domingo, 4 de enero de 2015

Epilogo -Recuperarte-



PAULA se acurrucó en el sillón de piel del despacho de su marido y miró a Pedro. Estaba tumbado frente al árbol de Navidad, arrollado entre risitas sofocadas y trenzas. Ni siquiera Sarita, de ocho años, era capaz de vencer a su papá. Y era una hermana mayor encantadora para Caitlin y los bebés, dos gemelas que Mojo había «visto» mucho antes que -los médicos. A pesar del terror inicial de Pedro al conocer la noticia Paula había conseguido llenar la casa de niñas.
Los cinco últimos años habían sido los mejores en la vida de Paula. Habían sido años de amor, de risas, y de felicidad incomparables. Años de felicidad con Pedro y las niñas, con Isabella, Mojo, Jumbo y Penny. La más pequeña de las gemelas daba sus primeros pasos hacia ella, buscando el regazo de su madre, en donde Paula se sintió feliz de acomodarla.
Paula mordió la punta de la pluma y volvió a concentrarse en su mensaje navideño anual. La mañana del día de Navidad Pedro encontraría un sobre oculto en el árbol. Era una tradición familiar que habían comenzado con su primer aniversario. Y Paula estaba segura de que continuarían con esa tradición durante el resto de sus vidas. Abrazó a su hija, posó la mejilla sobre sus rizos y se lanzó a escribir:
A mi Amor Eterno...

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El final!
Espero que les haya gustado la historia! Gracias por leer! ♥:)

Capitulo 32 -Recuperarte-

Mojo y Jumbo aparecieron en el umbral de la puerta, y Penny y doña Isabella los siguieron de cerca.
-¡Vaya, no está mal, jefe!
Las horas que siguieron fueron las más felices que Paula recordaba desde hacía tiempo. Después de cambiarse y de desayunar todos se reunieron en el despacho de Pedro para abrir los regalos. Fue ese el día en que Sarita fundó una relación profunda con sus nuevos padres, corriendo del uno al otro para abrazarlos y besarlos con tal generosidad que Paula se hubiera vuelto loca por aquella niña si no lo hubiera estado ya. La expresión de Pedro estaba tan llena de júbilo que las lágrimas resbalaron por sus mejillas en más de una ocasión.
Doña Isabella y los empleados de Pedro también recibieron unos cuantos besos de la niña. Santa exclamaba y se admiraba de todos los regalos por ridículos que fueran, desde el cuchillo de Mojo hasta la pizarra de Jumbo. Pedro prodigó, junto con los regalos, buen humor.
Solo para doña Isabella tuvo un regalo más serio: un camisón y unas zapatillas. Sarita echó un vistazo a la casita de muñecas nueva que le había traído su padre de San Francisco y desapareció para jugar. Al cabo de un buen rato Pedro llevó a Paula a un rincón y le dio una pequeña caja.
-Preferiría darte esto en privado.
Paula miró a su alrededor. Todos estaban ocupados, y nadie iba a echarla de menos durante un rato si se escapaba con Pedro. Tomó su mano y lo llevó al dormitorio.
-¿Te parece lo suficientemente privado?
-Perfecto -respondió él con una sonrisa tierna y tan apasionada como el beso.
-Entonces, ¿quién abre el regalo primero?
-Abre tú el mío.
Paula pudo apreciar la sombra de incertidumbre en los ojos azules de Pedro. No sabía cómo iba a reaccionar ella ante su regalo. Miró la caja durante unos instantes y la desenvolvió. Después abrió la tapa y encontró un paquete de cartas.
Frunció el ceño y sacó una. Su nombre estaba en el sobre, que había sido enviado a la casa de los Montagues. Y entonces vio la fecha. Era de la víspera del día de Navidad de hacía nueve años. Le dio la vuelta lentamente al sobre. Había sido enviada.
-Ábrela -dijo él.
Paula la abrió y la leyó sin decir una palabra. Y después leyó la siguiente, fechada en el mismo día, un año más tarde. Y luego otra, y otra y otra, hasta que leyó todo el testimonio de su amor eterno durante una década. La última no había sido enviada.
-Esta la... la escribiste anoche, ¿verdad? -preguntó Paula-. Cuando te encerraste en el despacho con Jack Daniels.
-No me encerré con Jack Daniels, solo con un puñado de papel y una pluma. Me cuesta mucho trabajo escribir, por lo general tardo toda la noche. Pero por alguna extraña razón ésta apenas me costó. Por eso he podido hacer otras tareas.
Se refería al árbol. Paula abrió la última carta y sacó la única hoja de que constaba con manos temblorosas. Tenía fecha del día anterior.

A mi recién encontrada esposa:
Solo me queda una cosa que decirte, una cosa en la que me he mostrado negligente, una cosa que te habría dicho si no hubiera tenido tanto miedo:
Te quiero.
Mi esposa, mi único y verdadero amor. Mi Amor Eterno.


Cuando Paula terminó de leerlo estaba tan embargada por la emoción que no pudo pronunciar palabra.
-Hay otra cosa más -dijo él-. Está al fondo de la caja.
Paula apenas podía ver con las lágrimas. Quitó el papel que recubría el interior de la caja y vio dos anillos de oro brillantes junto a dos entradas para el siguiente Baile de Aniversario.
-¡Oh, Pedro! -susurró.
-Ya sé que aún faltan diez meses, pero pensé que quizá pudiéramos citarnos.
-No comprendo -lo miró Paula perpleja-. Estabas tan seguro de que nunca más volverías a amar a nadie...
-Estaba equivocado. Te amo desde el primer instante en que te vi. Siempre te he amado. Solo el miedo me impedía verlo. Nunca creí que fuera un cobarde, pero era más fácil negar lo que sentía por ti que reconocer la verdad, más seguro que admitir que sin ti mi vida estaba incompleta. Y además estaba furioso, Paula. Furioso hasta la médula. Con tu hermano, por separarnos, y contigo por no venir a mí. Y sobre todo conmigo mismo, por no haberte encontrado.
-Yo sé mucho sobre el miedo y la rabia, ¿recuerdas? -dijo Paula con una mirada cómplice.
Entonces Pedro se encontró con su mirada y la sostuvo con seriedad y sinceridad.
-Te quiero, Paula. Siempre te quise y siempre te querré. Siento mucho haber tardado tanto en recuperar el sentido común.
Paula corrió a sus brazos y lo besó con un beso de amor y de perdón. Un beso que era una promesa. Un beso de pasión. Cuando se separaron ella le tendió su regalo.
-No sé cómo te tomarás esto -confesó Paula. -Seguro que me encantará, sea lo que sea.
Pedro rasgó el papel y le quitó la tapa a la caja. Y entonces sencillamente se sentó, sin decir palabra. Paula lo miró con aprensión.
_¿Vas a decir algo?
Pedro sacó el sonajero de la caja y preguntó: -¿Estás embarazada? ¿Seguro? -Seguro -asintió Paula.
Pedro tendió a Paula sobre la cama sin decir una palabra y le subió el suéter para acariciar su vientre con suavidad.
-Es... -parpadeó-... es el mejor regalo que podrías haberme hecho.
-¿Estás seguro?
-Sí, desde luego, amor mío -sonrió con júbilo-. Estoy muy seguro -luego frunció el ceño-. Solo hay un problema.
-¿Cuál? -preguntó ella nerviosa.
-¿No pensarás que...? -Pedro se interrumpió y sacudió la cabeza-. Nada, es demasiado ridículo.
-¿El qué?
-Es solo una tontería. -¡Pedro!
-¿Crees que Mojo tiene ojo de verdad?
-Te diré cómo vamos a hacer para saber si tiene ojo de verdad o no -se echó a reír Paula.
-¿Sí? ¿Cómo vamos a hacer?
Paula se sentó y lo abrazó por el cuello. -Dejaremos que adivine si estoy embarazada del siguiente niño antes de que lo confirme la Madre Naturaleza.
-¿El siguiente? ¿Te refieres al que va después de éste?
-Bueno, normalmente eso es lo que significa «el siguiente».
Pedro rió a carcajadas, feliz. -Muy bien, eso haremos.

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Este es el ultimo, el que sigue es el epilogo!

Capitulo 31 -Recuperarte-

Pedro nunca supo cuánto tiempo estuvo en el museo. Un minuto, una hora. Lo que finalmente lo puso en movimiento fue un extraño sentimiento profundamente arraigado en su pecho. Un... renacer. Le había dicho a Paula que su corazón había muerto tiempo atrás, pero no era cierto. Sus emociones habían estado dormidas, esperando el momento de volver a florecer. Ella había vuelto con la máscara, una sonrisa tierna y unos ojos aterciopelados y llenos de amor, de un amor tan generoso y tan absoluto que le saltaba las lágrimas.
Su mandíbula se tensó mientras se esforzaba por reconocer la verdad: la amaba. La amaba desde el primer instante en que había posado los ojos sobre ella, nueve años antes, y había seguido amándola hasta ese mismo segundo. Y seguiría haciéndolo durante el resto de su vida. Solo una cosa le había impedido admitirlo.
El miedo. El miedo a perderla de nuevo en el futuro. El miedo a no poder soportarlo si le ocurría algo. Pero sobre todo el miedo a que ella no lo amara tal y como la amaba él. Y bien, delante de los ojos tenía una prueba de su amor: una obra que le había llevado ocho años.
Pedro se guardó en el bolsillo el paquete que le había dado Rafe. ¿Qué diablos estaba haciendo ahí de pie? Al día siguiente sería Navidad, y él tenía una hija, una abuela y un hogar al que volver. Pero lo más importante de todo: tenía una esposa que lo amaba. Una esposa a la que él amaba con todo su nuevo y recién descubierto corazón.
-¿Qué está haciendo? -preguntó Paula.
-Lo que hace siempre el día antes de Navidad, se encierra en su despacho con una botella y un montón de papeles -respondió Jumbo.
-¿Pero por qué?
-No sabría decirte. ¿Por qué no vienes conmigo a la cocina? Estoy seguro de que Mojo encontrará algo con qué entretenerte.
-No, gracias, Jumbo. No me apetece quemar nada en este momento.
Jumbo le dio una palmada en la espalda y se marchó. Paula buscó algo que hacer y fingió sacarle brillo a las piezas de cerámica nuevas del suelo. Era solo una excusa para permanecer cerca de la puerta del despacho de Pedro. Tras diez minutos de limpieza miró a su alrededor y se aseguró de que no hubiera nadie en el pasillo. Entonces se puso de puntillas y presionó el oído contra la puerta. No podía oír nada. Si Pedro estaba bebiendo desde luego lo hacía en silencio.
-¿Puedo ayudarte en algo, señorita?
-Oh, no, estaba... estaba.. -Paula se ruborizó-.
Solo estaba...
-¿Sacándole brillo a la puerta con la oreja? -Algo así -suspiró.
-Bueno, pues sigue. Pero deberías de saber que no saldrá de ahí hasta mañana por la mañana. Nunca sale antes.
-¡Ah!
Paula miró la puerta una vez más y se retiró al dormitorio. Tenía aún unos pocos regalos que envolver. Ese año las navidades no serían muy normales, pero no permitiría que eso le afectara a Sarita. Esperaba que le gustara su regalo. Y luego estaba el que tenía para Pedro. Paula se sorbió la nariz tratando de no llorar. Decoró la caja con un lazo multicolor y la dejó a un lado. Se hizo un ovillo en la cama y se echó a llorar. Era una *beep*, y lo sabía. Pero aquel día le pondría punto final. Aquella era su última oportunidad para ganarse el amor de Pedro. En cuanto él abriera su regalo sus sueños terminarían.

-¡Hablad en voz baja los tres, maldita sea!
-Pues mete tú un árbol así de grande por la puerta, ¡y verás! -se quejó Penny.
-Como despiertes a mi hija o a mi mujer te la cargas conmigo.
-¿Dónde quieres ponerlo, jefe? -preguntó Mojo. -Junto a la ventana. ¿Listo? -Jumbo lo tenía agarrado con las manos y las piernas, pero no acertaba a ponerlo de pie en su sitio-. Como no lo pongáis bien os voy a colgar los adornos de la oreja.
-Ya está otra vez con lo de las orejas. Tú no estás sobrio, jefe. ¿Qué ha sido de tu cita con Jack Daniels? -Creo que hemos tomado caminos diferentes. -Sabía que el matrimonio acabaría contigo -comentó Penny-. ¿Te ayudamos a poner los adornos? -No, eso es asunto mío. En realidad será un placer.


Paula se despertó a la mañana siguiente sabiendo, aún sin mirar, que no encontraría a su marido a su lado en la cama. Abandonó la cama en silencio y se puso la bata. Necesitaba hablar con él antes de que se despertara nadie de la casa. Aquella era la mañana del día de Navidad, y tenía que hacerle comprender la importancia que aquella fecha tenía para una niña, algo en lo que, evidentemente, había fallado hasta ese momento.
Salió del dormitorio y se dirigió al despacho de Pedro. La puerta estaba entornada. Asomó la cabeza. Su marido estaba tirado en el suelo, profundamente dormido. Al oírla abrió un ojo y musitó algo, unas palabras que ella fingió no oír.
-Oh, Pedro, ¿qué estás haciendo? -Buenos días, cariño. Feliz Navidad.
Paula parpadeó. No estaba segura de haberlo oído bien.
-¿Sabes qué día es hoy?
-Por supuesto que lo sé -respondió Pedro con los ojos inyectados en sangre pero alerta, y con una sonrisa más devastadora que nunca-. ¿Y tú?
-Claro, sí, pero... -Paula entró en el despacho y entonces lo vio. Un enorme árbol llenaba por completo el rincón de la habitación. Se quedó mirándolo incrédula y dijo-: Eso... parece un árbol de Navidad.
Pedro, tendido en el suelo, dobló los brazos y los puso bajo la cabeza.
-No, no puede ser. Yo no celebro la Navidad, ¿recuerdas?
Paula dio un paso más y tocó con un dedo una de las ramas.
-Pues al tacto es igual que un árbol de Navidad.
-Bueno, quizá lo sea. ¿No es extraño?
Paula soltó la rama y ésta se balanceó suavemente. Un excitante coro de cascabeles resonó alegre en el aire. Eran los cascabeles de la máscara. Las .lágrimas resbalaron por las mejillas de Paula. Pedro los había colgado uno por uno del árbol.
-Si hasta... -Paula tragó, y lo intentó de nuevo-... hasta suena igual que un árbol de Navidad.
-Bueno, demonios, entonces es que lo es. No sé cómo ha llegado hasta aquí. Supongo que tendré que sacarlo antes de que nadie lo vea.
-Si... lo has decorado -lloró ella.
Además de los cascabeles Pedro había atado lazos verdes y rojos a las ramas. El hecho de que estuvieran torcidos y mal hechos lo hacía aún más encantador.
-Cariño -la llamó Pedro sentándose-, no estarás llorando, ¿verdad?
-No -lloró ella-, no estoy llorando.
Pedro se puso en pie de inmediato. En dos zancadas estuvo a su lado y la atrajo a sus brazos.
-Por favor, no llores, mi amor. He hecho esto para hacerte feliz, no para disgustarte.
-No estoy disgustada.
-Pues desde luego lo parece -respondió Pedro inclinándose de modo que ambos quedaran a la misma altura.
-¿Pero es que no comprendes nada? -preguntó ella envolviéndolo con los brazos por la cintura y presionando los labios contra su pecho-. Esta es la cara que pongo cuando soy feliz.
Pedro sonrió al escuchar aquello, y la tensión se desvaneció lentamente.
-Entonces es que tienes miedo -Pedro la besó. La besó con una pasión que ella no pudo malinterpretar, con una pasión que hablaba de amor y de eternidad y de permanencia y de compromiso. Aquellas eran palabras prohibidas, pero de pronto se hacían necesarias-. Feliz Navidad, esposa mía.
Paula tardó unos minutos en recuperarse.
-No entiendo nada. Has puesto un árbol y lo has decorado.
-Exacto.
-Debes de haber estado trabajando toda la noche.
-Más o menos.
-Pero... ¿por qué?
-Porque estaba equivocado. Completamente equivocado. Santa y tú os merecéis una Navidad perfecta.
-Si hasta tienes regalos.
Paula creía estar soñando, tenía que estar soñando. Pero todo parecía real, hermoso e increíblemente real.
-No son gran cosa -respondió Pedro con un brillo en los ojos que alertó instantáneamente a Paula.
-¿Qué es?
-Cariño, si te lo digo ya no será una sorpresa.
Antes de que Paula pudiera hacer más preguntas ambos escucharon pisadas en el corredor. Segundos más tarde Sarita entró en la habitación. Contempló el árbol y los regalos y gritó entusiasmada lanzándose en brazos de su padre. Pedro cerró los ojos y la estrechó con fuerza. Resultaba casi doloroso ver la expresión de su rostro. Entonces la balanceó por los aires y rió.
-Feliz Navidad, princesa.

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Mañana el final! 

Capitulo 30 -Recuperarte-

PEDRO HIZO una pausa delante de la puerta del salón, atónito al encontrar a su capataz sentado con doña Isabella. Aquello era algo que no esperaba ver. Ninguno de los dos lo vio, de modo que se echó para atrás el Stetson y escuchó.
-Bien, Izzy -dijo Penny-. No quiero que te enfades cuando te descubra mis cartas.
-No me enfadaré.
-Pero ayer vi que no llevabas bien eso de perder.
-Continúa con el juego, señor Penworthy. ¿No fue así como te llamé?
-Así me llamaste, sí. Pero Izzy, no vuelvas a hacerlo. Si se llega a saber por ahí que ése es mi nombre seré el hazmerreír de todos.
-Como tú desees, señor Penny.
-Eso está mejor -contestó él extendiendo las cartas sobre la mesa-. Mira y llora, preciosa. Full de ases y reyes.
-Impresionante -comentó la mujer parándole la mano al capataz, que la alargaba hacia el centro de la mesa para recoger las ganancias de las apuestas-, pero no corras tanto.
-No puedes vencer a mi full. ¡Has pedido cuatro cartas!
-Sí, pero han sido cuatro excelentes cartas -señaló la mujer enseñando cuatro reinas y sonriendo-. Gano yo.
Pedro sacudió la cabeza incrédulo. Nunca hubiera creído que aquellos dos pudieran llevarse bien. Le producía una extraña sensación. Tan extraña como la que había sentido minutos antes, al entrar en la cocina. Su hija estaba sentada sobre el regazo de Mojo, aplastando bolas de masa de galleta en una bandeja metálica. Al pasar él lo había saludado con la mano, con los dedos sucios de chocolate, y había soltado una retahíla de palabras en una mezcla de inglés y español. El cocinero no había dejado de sonreír.
Era la misma *beep* expresión que Mojo mantenía desde que la niña había entrado en la cocina por primera vez. Sarita había entrado corriendo, y nadie había sido capaz de detenerla. Mojo, al verla, se había quedado helado. La niña se había detenido al verlo, pero en lugar de marcharse asustada lo había observado con abierta curiosidad. Y después había trepado hasta su regazo, en donde se había quedado. Desde ese momento se habían convertido en grandes amigos.
¿Por qué, entonces, se sentía incómodo? Debería de estar encantado. Había conseguido unir todas las piezas necesarias para llevar la vida que siempre había deseado, y Paula había sido quien había ordenado esas piezas. El resultado era un hogar más perfecto de lo que jamás hubiera soñado. ¿Qué diablos lo inquietaba entonces?
Pedro deambuló por el despacho y permaneció de pie mirando por la ventana. Sabía qué era lo que iba mal. Paula y el maldito árbol de Navidad. Paula y la odiosa infancia a la que apenas había sobrevivido. Paula y su infinita búsqueda del amor. Pedro sospechaba que lo que más le dolía era el hecho de que él la hubiera decepcionado. Decepcionado, en primer lugar, por no haber sabido encontrarla durante nueve años. Y, en segundo lugar y más importante aún, decepcionado porque ya no la amaba de aquel modo desesperado que ella tanto anhelaba.
Y por eso iba a abandonarlo.
Por fin había creado un hogar para él, pero se marchaba. Solo se le ocurría una cosa para retenerla: demostrarle que había hecho todo cuanto estaba en su mano para encontrarla. Podía tratar de demostrarle, una vez, que la había amado.
La siguiente decisión apenas le costó trabajo. Abrió el cajón del escritorio, buscó la tarjeta de negocios que había guardado en él un mes antes y la miró. Nunca hubiera pensado que iba a utilizarla. Marcó el número de teléfono y al otro lado contestaron.

-Chaves.
-Me dijiste que te llamara si necesitaba tu ayuda.
-¿Alfono? ¿Eres tú?
-El mismo, hermanito. He decidido aceptar tu oferta -añadió Pedro soltando el aire contenido al tiempo que se deshacía de su orgullo-. Necesito tu ayuda.
San Francisco estaba frío y gris. De pie, a las puertas del museo, Pedro maldecía a Rafe en silencio por haberlo obligado a encontrarse allí.
-Alfonso, me alegro de ver que has podido venir.
Pedro se volvió y saludó a su cuñado estrechando su mano.
-Me parece recordar que no me diste ninguna otra alternativa.
-No, hay cosas que quiero contarte y que prefiero que no oiga Paula.
-¿Y por eso me has hecho venir hasta San Francisco?
-Bueno -sonrió Rafe-, puede que tuviera otra razón. Ven conmigo. Ya que estamos aquí podemos echar un vistazo al museo.
Pedro luchó por controlarse. Rafe tenía una lamentable forma de encargarse de todo. Bueno, le dejaría hacerlo a su modo por esa vez. No quería mostrarse antipático, pero tampoco estaba dispuesto a olvidar su viejo antagonismo. Tras deambular por las salas del museo durante quince minutos Rafe se detuvo junto a un enorme mosaico. Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y le dio un paquete de cartas mirándolo a la cara y preguntando:
-¿Quieres decirme por qué quieres darle esto a Paula? ¿Es que quieres que nos enfrentemos?
-¡Demonios, no! ¿Qué clase de hombre crees que soy?
-Mis disculpas, pero si lo que quieres no es separarnos a ella y a mí, entonces ¿por qué, después de todos estos años?
-Porque ella necesita saber que yo la busqué, que no conseguí dar con ella.
-¡Ah, comprendo! Eso quiere decir que te ha contado lo de su tía.
-Me lo ha contado -asintió Pedro.
-¿Y te ha contado también lo del accidente? ¿Te ha contado que iba de camino al Baile de Aniversario, a buscarte, cuando chocó?
-Sí, sé lo del accidente y lo de las cicatrices.
-¿Y te ha dicho también que compró una entrada para el siguiente Baile de Cenicienta, el que se celebró hace cuatro años?
Pedro ni siquiera trató de ocultar su asombro.
-¡Pero si yo fui a ese baile! ¡Ella no acudió!
-Eso fue porque yo le quité la entrada. Mi mujer y yo nos casamos esa noche.
-Así que volviste a arrebatármela.
-Hice mal, lo sé -se disculpó Rafe con ojos llenos de arrepentimiento-. Pero piénsalo así: si las cosas hubieran sido de otro modo ahora no tendrías a Sarita.
-Esa es la única razón por la que no te parto la cara ahora mismo.
-Entonces quizá no sea demasiado tarde para que trates de recuperar el amor que una vez compartiste con mi hermana.
-Es demasiado tarde -afirmó Pedro con frialdad-. Demasiado.
-¿Y estás seguro de que no es tu orgullo el que habla?
-¡Yo no tengo orgullo cuando se trata de Paula! De otro modo no estaría aquí, manteniendo esta conversación. Ni le daría estas cartas.
-No, amigo mío -sacudió la cabeza Rafe-. Hay algo más, algo que no me has contado. ¿De qué se trata?
-Quieres tu parte, ¿no es eso? -inquirió Pedro entre dientes-. Bien, lo has adivinado. Necesito lo que tienes en la mano, Chaves. Si no se lo doy Paula me abandonará.
Rafe, para su sorpresa, se echó a reír. Aquello bastó. Fuera o no su cuñado iba a noquearlo. Pero antes de que pudiera apretar el puño Rafe inclinó la cabeza hacia el mosaico.
-Mira, le llevó ocho años terminar esto.
Pedro echó un vistazo al mosaico para observarlo después detalladamente, atónito. Era él. Dio un paso atrás para apreciarlo por entero y observó que estaba subiendo por un enrejado, mitad en la sombra mitad iluminado, tal y como había hecho nada más conocer a Paula. Y tenía una mano tendida hacia una mujer. En el fondo un arco iris resaltaba en la oscuridad. Era la obra de arte más bonita que hubiera visto jamás, y llevaba por título «La llegada de un Amor Eterno». Aquel nombre lo impactó. El artista que lo había hecho era Paula Chaves.
Paula Chaves Alfonso, su mujer.
-Sí, mi pobre hermana. Ni siquiera eres consciente de que aún la amas, ¿verdad? -preguntó Rafe tendiéndole las cartas-. Si le haces daño, Alfonso, me las pagarás.
Pedro tomó el paquete sin decir palabra, sin notar apenas que Rafe se marchaba. «Ni siquiera eres consciente de que aún la amas, ¿verdad?», había preguntado. Pedro sacudió la cabeza. No. No era posible. El no había sentido amor desde... Cerró los ojos y tragó convulsivamente. No había sentido amor desde que la había abrazado por última vez. Abrió los ojos y se quedó mirando el mosaico desesperado. Había sido en sus brazos, también, donde había conocido el amor por primera vez. Solo que había tenido demasiado miedo como para admitirlo.

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Lean el siguiente!

sábado, 3 de enero de 2015

Capitulo 29 -Recuperarte-

-Sí.
-Así que ella... -Pedro cerró los ojos-. Apenas puedo ni siquiera decirlo... ¿Así que ella va a quedarse?
-Sí.
-¿Por qué?
Por fin le hacía una pregunta que ella podía contestar.
-Porque Sarita la necesita.
-Sarita nos tendrá a nosotros.
-No es lo mismo, Pedro. Créeme, lo sé -antes de que él pudiera hacerle más preguntas ella continuó-. Doña Isabella es la única persona a la que tu hija conoce desde la cuna, la única familia que le queda por parte de su madre. Al menos la única dispuesta a aceptarla. Ella no me ha dicho nada, pero sospecho que la razón por la que no quiere llevársela a México es por temor al recibimiento que le pueda hacer el resto de la familia.
Pedro juró en silencio. Odiaba que Paula tuviera razón.
-No había pensado en eso -admitió Pedro, añadiendo cabezota-. Pero eso no significa que Isabella no pueda marcharse.
-¿Tienes idea de lo que significa que te separen de la única persona a la que conoces cuando tienes solo tres años?
El tono de voz de Paula había sonado extraño, tenía algo que captaba la atención de Pedro como ninguna otra cosa lo hubiera hecho antes.
-Por supuesto que no -hizo una pausa deliberada-. ¿Y tú?
Paula se humedeció los labios, incapaz de contener los nervios.
-Sí -después se apresuró a decir-: Te lo garantizo, por mucho que esté con personas que la quieran no es lo mismo que estar con la persona que te ha visto crecer.
-Todo esto tiene algo que ver con tu tía, ¿verdad? Con esa de la que te tuvo que rescatar Rafe.
-Nunca hablo sobre esos tiempos -asintió Paula-. Ni siquiera con mi hermano. Pero Sarita... -cerró los ojos-. Lo haré por el bien de Sarita.
-No, cariño...
-Rafe y yo teníamos madres diferentes. ¿Sabías eso?
-No hace falta que digas una palabra más -volvió él a decir.
Pero Paula no lo escuchó. Su atención estaba vuelta hacia su interior. Hasta su cuerpo parecía replegado en su interior, hecho un ovillo. Entonces Pedro pensó algo terrible. ¿No sería aquella la posición en la que se replegaba para protegerse de los golpes del exterior?
-Nuestro padre y mi madre murieron en un accidente de barco cuando yo tenía tres años. Rafe acababa de cumplir dieciséis. A pesar de ser tan joven él trató de que siguiéramos juntos. Trabajaba en los campos de café, llevaba la hacienda, me cuidaba. Hacía todo lo posible para que la familia siguiera intacta.
-No tenía ni idea -observó Pedro amable, sentándose cerca de ella y atrayéndola hacia sí para darle un masaje en los tensos músculos.
-Rafe lo perdió todo, Pedro. Nuestra casa, nuestro dinero. Al final estaba desesperado. Ni siquiera podía darme de comer.
-¿Y qué hizo?
-Justo antes de Navidad utilizó el último penique para llamar a la hermana de mi madre, Jackie, y preguntarle si podía hacerse cargo de mí. Jackie nunca había aprobado la boda de mi madre, pero cumplió con su deber. Voló a Costa Rica a recogerme y me llevó a Florida.
-¿Y qué fue de Rafe?
-Lo abandonó -contestó Paula torciendo la boca-. No era responsabilidad suya. En lo que a ella se refería Rafe no era más que un chico de Costa Rica, relacionado con ella a través de un matrimonio equivocado. Durante años ni siquiera pronunció su nombre. Solo eso...
-¿Ella lo abandonó? -preguntó Pedro, a quien le costaba identificar al Rafe adulto. que conocía con aquel chico del que Paula hablaba.
-Desearía que me hubiera abandonado a mí también, aunque hubiera tenido que vivir en las calles -suspiró Paula-. Hubiera sido mejor.
-¿Pero qué diablos te hizo?
-Nada, abiertamente. Nada que pudiera utilizar un tribunal para apartarme de ella. Pero pagué el precio de
los pecados de mi madre. Lo primero que hizo cuando llegamos a Florida fue quemar todas mis posesiones, incluyendo la muñeca que Rafe me había regalado por Navidad. Me preguntaste por qué era tan importante el árbol... yo nunca tuve ninguno. En su casa yo era una verdadera Cenicienta. ¿No es una ironía? Jackie hacía el papel de madrastra.
Otras duras historias siguieron a aquella, historias que Pedro supo, con total certeza, que ella nunca había contado a nadie, ni siquiera a Rafe. Historias que le hicieron abrazarla convulsivamente, sintiéndose impotente para protegerla.
-¿Y qué hay de tu hermano? El te encontró, ¿no es así?
-Sí, me encontró.
Pero no la había encontrado a tiempo. En absoluto, comprendió Pedro. -¿Cuántos años tenías tú? -Trece.
Diez años. Toda una eternidad. Casi tanto como lo que le había costado a él encontrar a Paula.
-¿Entonces Jackie simplemente te dejó marchar?
-Oh, no -respondió Paula mirándolo a los ojos por fin, con una expresión herida-. Me vendió.
Una ola de ira embargó a Pedro con más fuerza aún que la anterior. Un nudo agarrotaba su garganta forzándolo a ofrecer un consuelo para una herida que no podía curar. Pedro sostuvo a Paula en sus brazos y murmuró palabras de consuelo.
-No me comprendes, Pedro. No te estoy contando esto por mí.
-Shh. Todo irá bien.
-No, no irá bien -contestó Paula apartándose y capturando su rostro con las manos-. Sé que ya no puedes amarme, pero eso no significa que no puedas amar a Sarita. Ella no es más que una niña inocente. No le hagas pasar por lo que pasé yo. Necesita a Isabella tanto como yo a Rafe. Pero a ti te necesita aún más. Por favor, Pedro, haz esto por mí y nunca más volveré a pedirte nada.
-No, Paula.
-Te lo estoy rogando. Te prometo que no voy a causarte ningún problema más.
-Sarita no tiene nada de qué preocuparse -contestó Pedro, incapaz de soportarlo más.
Paula soltó el aire contenido con un suspiro de alivio, y Pedro cerró los ojos luchando contra un miedo casi atenazador. «Te prometo que no voy a causarte ningún problema más», había dicho. Aquella era una despedida.
Tenía que jurar, airear su frustración soltando una palabra malsonante. Buscó una, pero no le salió nada. La confusión enmudecía su mente, en donde solo resonaba una advertencia con la claridad de los cascabeles sacudidos por el viento:
Paula iba a abandonarlo.

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Continuara! 
Aca les dejo tres caps! Espero que les guste!

Capitulo 28 -Recuperarte-

-Todo eso ya pasó -dijo él con una inconfundible finalidad.
De nuevo Pedro volvió a encontrar las cicatrices con sus labios, pero en lugar de llenarla de tembloroso placer aquello la excitó insoportablemente. La mano de Pedro rozó accidentalmente su pecho. ¿O fue de un modo deliberado? Sus dedos callosos acariciaron la suavidad de su vientre, en donde no había heridas. Paula comenzó a sentir un revoloteo profundo, centrado en lo más hondo de su húmeda feminidad. Con cada caricia aquella emoción se intensificaba, provocándole un pálpito entre las piernas y excitando sus pechos hasta que los pezones estuvieron dolorosamente tensos.
-¡Por favor! -jadeó ella, incapaz de soportarlo un minuto más.
-Tengo intención de complacerte, amor mío, tengo intención de complacerte de todos los modos posibles, más otros que ya se me ocurrirán.
Pedro abrazó sus pechos prestándoles toda su atención. La respiración de Paula se aceleró al tiempo que su cuerpo se tensaba de necesidad. Pedro se recostó pesadamente sobre ella, deslizando las manos por sus muslos y abriéndoselos. Y encontró su centro húmedo y cálido, se hundió en él, se regodeó en él. Y cuando ambos estuvieron locos de deseo él la llenó, cabalgando con ella hasta un éxtasis que los hizo uno. Una mente. Un corazón. Un alma. Juntos en perfecta unión.
No fue hasta mucho, mucho más tarde, cuando llegan las horas oscuras de la noche con sus pesadillas y su incertidumbre, cuando Pedro se despertó y comprendió la verdad. Paula planeaba abandonarlo, y él no podía hacer nada al respecto.
-¿Que has hecho qué?
Paula se levantó y tiró de las sábanas mirando a Pedro.
-Sabía que ibas a ponerte así cuando te lo dijera, por eso es por lo que no te lo he dicho antes.
-Escúchame, esposa, y escúchame bien. Nunca consentiré en que ese viejo murciélago viva bajo mi techo, antes se helará el infierno. ¿Tienes idea de los meses de tortura que me ha hecho pasar?
-Ella solo trata de proteger a Sarita.
-Tonterías, lo que quiere es volverme loco.
-Sarita la necesita. Además ya es demasiado tarde para decirle que no -objetó Paula-. Le contesté que sí.
-Encuentra el modo.
-¿Y cómo se supone que voy a hacer eso?
-Miente. Dile la verdad. Explícale que no tenemos habitación. Francamente, me da igual, pero asegúrate de que su Majestad y su bastón toman el autobús de vuelta a México.
-Solo que ese plan tiene un pequeño fallo.
-¿Y cuál es? -inquirió Pedro amenazador, con la mandíbula levantada.
-No puedo decirle que no tenemos habitación para ella porque... porque ya la ha visto.
-¿Qué quieres decir con eso de que ya la ha visto? ¿Qué es lo que ha visto?
-Quiero decir que... -la voz de Paula se desvaneció-... arreglé uno de los dormitorios para ella y la dejé verlo.
-¿Que hiciste qué?
Paula se negó a cargar con toda la culpa en aquel asunto.
-Si te hubieras molestado en echarle un vistazo a los arreglos que he estado haciendo lo habrías visto tú también, yo no pretendía ocultarte nada.
-¿Estás tratando de decirme que habías planeado esto desde el principio? -preguntó Pedro saliendo a toda prisa de la cama.
-No estoy tratando de decirte nada, te lo estoy diciendo.
¿Por qué cada vez que conseguía que Pedro se desnudara tenía que abandonar enfadado la cama? Paula se quedó pensativa con una mano sobre la barbilla. Debía de estar haciendo algo mal. Quizá, si no usaran la cama la próxima vez... El pecho de Pedro la distraía, se elevaba y bajaba de un modo tremendamente provocativo. Sin duda lo hacía deliberadamente.
-Deja que trate de comprenderlo -continuó él-. ¿Rehabilitaste uno de los dormitorios solo para doña Isabella?

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Capitulo 27 -Recuperarte-

-Te busqué -afirmó escueto.
-Pero Rafe hizo imposible que me encontraras, ¿no es así?
-¿Tenemos que hablar de esto ahora? -preguntó él sacudiendo una mano en el aire. No sentía deseos de reabrir viejas heridas, de descubrir si lo había superado.
Ciertos asuntos era mejor olvidarlos-. Te busqué, pero no te encontré. Fin de la discusión.
-¿Durante cuánto tiempo estuviste buscándome? -Paula...
-¿Un día?
-Déjalo ya, cariño -respondió Pedro sintiendo que la ira se apoderaba de él.
-¿Un mes?
-Sí, maldita sea. Un mes.
-¿Un año? ¿Estuviste buscándome durante todo un año?
Cada nueva pregunta se adentraba más en la profundidad, en un lugar oscuro que ni él mismo se atrevía a tocar.
-No sabes nada, Paula -afirmó por fin en voz baja, ronca, al límite. Paula iba a dejarlo. Tenía que conseguir hacerla callar antes de que dijera o hiciera algo que luego pudiera lamentar, antes de ahuyentarla-. Sé inteligente, Paula. Basta ya.
-¿Más de un año? ¿O doce meses te pareció bastante?
-¿Es que no me has oído? ¡Basta!
Los oscuros ojos de Dulce brillaron con una contradictoria mezcla de suavidad aterciopelada y amargo reproche, como si todas sus emociones estuvieran en guerra contra su razón.
-Te rendiste, ¿verdad?
Por un instante Pedro no se movió. Un zumbido terrible le llenaba la cabeza como preludio de una ira tan profunda, antigua e incansable que todo lo demás carecía de importancia. De pronto Pedro explotó, se levantó de la cama y los cascabeles de la máscara resonaron frenéticos. Todo pensamiento racional se desvaneció, y la fina capa de civilización que todo lo cubría desapareció para dar paso al salvaje animal que llevaba dentro. Pedro dio un grito gutural y arrojó la bandeja fuera de la cama, contra la pared.

Por un segundo él vio su reflejo en el espejo y vaciló. Porque lo que veía en él era a un hombre reducido a su estado más primitivo. Tenía las mejillas coloradas, los ojos brillantes y encendidos con un fuego mortal. Hasta la atmósfera de la habitación había cambiado como si se quemara en ella el incienso de la ira, la necesidad de atacar. Pedro respiró hondo, tratando de recuperar el control y temblando por el esfuerzo.
-¡Te busqué, maldita seas! -gritó con palabras que salían de lo más profundo de su ser-. Él sobornó a mis investigadores privados. Te mandé cartas, pero tú nunca contestaste. ¿Dónde estabas, Paula? ¿Por qué no viniste a mí?
-Vine a ti -respondió ella acercándose adorable, estúpidamente femenina, restándole importancia a su ira con dulces y suaves manos-. Al menos lo intenté.
La frialdad volvió a Pedro, quien le dio la bienvenida contento, aferrándose a ella como a un escudo y negándose a reconocer sus sentimientos.
-¿Qué te detuvo, Paula? -preguntó él volviéndose hacia Paula como un animal herido, tratando de producirle el mayor daño posible antes de retirarse a agonizar él mismo-. ¿Qué excusa puedes tener?
-Yo... -la tristeza ensombrecía su expresión-... tuve un accidente.
En ese momento Pedro descubrió que tenía corazón y que aquella mujer sabía manejarlo.
-Un accidente -repitió.
Un accidente. El accidente. Pedro sacudió la cabeza. No. Eso no. No podía referirse al accidente que había dejado tantas cicatrices sobre su dulce, precioso cuerpo. No mientras acudía a él. No podía tratarse del accidente que le había contado a Mojo mientras lo miraba de reojo, como si esperara en parte que él la reChrisara por culpa de las cicatrices.
-¿Eso te lo hice yo? -susurró-. Tus cicatrices, ¿fueron por culpa mía?
-¡No! -exclamó ella abrazándolo, envolviéndolo en su calor-. No fue culpa de nadie. Hubo una tormenta terrible y una piedra se desprendió. Perdí el control del vehículo.
-Rafe. Estaba tratando de detenerte, ¿verdad?
-No me perseguía, si es a eso a lo que te refieres. Acababa de descubrir a dónde iba y planeaba interceptarme en el aeropuerto. Tuve suerte, Pedro. Si él no hubiera bajado por la montaña cuando...
-¡No!
Paula se interrumpió y se apartó ligeramente.
-¡Pero si estás temblando!
-Desde luego que estoy temblando -de un solo y rápido movimiento Pedro le quitó la camisa por encima de la cabeza y la arrojó a un lado-. Y dentro de un minuto tú también estarás temblando.
El sujetador fue la pieza que siguió. Por mucho que quisiera llenarse las manos con la suavidad de su piel tenía cosas más importantes que hacer, como dejarla desnuda, encima de la cama, donde pudiera regocijarse en ella a su antojo. Le desabrochó los pantalones, metió los dedos por dentro de la cinturilla y arrastró con ellos toda la ropa.
En menos de treinta segundos la tenía tal y como deseaba, tal y como la había imaginado y fantaseado desde aquel primer apasionado encuentro antes de su boda. Y tenía que reconocer que aquel desesperado recuerdo lo había perseguido durante nueve largos años. Pedro la tomó en sus brazos y la llevó a la cama. La dejó encima, y su cuerpo apenas hundió el colchón. Paula lo miraba sin el menor asomo de timidez, y Pedro comprendió que le gustaba aquella mirada directa. Estaba aliviado de ver que sus cicatrices no le habían robado la franqueza ni la habían llenado de vergüenza.
Las ropas de Pedro cayeron al suelo y entonces se unió a ella en la cama. La lámpara de keroseno llenaba de sombras la habitación, pero él sabía qué era lo que debía de buscar, encontró las cicatrices con facilidad. Antes de que acabara aquella noche besaría cada una de ellas por entero. Eran el testimonio de su historia con Paula, de todas las cosas por las que habían tenido que pasar para poder estar juntos. Eran como un mapa de oro que les llevaba a aquel preciso momento en el tiempo.
-Pedr... -la voz de Paula le llegaba a través de la puesta de sol, llenándolo de deseo.
Deseaba desesperadamente amarla como ella se merecía. Deseaba que su interior, muerto, pudiera renacer a la vida, que el corazón que acababa de descubrir fuera capaz de bombear algo más que fría sangre por sus venas.
-Estoy aquí, cariño. Estás a salvo. Nada podrá hacerte daño, te lo prometo.
Excepto él, recordó.
La mirada de Paula siguió los contornos de luces y sombras que se dibujaban en la impresionante amplitud de los hombros de su marido. No podía verlo por entero. La oscuridad se cernía sobre su intimidad, escondiéndoselo de cintura para abajo. Pero la luz de la lámpara le daba de lleno en el rostro, tornando sus ojos de un impresionante color azul. Y también resaltaba los angulosos huesos de su mandíbula y las arrugas del sol que hablaban de un hombre que había recorrido un largo y duro camino.
Pedro le devolvió la mirada y la sostuvo. Y luego la tomó de las muñecas y se las levantó por encima de la cabeza sujetándola mientras la examinaba de cerca. Sin decir una palabra mas  se hundió en ella, encontrando la línea de la cicatriz que iba desde la muñeca hasta la cara interior del antebrazo. Paula tembló al primer contacto de su boca, se estremeció impotente bajo cada uno de los lametones de su lengua. Centímetro a centímetro, tortuosamente, Pedro siguió el sendero de la cicatriz hasta que llegó al final. Pero aquel no era el fin.
La hizo rodar por la cama y la volvió hacia un lado, con los brazos sobre la cabeza permitiendo que la luz alumbrara las heridas, heridas que solo habían visto los, médicos. Y entonces las besó una a una, posando miles de tiernos besos sobre ellas.
-¿Cuánto tiempo tienen? -preguntó él.
-Son antiguas.
-¿Cuánto? ¿Cinco años?
-Sí.
-¿Seis?
-¡Sí!
-¿O tienen ocho años? -Pedro le soltó las muñecas y la agarró de la cabeza, forzándola a encontrarse con su mirada de fuego-. ¿Y qué te parecen ocho años y un mes? ¿Crees que pueden ser así de antiguas? Ibas de camino al Baile de Aniversario de los Montagues, ¿no es eso? Ibas a tratar de encontrarme y a volver a comenzar nuestra vida otra vez.
Las lágrimas estaban a punto de resbalar por sus mejillas, lágrimas de arrepentimiento y de anhelo, lágrimas de pena por un descuidado movimiento de volante en una carretera de montaña.
-Sí -lloró Paula-. Lo siento, Pedro, lo siento tanto. Traté de volver a ti, lo hice.
Pedro la hizo callar con un beso tan apasionado que las lágrimas corrieron por fin incontroladas sobre su rostro.

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