Paula abrió la puerta de la habitación que había preparado para Sarita y esperó a que la niña se entretuviera explorándola antes de volverse hacia la señora y decir:
-Voy a hacerte una promesa, Isabella. Nunca te mentiré. Y nunca fingiré sentir algo que no siento. Y además trataré a esta niña como si hubiera sido yo quien la trajo al mundo. Ella nunca dudará de que la quieren y de que es una hija deseada. Y nunca, nunca en la vida, pensará que es una carga -afirmó con tranquilidad y convicción.
-¿Una carga? -repitió doña Isabella frunciendo el ceño-. ¡Qué extraña sugerencia! Explícame de dónde te la has sacado.
Pula no deseaba responder, pero era importante ganarse la confianza de aquella mujer. Reacia, abrió en parte su alma a unos ojos a los que mejor hubiera mantenido alejados.
-Yo perdí a mis padres cuando tenía tres años. Mi tía me crió.
-¿Y no tuviste una buena relación con ella? -preguntó doña Isabella delicadamente.
-Mi hermano, Rafe, me rescató de ella a los trece años -respondió al fin Paula.
-Comprendo. ¿Y vas a ocuparte de que mi Sarita no comparta contigo ese destino?
-Tienes mi palabra.
Durante unos largos instantes unos ojos negros y duros sostuvieron su mirada, escrutando su corazón. Después la anciana inclinó la cabeza.
-Te creo -luego volvió la cabeza a la habitación y suspiró llena de contento-. Esto es encantador.
La habitación estaba terminada, y la niña la miraba embelesada. Sin embargo lo que más llamaba su atención era la caja con la muñeca sobre el banco de la ventana. Santa no se atrevía a tocarla, pero estaba agachada a su lado.
-Tu padre te compró esta muñeca. ¿Quieres abrir la caja?
Santa asintió nerviosa, recogió la caja y la abrió. El paquete era demasiado grande, así que Paula la ayudó. Y desde ese momento Santa no volvió a soltar la muñeca, que se convirtió en objeto de sus abrazos y susurros. Paula señaló una puerta, al fondo de la habitación, que daba al baño.
-Por ahí puedes pasar al baño, que da también al dormitorio de al lado -explicó dirigiéndose a la bisabuela antes de señalarle el armario a Sarita-. Si abres el armario encontrarás un túnel secreto. ¿Por qué no entras? Nosotras te veremos al final del túnel.
-Quieres que vayamos por el baño, ¿no es eso? -preguntó la señora.
Paula asintió y ambas entraron en el dormitorio adyacente. Doña Isabella se quedó perpleja mirando a su alrededor. El dormitorio era grande y luminoso, y daba al Sur. La cama y el vestidor apenas ocupaban espacio en él. En una pared había un sofá, y al otro lado una zona de juego con sillas, mesa, y todo tipo de entretenimientos. Paula miró nerviosa, de reojo, a doña Isabella.
-La habitación tiene teléfono y televisión, y como es más grande que la de Santa pensé que estaría bien poner una pequeña cocina en un rincón, por si no te gusta lo que cocina Mojo. Aunque, por favor, ten cuidado con él. No te asustes por su cara, es muy sensible -luego señaló una pared vacía y continuó con su cháchara-. Quizá esta primavera pueda convencer a Pedro para que haga una puerta aquí para salir a un pequeño patio. Le molestan los agujeros en las paredes, pero tranquila. También podemos añadir un baño privado si prefieres no tener que compartirlo. Bueno, hay una tercera habitación libre que tiene baño propio, pero está lejos de la de Sarita, pegada a la habitación de Pedro y mía. Por eso pensé que... que esta habitación sería mejor para ti.
-¿Has arreglado esta habitación para mí? -pregunto doña Isabella.
-Comprendo que tendrás parientes que querrán que vivas con ellos en México, pero también sé lo que es perder a la persona a la que más se quiere en el mundo. A Santa le harías muy feliz si te quedaras. Pero si tienes que marcharte lo comprendo, esta habitación siempre estará vacía para cuando vengas de visita.
Santa sacó la cabeza por el armario.
-¡Abuelita, he pasado por el túnel!
-¿Qué es eso del túnel? -preguntó doña Isabella.
-¡Ah, eso! Pues... es que los armarios estaban juntos, espalda contra espalda, y se me ocurrió conectarlos para que Santa pudiera visitarte siempre que quisiera.
Los ojos de la anciana se llenaron de lágrimas.
-¿De verdad has hecho todo esto por mí? ¿De verdad quieres que me quede?
-Sí, por favor -contestó Paula sin vacilar-. La familia es importante, y tú eres todo lo que le queda a Sarita de su madre.
-Alfonso no estará de acuerdo.
-Ah, bueno, le diremos que es temporal hasta que se vaya acostumbrando.
-Pero eso puede llevarle mucho tiempo.
-Accederá. Él finge que no tiene corazón, pero su corazón sigue ahí, en alguna parte. Cavaremos hasta que lo encontremos. ¿Qué me dices? ¿Quieres ayudarme?
Una única lágrima resbaló por la mejilla de doña Isabella. El orgullo le impedía explayarse por completo.
-Puede que sí, aunque solo sea por lo divertido que será verlo.
-¿Te importaría que le diera yo la noticia? -Sí, díselo tú, lo prefiero -medió rió la señora. -Entonces seré yo quien se enfrente a él.
Doña Isabella rozó su mejilla y preguntó, en un murmullo, en español:
-¿Estás segura de que quieres hacer esto, niña?
-Muy segura -contestó ella en la misma lengua, preguntándose cómo sabía la anciana que ella sabía hablar en español. Quizá Rafe no fuera el único que había contratado los servicios de un investigador privado-. Soy la encargada de crear un hogar, y no lo estaría haciendo si eso no te incluyera a ti. Por favor, quédate con nosotros. Pedro no se da cuenta... todavía, pero te necesitamos.
-Llévame a la puerta, por favor -rogó la señora tomándola del brazo y haciéndole una señal a la niña para que las siguiera obediente con la muñeca-. Puedes decirle al señor Alfonso que he accedido a entregarle la custodia de su hija. Quizá eso lo calme cuando se entere. Y dile también que me quedaré con vosotros, de visita, hasta que esté satisfecha del recibimiento que le habéis dado a mi bisnieta.
-Una visita indefinida.
-Sí -sonrió Isabella- Decididamente indefinida.
De camino a la puerta encontraron a Jumbo en el pasillo, rellenando los agujeros del suelo con las piezas de mosaico que Paula había encargado traer de Costa Rica. Eran doce losetas que representaban, cada una, los doce meses del año. Isabella se quedó atónita.
-¿De dónde has sacado eso? -preguntó en español.
-Las hice yo.
-¿Eres artista?
-En mis ratos libres.
-¿Y cuál era tu nombre antes de que te casaras?
-Paula Chaves.
-He visto tu trabajo, Paula Chaves. He visto una pieza tuya recientemente, un mosaico... -frunció el ceño y dio un golpe en el suelo con el bastón-. ¡Por supuesto! De camino al museo de San Francisco. Fue asombroso. Era un hombre que estaba a medias en la sombra.
-Sí, me costó mucho trabajo hacerlo. Para ser sinceros, pensé que nunca lo terminaría. Pero tengo que admitir que es mi pieza favorita.
-¿Y lo sabe tu marido?
-No, y preferiría que siguiera sin saberlo, si no te importa -sacudió Paula la cabeza.
-Recuerdo que pensé que el hombre del mosaico me recordaba a alguien, ahora comprendo a quién. El parecido con Alfonso es impresionante.
-Gracias.
-He sido una tonta al no darme cuenta -añadió doña Isabella-. Y has dicho que ese trabajo te llevó bastante tiempo. ¿Cuánto, exactamente?
-Trabajé en él esporádicamente durante un período de ocho años. Hubo momentos en que lo abandoné, pero mi cuñada me alentó para que terminara lo que había empezado.
-Pero entonces... conocías a Alfonso hace mucho tiempo, antes incluso que mi Magdalena.
-Estuvimos casados durante un breve período de tiempo -confesó Paula preguntándose cómo aceptaría la noticia-. Mi hermano pensó que yo era demasiado joven y anuló el matrimonio.
-Eso explica muchas de las cosas que no lograba entender.
-¿Y cambia tu idea de venir a vivir con nosotros?
-No, querida -respondió inclinándose para abrazarla-. Solo me demuestra que he tomado la decisión correcta. Pero deberías de contárselo a tu marido para dejarle que juzgara por su cuenta.
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Lean el siguiente!
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