sábado, 3 de enero de 2015

Capitulo 27 -Recuperarte-

-Te busqué -afirmó escueto.
-Pero Rafe hizo imposible que me encontraras, ¿no es así?
-¿Tenemos que hablar de esto ahora? -preguntó él sacudiendo una mano en el aire. No sentía deseos de reabrir viejas heridas, de descubrir si lo había superado.
Ciertos asuntos era mejor olvidarlos-. Te busqué, pero no te encontré. Fin de la discusión.
-¿Durante cuánto tiempo estuviste buscándome? -Paula...
-¿Un día?
-Déjalo ya, cariño -respondió Pedro sintiendo que la ira se apoderaba de él.
-¿Un mes?
-Sí, maldita sea. Un mes.
-¿Un año? ¿Estuviste buscándome durante todo un año?
Cada nueva pregunta se adentraba más en la profundidad, en un lugar oscuro que ni él mismo se atrevía a tocar.
-No sabes nada, Paula -afirmó por fin en voz baja, ronca, al límite. Paula iba a dejarlo. Tenía que conseguir hacerla callar antes de que dijera o hiciera algo que luego pudiera lamentar, antes de ahuyentarla-. Sé inteligente, Paula. Basta ya.
-¿Más de un año? ¿O doce meses te pareció bastante?
-¿Es que no me has oído? ¡Basta!
Los oscuros ojos de Dulce brillaron con una contradictoria mezcla de suavidad aterciopelada y amargo reproche, como si todas sus emociones estuvieran en guerra contra su razón.
-Te rendiste, ¿verdad?
Por un instante Pedro no se movió. Un zumbido terrible le llenaba la cabeza como preludio de una ira tan profunda, antigua e incansable que todo lo demás carecía de importancia. De pronto Pedro explotó, se levantó de la cama y los cascabeles de la máscara resonaron frenéticos. Todo pensamiento racional se desvaneció, y la fina capa de civilización que todo lo cubría desapareció para dar paso al salvaje animal que llevaba dentro. Pedro dio un grito gutural y arrojó la bandeja fuera de la cama, contra la pared.

Por un segundo él vio su reflejo en el espejo y vaciló. Porque lo que veía en él era a un hombre reducido a su estado más primitivo. Tenía las mejillas coloradas, los ojos brillantes y encendidos con un fuego mortal. Hasta la atmósfera de la habitación había cambiado como si se quemara en ella el incienso de la ira, la necesidad de atacar. Pedro respiró hondo, tratando de recuperar el control y temblando por el esfuerzo.
-¡Te busqué, maldita seas! -gritó con palabras que salían de lo más profundo de su ser-. Él sobornó a mis investigadores privados. Te mandé cartas, pero tú nunca contestaste. ¿Dónde estabas, Paula? ¿Por qué no viniste a mí?
-Vine a ti -respondió ella acercándose adorable, estúpidamente femenina, restándole importancia a su ira con dulces y suaves manos-. Al menos lo intenté.
La frialdad volvió a Pedro, quien le dio la bienvenida contento, aferrándose a ella como a un escudo y negándose a reconocer sus sentimientos.
-¿Qué te detuvo, Paula? -preguntó él volviéndose hacia Paula como un animal herido, tratando de producirle el mayor daño posible antes de retirarse a agonizar él mismo-. ¿Qué excusa puedes tener?
-Yo... -la tristeza ensombrecía su expresión-... tuve un accidente.
En ese momento Pedro descubrió que tenía corazón y que aquella mujer sabía manejarlo.
-Un accidente -repitió.
Un accidente. El accidente. Pedro sacudió la cabeza. No. Eso no. No podía referirse al accidente que había dejado tantas cicatrices sobre su dulce, precioso cuerpo. No mientras acudía a él. No podía tratarse del accidente que le había contado a Mojo mientras lo miraba de reojo, como si esperara en parte que él la reChrisara por culpa de las cicatrices.
-¿Eso te lo hice yo? -susurró-. Tus cicatrices, ¿fueron por culpa mía?
-¡No! -exclamó ella abrazándolo, envolviéndolo en su calor-. No fue culpa de nadie. Hubo una tormenta terrible y una piedra se desprendió. Perdí el control del vehículo.
-Rafe. Estaba tratando de detenerte, ¿verdad?
-No me perseguía, si es a eso a lo que te refieres. Acababa de descubrir a dónde iba y planeaba interceptarme en el aeropuerto. Tuve suerte, Pedro. Si él no hubiera bajado por la montaña cuando...
-¡No!
Paula se interrumpió y se apartó ligeramente.
-¡Pero si estás temblando!
-Desde luego que estoy temblando -de un solo y rápido movimiento Pedro le quitó la camisa por encima de la cabeza y la arrojó a un lado-. Y dentro de un minuto tú también estarás temblando.
El sujetador fue la pieza que siguió. Por mucho que quisiera llenarse las manos con la suavidad de su piel tenía cosas más importantes que hacer, como dejarla desnuda, encima de la cama, donde pudiera regocijarse en ella a su antojo. Le desabrochó los pantalones, metió los dedos por dentro de la cinturilla y arrastró con ellos toda la ropa.
En menos de treinta segundos la tenía tal y como deseaba, tal y como la había imaginado y fantaseado desde aquel primer apasionado encuentro antes de su boda. Y tenía que reconocer que aquel desesperado recuerdo lo había perseguido durante nueve largos años. Pedro la tomó en sus brazos y la llevó a la cama. La dejó encima, y su cuerpo apenas hundió el colchón. Paula lo miraba sin el menor asomo de timidez, y Pedro comprendió que le gustaba aquella mirada directa. Estaba aliviado de ver que sus cicatrices no le habían robado la franqueza ni la habían llenado de vergüenza.
Las ropas de Pedro cayeron al suelo y entonces se unió a ella en la cama. La lámpara de keroseno llenaba de sombras la habitación, pero él sabía qué era lo que debía de buscar, encontró las cicatrices con facilidad. Antes de que acabara aquella noche besaría cada una de ellas por entero. Eran el testimonio de su historia con Paula, de todas las cosas por las que habían tenido que pasar para poder estar juntos. Eran como un mapa de oro que les llevaba a aquel preciso momento en el tiempo.
-Pedr... -la voz de Paula le llegaba a través de la puesta de sol, llenándolo de deseo.
Deseaba desesperadamente amarla como ella se merecía. Deseaba que su interior, muerto, pudiera renacer a la vida, que el corazón que acababa de descubrir fuera capaz de bombear algo más que fría sangre por sus venas.
-Estoy aquí, cariño. Estás a salvo. Nada podrá hacerte daño, te lo prometo.
Excepto él, recordó.
La mirada de Paula siguió los contornos de luces y sombras que se dibujaban en la impresionante amplitud de los hombros de su marido. No podía verlo por entero. La oscuridad se cernía sobre su intimidad, escondiéndoselo de cintura para abajo. Pero la luz de la lámpara le daba de lleno en el rostro, tornando sus ojos de un impresionante color azul. Y también resaltaba los angulosos huesos de su mandíbula y las arrugas del sol que hablaban de un hombre que había recorrido un largo y duro camino.
Pedro le devolvió la mirada y la sostuvo. Y luego la tomó de las muñecas y se las levantó por encima de la cabeza sujetándola mientras la examinaba de cerca. Sin decir una palabra mas  se hundió en ella, encontrando la línea de la cicatriz que iba desde la muñeca hasta la cara interior del antebrazo. Paula tembló al primer contacto de su boca, se estremeció impotente bajo cada uno de los lametones de su lengua. Centímetro a centímetro, tortuosamente, Pedro siguió el sendero de la cicatriz hasta que llegó al final. Pero aquel no era el fin.
La hizo rodar por la cama y la volvió hacia un lado, con los brazos sobre la cabeza permitiendo que la luz alumbrara las heridas, heridas que solo habían visto los, médicos. Y entonces las besó una a una, posando miles de tiernos besos sobre ellas.
-¿Cuánto tiempo tienen? -preguntó él.
-Son antiguas.
-¿Cuánto? ¿Cinco años?
-Sí.
-¿Seis?
-¡Sí!
-¿O tienen ocho años? -Pedro le soltó las muñecas y la agarró de la cabeza, forzándola a encontrarse con su mirada de fuego-. ¿Y qué te parecen ocho años y un mes? ¿Crees que pueden ser así de antiguas? Ibas de camino al Baile de Aniversario de los Montagues, ¿no es eso? Ibas a tratar de encontrarme y a volver a comenzar nuestra vida otra vez.
Las lágrimas estaban a punto de resbalar por sus mejillas, lágrimas de arrepentimiento y de anhelo, lágrimas de pena por un descuidado movimiento de volante en una carretera de montaña.
-Sí -lloró Paula-. Lo siento, Pedro, lo siento tanto. Traté de volver a ti, lo hice.
Pedro la hizo callar con un beso tan apasionado que las lágrimas corrieron por fin incontroladas sobre su rostro.

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Lean el siguiente! 

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