domingo, 4 de enero de 2015

Capitulo 32 -Recuperarte-

Mojo y Jumbo aparecieron en el umbral de la puerta, y Penny y doña Isabella los siguieron de cerca.
-¡Vaya, no está mal, jefe!
Las horas que siguieron fueron las más felices que Paula recordaba desde hacía tiempo. Después de cambiarse y de desayunar todos se reunieron en el despacho de Pedro para abrir los regalos. Fue ese el día en que Sarita fundó una relación profunda con sus nuevos padres, corriendo del uno al otro para abrazarlos y besarlos con tal generosidad que Paula se hubiera vuelto loca por aquella niña si no lo hubiera estado ya. La expresión de Pedro estaba tan llena de júbilo que las lágrimas resbalaron por sus mejillas en más de una ocasión.
Doña Isabella y los empleados de Pedro también recibieron unos cuantos besos de la niña. Santa exclamaba y se admiraba de todos los regalos por ridículos que fueran, desde el cuchillo de Mojo hasta la pizarra de Jumbo. Pedro prodigó, junto con los regalos, buen humor.
Solo para doña Isabella tuvo un regalo más serio: un camisón y unas zapatillas. Sarita echó un vistazo a la casita de muñecas nueva que le había traído su padre de San Francisco y desapareció para jugar. Al cabo de un buen rato Pedro llevó a Paula a un rincón y le dio una pequeña caja.
-Preferiría darte esto en privado.
Paula miró a su alrededor. Todos estaban ocupados, y nadie iba a echarla de menos durante un rato si se escapaba con Pedro. Tomó su mano y lo llevó al dormitorio.
-¿Te parece lo suficientemente privado?
-Perfecto -respondió él con una sonrisa tierna y tan apasionada como el beso.
-Entonces, ¿quién abre el regalo primero?
-Abre tú el mío.
Paula pudo apreciar la sombra de incertidumbre en los ojos azules de Pedro. No sabía cómo iba a reaccionar ella ante su regalo. Miró la caja durante unos instantes y la desenvolvió. Después abrió la tapa y encontró un paquete de cartas.
Frunció el ceño y sacó una. Su nombre estaba en el sobre, que había sido enviado a la casa de los Montagues. Y entonces vio la fecha. Era de la víspera del día de Navidad de hacía nueve años. Le dio la vuelta lentamente al sobre. Había sido enviada.
-Ábrela -dijo él.
Paula la abrió y la leyó sin decir una palabra. Y después leyó la siguiente, fechada en el mismo día, un año más tarde. Y luego otra, y otra y otra, hasta que leyó todo el testimonio de su amor eterno durante una década. La última no había sido enviada.
-Esta la... la escribiste anoche, ¿verdad? -preguntó Paula-. Cuando te encerraste en el despacho con Jack Daniels.
-No me encerré con Jack Daniels, solo con un puñado de papel y una pluma. Me cuesta mucho trabajo escribir, por lo general tardo toda la noche. Pero por alguna extraña razón ésta apenas me costó. Por eso he podido hacer otras tareas.
Se refería al árbol. Paula abrió la última carta y sacó la única hoja de que constaba con manos temblorosas. Tenía fecha del día anterior.

A mi recién encontrada esposa:
Solo me queda una cosa que decirte, una cosa en la que me he mostrado negligente, una cosa que te habría dicho si no hubiera tenido tanto miedo:
Te quiero.
Mi esposa, mi único y verdadero amor. Mi Amor Eterno.


Cuando Paula terminó de leerlo estaba tan embargada por la emoción que no pudo pronunciar palabra.
-Hay otra cosa más -dijo él-. Está al fondo de la caja.
Paula apenas podía ver con las lágrimas. Quitó el papel que recubría el interior de la caja y vio dos anillos de oro brillantes junto a dos entradas para el siguiente Baile de Aniversario.
-¡Oh, Pedro! -susurró.
-Ya sé que aún faltan diez meses, pero pensé que quizá pudiéramos citarnos.
-No comprendo -lo miró Paula perpleja-. Estabas tan seguro de que nunca más volverías a amar a nadie...
-Estaba equivocado. Te amo desde el primer instante en que te vi. Siempre te he amado. Solo el miedo me impedía verlo. Nunca creí que fuera un cobarde, pero era más fácil negar lo que sentía por ti que reconocer la verdad, más seguro que admitir que sin ti mi vida estaba incompleta. Y además estaba furioso, Paula. Furioso hasta la médula. Con tu hermano, por separarnos, y contigo por no venir a mí. Y sobre todo conmigo mismo, por no haberte encontrado.
-Yo sé mucho sobre el miedo y la rabia, ¿recuerdas? -dijo Paula con una mirada cómplice.
Entonces Pedro se encontró con su mirada y la sostuvo con seriedad y sinceridad.
-Te quiero, Paula. Siempre te quise y siempre te querré. Siento mucho haber tardado tanto en recuperar el sentido común.
Paula corrió a sus brazos y lo besó con un beso de amor y de perdón. Un beso que era una promesa. Un beso de pasión. Cuando se separaron ella le tendió su regalo.
-No sé cómo te tomarás esto -confesó Paula. -Seguro que me encantará, sea lo que sea.
Pedro rasgó el papel y le quitó la tapa a la caja. Y entonces sencillamente se sentó, sin decir palabra. Paula lo miró con aprensión.
_¿Vas a decir algo?
Pedro sacó el sonajero de la caja y preguntó: -¿Estás embarazada? ¿Seguro? -Seguro -asintió Paula.
Pedro tendió a Paula sobre la cama sin decir una palabra y le subió el suéter para acariciar su vientre con suavidad.
-Es... -parpadeó-... es el mejor regalo que podrías haberme hecho.
-¿Estás seguro?
-Sí, desde luego, amor mío -sonrió con júbilo-. Estoy muy seguro -luego frunció el ceño-. Solo hay un problema.
-¿Cuál? -preguntó ella nerviosa.
-¿No pensarás que...? -Pedro se interrumpió y sacudió la cabeza-. Nada, es demasiado ridículo.
-¿El qué?
-Es solo una tontería. -¡Pedro!
-¿Crees que Mojo tiene ojo de verdad?
-Te diré cómo vamos a hacer para saber si tiene ojo de verdad o no -se echó a reír Paula.
-¿Sí? ¿Cómo vamos a hacer?
Paula se sentó y lo abrazó por el cuello. -Dejaremos que adivine si estoy embarazada del siguiente niño antes de que lo confirme la Madre Naturaleza.
-¿El siguiente? ¿Te refieres al que va después de éste?
-Bueno, normalmente eso es lo que significa «el siguiente».
Pedro rió a carcajadas, feliz. -Muy bien, eso haremos.

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Este es el ultimo, el que sigue es el epilogo!

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