jueves, 1 de enero de 2015

Capitulo 23 -Recuperarte-

-No... hagas... eso.
Dulce dio un paso atrás y lo miró con expresión confusa.
-¿Ocurre algo malo?
Pedro trató de articular palabra. Paula esperó pacientemente, parpadeando con sus enormes ojos marrones y forzándolo a fundir unas cuantas neuronas más.
-No.
-Bien -respondió Paula dándole otro matador abrazo-. Voy a ver a Tim, hasta luego.
Pedro no supo cuánto tiempo permaneció inmóvil, pero cuando recuperó la movilidad lo primero que hizo fue dirigirse al establo. Las heladas temperaturas no lograron agarrotarlo, pero podía maldecir cuanto quisiera. Quizá sus empleados encontraban extraña su conducta, pero no dijeron nada. Excepto Penny.
-Qué, te ha dado donde más duele, ¿verdad? Las mujeres son especialistas en eso. O eso he oído  yo nunca fui tan *beep* como para tratar de averiguarlo.

-Muy bien, pues ahora voy a poner límites.
Paula parpadeó mirando a Pedro llena de confusión. Estaba de rodillas sobre la alfombra del despacho de Pedro, y desde esa posición su marido parecía Jumbo.
-¿Qué límites?
-Los que voy a establecer aquí mismo, en este mismo instante -contestó Pedro echándose hacia atrás el Stetson y cruzándose de brazos-. Veamos. Cuando destrozaste uno de los cuartos de baño no rechisté, a pesar de que estaba perfectamente decente. Ni siquiera dije una palabra sobre el loco del electricista, a pesar de que hubiera debido llamar a la policía para que lo arrestaran por indecente. Y he sido el hombre más comprensivo de la tierra con esos agujeros que has hecho en las paredes y en los suelos.
-¿Lo crees?
-Me lo he tomado todo con paciencia, como un corderito. Y, cariño, eso es mucho decir en la tierra de las cabras -continuó Pedro mirándola con tal expresión de sinceridad que Paula comprendió que creía verdaderamente en lo que decía-. Ningún otro hombre se hubiera conformado con este desorden sin perder el control.
-¿Lo crees?
-¡Por supuesto! Pero esto ha ido demasiado lejos.
-Si lo dices por el suelo de tu despacho no te preocupes, durará poco.
-No puedo llegar a la mesa.
-Yo sí -contestó Paula poniéndose de pie-. ¿Necesitas algo? Te lo alcanzaré...
-No se trata de eso -replicó Pedro mirando las tiras de luces parpadeantes sobre la alfombra-. Esto tiene un sospechoso aire a Navidad.
-Es que es para Navidad. Pensé que podría poner unas cuantas luces y decorar un poco las habitaciones antes de que...
-No en mi casa.
-¿No en tu casa?
-Ni en este mundo ni en el otro. Yo no celebro la Navidad.
_¿Qué quieres decir con eso de que no celebras la Navidad?
-Nada de luces. Ni de árbol. Ni estúpidos ángeles de cerámica ni Santa Claus abarrotándolo todo. Ni lazos ni cintas ni nada que se parezca ni remotamente al verde y al rojo de la Navidad -hizo una pausa para considerarlo mejor-. A menos que se trate de algo comestible. No quiero mostrarme poco razonable en esto, pero aquí no hay navidades. ¿Queda claro?
-No -contestó Paula. Los ojos de Pedro reflejaron ira-. ¿Quieres explicármelo otra vez?
-Ya me has oído.
Antes de que las cosas pudieran ir a más Jumbo apareció en el umbral cargado de luces. Se quedó mirando a uno y otro y musitó:
-Oh oh.
-El jefe dice que él no celebra las navidades -comentó Paula volviéndose hacia él como para pedir confirmación-. ¿Qué ocurre aquí?
-No sabría decirte, yo solo trabajo aquí.
-¿No sabrías, o no querrías? -lo miró seria Paula-. Vamos, Jumbo, suéltalo. ¿No hay Navidad? ¿Nunca?
-Me temo que no. Es decir, no las ha habido desde que yo lo conozco, y de eso hace cinco años. Por lo general el jefe se encierra en su despacho con una botella de Jack Daniels y un montón de papel de cartas y se emborracha hasta el sopor.
-¡Yumbo! -gritó Pedro quitándose el Stetson y tirándolo al suelo.
-¿Qué? ¿He dicho algo malo?
-Si quisiera que mi mujer supiera de mis aventuras yo mismo se las contaría -explicó Pedro poniendo el dedo índice sobre el pecho del hombretón-. No te olvides de quién firma tu cheque.
-Tonterías, jefe. Te olvidas de que me asignaste a su servicio. Tengo que responder a sus preguntas.
Era el momento de interrumpir aquella discusión, antes de que llegaran a las manos. Paula se puso en pie y señaló el pecho de su marido con el dedo índice ella también.
-Y mi siguiente pregunta es: ¿por qué te desagrada tanto la Navidad? ¿Vas a contestarme o tengo que preguntárselo a Jumbo?
Pedro no deseaba contestar, eso era evidente. Pero lo que Paula no comprendía era la razón. Sin embargo llegaría hasta el fondo del asunto. Pedro podía mostrarse endiabladamente reservado si quería, pero ella podía ser muy cabezota. Pedro miró a Jumbo y ladeó la cabeza indicando la puerta. Jumbo se apresuró a salir del despacho.
-Suéltalo, Pedro. ¿Qué ocurre?
-Si no hay más remedio... las navidades me traen malos recuerdos -confesó Pedro.
También a Paula las navidades le traían malos recuerdos. Razón de más para convertirlas en algo alegre y tratar de olvidar.
-¿Por algo que me puedas contar? -preguntó ella amable.
-Lo siento, Paula, aún no estoy preparado para eso.
-Pedro, entiendo que te muestres reacio, pero tienes que comprender que no puedes negarte a celebrar la Navidad. No sería justo para Sarita.
-No metas a mi hija en esto.
-¿Crees de verdad que puedes ignorar las fiestas como si no existieran? -Yo sí.
-Bueno, pues los demás no. Yo no -afirmó Paula-.
Ni tampoco podrá hacerlo Sarita. Y te garantizo que no funcionará con doña Isabella.
-Teniendo en cuenta que ella no va a estar aquí no creo que eso le afecte.
-¿Y yo? ¿Estaré yo aquí en Navidad? ¿O es que mis deseos no valen nada?
-Aún no sabemos si estarás o no. ¿Estás embarazada?
Aquella malévola pregunta le robó el aliento. Su brutalidad resultaba como una bofetada. Paula luchó por no derramar las lágrimas. Aquel no era el hombre con el que se había casado nueve años antes. Las circunstancias lo habían transformado en el hombre que tenía delante, un hombre con un de corazón de hielo. ¿Qué diablos le había ocurrido? ¿Qué le había transformado en un hombre tan frío y remoto, y qué podía hacer para conseguir que volviera a ser el de antes? Paula tardó un minuto entero en controlarse y contestar, y entonces mintió:
-No sé si estoy embarazada.
-Lo siento, Paula, no venía a cuento.
-, Fue en Navidad cuando Magdalena te dejó? -insistió ella-. ¿Es por eso por lo que te trae malos recuerdos?
En parte esperaba que aquella nueva pregunta lo devolviera a su frío estado anterior, pero en lugar de ello Pedro sacudió la cabeza y contestó:
-Esto no tiene nada que ver con Magdalena. No me gusta la Navidad. Fin de la discusión.
-¿Y eso es todo? ¿Es esa tu última palabra?
-Es mi última palabra.

--------------------------------------------------
Lean el siguiente! 

No hay comentarios:

Publicar un comentario