-Todo eso ya pasó -dijo él con una inconfundible finalidad.
De nuevo Pedro volvió a encontrar las cicatrices con sus labios, pero en lugar de llenarla de tembloroso placer aquello la excitó insoportablemente. La mano de Pedro rozó accidentalmente su pecho. ¿O fue de un modo deliberado? Sus dedos callosos acariciaron la suavidad de su vientre, en donde no había heridas. Paula comenzó a sentir un revoloteo profundo, centrado en lo más hondo de su húmeda feminidad. Con cada caricia aquella emoción se intensificaba, provocándole un pálpito entre las piernas y excitando sus pechos hasta que los pezones estuvieron dolorosamente tensos.
-¡Por favor! -jadeó ella, incapaz de soportarlo un minuto más.
-Tengo intención de complacerte, amor mío, tengo intención de complacerte de todos los modos posibles, más otros que ya se me ocurrirán.
Pedro abrazó sus pechos prestándoles toda su atención. La respiración de Paula se aceleró al tiempo que su cuerpo se tensaba de necesidad. Pedro se recostó pesadamente sobre ella, deslizando las manos por sus muslos y abriéndoselos. Y encontró su centro húmedo y cálido, se hundió en él, se regodeó en él. Y cuando ambos estuvieron locos de deseo él la llenó, cabalgando con ella hasta un éxtasis que los hizo uno. Una mente. Un corazón. Un alma. Juntos en perfecta unión.
No fue hasta mucho, mucho más tarde, cuando llegan las horas oscuras de la noche con sus pesadillas y su incertidumbre, cuando Pedro se despertó y comprendió la verdad. Paula planeaba abandonarlo, y él no podía hacer nada al respecto.
-¿Que has hecho qué?
Paula se levantó y tiró de las sábanas mirando a Pedro.
-Sabía que ibas a ponerte así cuando te lo dijera, por eso es por lo que no te lo he dicho antes.
-Escúchame, esposa, y escúchame bien. Nunca consentiré en que ese viejo murciélago viva bajo mi techo, antes se helará el infierno. ¿Tienes idea de los meses de tortura que me ha hecho pasar?
-Ella solo trata de proteger a Sarita.
-Tonterías, lo que quiere es volverme loco.
-Sarita la necesita. Además ya es demasiado tarde para decirle que no -objetó Paula-. Le contesté que sí.
-Encuentra el modo.
-¿Y cómo se supone que voy a hacer eso?
-Miente. Dile la verdad. Explícale que no tenemos habitación. Francamente, me da igual, pero asegúrate de que su Majestad y su bastón toman el autobús de vuelta a México.
-Solo que ese plan tiene un pequeño fallo.
-¿Y cuál es? -inquirió Pedro amenazador, con la mandíbula levantada.
-No puedo decirle que no tenemos habitación para ella porque... porque ya la ha visto.
-¿Qué quieres decir con eso de que ya la ha visto? ¿Qué es lo que ha visto?
-Quiero decir que... -la voz de Paula se desvaneció-... arreglé uno de los dormitorios para ella y la dejé verlo.
-¿Que hiciste qué?
Paula se negó a cargar con toda la culpa en aquel asunto.
-Si te hubieras molestado en echarle un vistazo a los arreglos que he estado haciendo lo habrías visto tú también, yo no pretendía ocultarte nada.
-¿Estás tratando de decirme que habías planeado esto desde el principio? -preguntó Pedro saliendo a toda prisa de la cama.
-No estoy tratando de decirte nada, te lo estoy diciendo.
¿Por qué cada vez que conseguía que Pedro se desnudara tenía que abandonar enfadado la cama? Paula se quedó pensativa con una mano sobre la barbilla. Debía de estar haciendo algo mal. Quizá, si no usaran la cama la próxima vez... El pecho de Pedro la distraía, se elevaba y bajaba de un modo tremendamente provocativo. Sin duda lo hacía deliberadamente.
-Deja que trate de comprenderlo -continuó él-. ¿Rehabilitaste uno de los dormitorios solo para doña Isabella?
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Lean el siguiente!
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Lean el siguiente!
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