modo que se echó para atrás el Stetson y escuchó.
-Bien, Izzy -dijo Penny-. No quiero que te enfades cuando te descubra mis cartas.
-No me enfadaré.
-Pero ayer vi que no llevabas bien eso de perder.
-Continúa con el juego, señor Penworthy. ¿No fue así como te llamé?
-Así me llamaste, sí. Pero Izzy, no vuelvas a hacerlo. Si se llega a saber por ahí que ése es mi nombre seré el hazmerreír de todos.
-Como tú desees, señor Penny.
-Eso está mejor -contestó él extendiendo las cartas sobre la mesa-. Mira y llora, preciosa. Full de ases y reyes.
-Impresionante -comentó la mujer parándole la mano al capataz, que la alargaba hacia el centro de la mesa para recoger las ganancias de las apuestas-, pero no corras tanto.
-No puedes vencer a mi full. ¡Has pedido cuatro cartas!
-Sí, pero han sido cuatro excelentes cartas -señaló la mujer enseñando cuatro reinas y sonriendo-. Gano yo.
Pedro sacudió la cabeza incrédulo. Nunca hubiera creído que aquellos dos pudieran llevarse bien. Le producía una extraña sensación. Tan extraña como la que había sentido minutos antes, al entrar en la cocina. Su hija estaba sentada sobre el regazo de Mojo, aplastando bolas de masa de galleta en una bandeja metálica. Al pasar él lo había saludado con la mano, con los dedos sucios de chocolate, y había soltado una retahíla de palabras en una mezcla de inglés y español. El cocinero no había dejado de sonreír.
Era la misma *beep* expresión que Mojo mantenía desde que la niña había entrado en la cocina por primera vez. Sarita había entrado corriendo, y nadie había sido capaz de detenerla. Mojo, al verla, se había quedado helado. La niña se había detenido al verlo, pero en lugar de marcharse asustada lo había observado con abierta curiosidad. Y después había trepado hasta su regazo, en donde se había quedado. Desde ese momento se habían convertido en grandes amigos.
¿Por qué, entonces, se sentía incómodo? Debería de estar encantado. Había conseguido unir todas las piezas necesarias para llevar la vida que siempre había deseado, y Paula había sido quien había ordenado esas piezas. El resultado era un hogar más perfecto de lo que jamás hubiera soñado. ¿Qué diablos lo inquietaba entonces?
Pedro deambuló por el despacho y permaneció de pie mirando por la ventana. Sabía qué era lo que iba mal. Paula y el maldito árbol de Navidad. Paula y la odiosa infancia a la que apenas había sobrevivido. Paula y su infinita búsqueda del amor. Pedro sospechaba que lo que más le dolía era el hecho de que él la hubiera decepcionado. Decepcionado, en primer lugar, por no haber sabido encontrarla durante nueve años. Y, en segundo lugar y más importante aún, decepcionado porque ya no la amaba de aquel modo desesperado que ella tanto anhelaba.
Y por eso iba a abandonarlo.
Por fin había creado un hogar para él, pero se marchaba. Solo se le ocurría una cosa para retenerla: demostrarle que había hecho todo cuanto estaba en su mano para encontrarla. Podía tratar de demostrarle, una vez, que la había amado.
La siguiente decisión apenas le costó trabajo. Abrió el cajón del escritorio, buscó la tarjeta de negocios que había guardado en él un mes antes y la miró. Nunca hubiera pensado que iba a utilizarla. Marcó el número de teléfono y al otro lado contestaron.
-Chaves.
-Me dijiste que te llamara si necesitaba tu ayuda.
-¿Alfono? ¿Eres tú?
-El mismo, hermanito. He decidido aceptar tu oferta -añadió Pedro soltando el aire contenido al tiempo que se deshacía de su orgullo-. Necesito tu ayuda.
San Francisco estaba frío y gris. De pie, a las puertas del museo, Pedro maldecía a Rafe en silencio por haberlo obligado a encontrarse allí.
-Alfonso, me alegro de ver que has podido venir.
Pedro se volvió y saludó a su cuñado estrechando su mano.
-Me parece recordar que no me diste ninguna otra alternativa.
-No, hay cosas que quiero contarte y que prefiero que no oiga Paula.
-¿Y por eso me has hecho venir hasta San Francisco?
-Bueno -sonrió Rafe-, puede que tuviera otra razón. Ven conmigo. Ya que estamos aquí podemos echar un vistazo al museo.
Pedro luchó por controlarse. Rafe tenía una lamentable forma de encargarse de todo. Bueno, le dejaría hacerlo a su modo por esa vez. No quería mostrarse antipático, pero tampoco estaba dispuesto a olvidar su viejo antagonismo. Tras deambular por las salas del museo durante quince minutos Rafe se detuvo junto a un enorme mosaico. Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y le dio un paquete de cartas mirándolo a la cara y preguntando:
-¿Quieres decirme por qué quieres darle esto a Paula? ¿Es que quieres que nos enfrentemos?
-¡Demonios, no! ¿Qué clase de hombre crees que soy?
-Mis disculpas, pero si lo que quieres no es separarnos a ella y a mí, entonces ¿por qué, después de todos estos años?
-Porque ella necesita saber que yo la busqué, que no conseguí dar con ella.
-¡Ah, comprendo! Eso quiere decir que te ha contado lo de su tía.
-Me lo ha contado -asintió Pedro.
-¿Y te ha contado también lo del accidente? ¿Te ha contado que iba de camino al Baile de Aniversario, a buscarte, cuando chocó?
-Sí, sé lo del accidente y lo de las cicatrices.
-¿Y te ha dicho también que compró una entrada para el siguiente Baile de Cenicienta, el que se celebró hace cuatro años?
Pedro ni siquiera trató de ocultar su asombro.
-¡Pero si yo fui a ese baile! ¡Ella no acudió!
-Eso fue porque yo le quité la entrada. Mi mujer y yo nos casamos esa noche.
-Así que volviste a arrebatármela.
-Hice mal, lo sé -se disculpó Rafe con ojos llenos de arrepentimiento-. Pero piénsalo así: si las cosas hubieran sido de otro modo ahora no tendrías a Sarita.
-Esa es la única razón por la que no te parto la cara ahora mismo.
-Entonces quizá no sea demasiado tarde para que trates de recuperar el amor que una vez compartiste con mi hermana.
-Es demasiado tarde -afirmó Pedro con frialdad-. Demasiado.
-¿Y estás seguro de que no es tu orgullo el que habla?
-¡Yo no tengo orgullo cuando se trata de Paula! De otro modo no estaría aquí, manteniendo esta conversación. Ni le daría estas cartas.
-No, amigo mío -sacudió la cabeza Rafe-. Hay algo más, algo que no me has contado. ¿De qué se trata?
-Quieres tu parte, ¿no es eso? -inquirió Pedro entre dientes-. Bien, lo has adivinado. Necesito lo que tienes en la mano, Chaves. Si no se lo doy Paula me abandonará.
Rafe, para su sorpresa, se echó a reír. Aquello bastó. Fuera o no su cuñado iba a noquearlo. Pero antes de que pudiera apretar el puño Rafe inclinó la cabeza hacia el mosaico.
-Mira, le llevó ocho años terminar esto.
Pedro echó un vistazo al mosaico para observarlo después detalladamente, atónito. Era él. Dio un paso atrás para apreciarlo por entero y observó que estaba subiendo por un enrejado, mitad en la sombra mitad iluminado, tal y como había hecho nada más conocer a Paula. Y tenía una mano tendida hacia una mujer. En el fondo un arco iris resaltaba en la oscuridad. Era la obra de arte más bonita que hubiera visto jamás, y llevaba por título «La llegada de un Amor Eterno». Aquel nombre lo impactó. El artista que lo había hecho era Paula Chaves.
Paula Chaves Alfonso, su mujer.
-Sí, mi pobre hermana. Ni siquiera eres consciente de que aún la amas, ¿verdad? -preguntó Rafe tendiéndole las cartas-. Si le haces daño, Alfonso, me las pagarás.
Pedro tomó el paquete sin decir palabra, sin notar apenas que Rafe se marchaba. «Ni siquiera eres consciente de que aún la amas, ¿verdad?», había preguntado. Pedro sacudió la cabeza. No. No era posible. El no había sentido amor desde... Cerró los ojos y tragó convulsivamente. No había sentido amor desde que la había abrazado por última vez. Abrió los ojos y se quedó mirando el mosaico desesperado. Había sido en sus brazos, también, donde había conocido el amor por primera vez. Solo que había tenido demasiado miedo como para admitirlo.
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