jueves, 1 de enero de 2015

Capitulo 24 -Recuperarte-

A MI LARGAMENTE perdida esposa:
Ni siquiera puedo explicar por qué vuelvo a escribirte este año. ¿Por costumbre? ¿O es que me gusta castigarme a mí mismo? No te amo. No, no amo a nadie. Ya no. Los sentimientos que tuve una vez han muerto hace mucho tiempo.
Pero aún sigo mirando a otras mujeres y pienso... que no son tú.
Paula... ¿Qué le ha ocurrido a nuestro Amor Eterno? ¿Por qué no puedo arrancarte de mi mente?

-Y en eso de las navidades, ¿qué parte de mi última palabra... es la que no has entendido? -inquirió Pedro.
Paula se sentó en lo alto de la escalera en medio del pasillo y parpadeó con expresión inocente. Pero Pedro no estaba dispuesto a creer en esa inocencia, ni en sus largas pestañas cayendo sobre aquellos ojos marrones de mujer fatal ni en sus húmedos y provocativos labios entreabiertos con un gesto ingenuamente seductor. Y menos en su tono de voz cuando contestó:
-No he entendido nada.
-Sabes muy bien lo que quería decir -contestó Pedro moviendo una mano en el aire para señalar el último de todos los vertiginosos cambios que estaban teniendo lugar en la casa-. Estas decoraciones navideñas... las que te dije que no podías poner en mi... en nuestra casa.
-¿Nuestra casa?
Paula repitió sus palabras con una deliciosa sonrisa que lo derritió por entero durante dos segundos completos antes de poder recordar por qué estaba enfadado.
-Esa sonrisa no va a arreglar las cosas, querida. Y ahora quita la decoración. Y deprisa.
-No seas tonto, Pedro. Esta decoración no es de Navidad -mintió con labios sensuales.
-¡Pero si son luces intermitentes! Si eso no es para...
-¡Ah, te refieres a eso! -respondió Paula con un gesto despectivo de la mano-. Eso no son luces de Navidad.
-¿No?
-¡Pues claro que no, por Dios! ¿Quieres saber por qué?
-Sí, por favor, dímelo -rogó Pedro controlando su ira y apoyándose en el dintel de la puerta-. Tengo que saberlo.
Paula se arrellanó en el último escalón de la escalera de aluminio con toda tranquilidad, sin importarle que la escalera se tambaleara.
-Mira, las luces de Navidad son verdes, rojas o blancas. Estas son rosas.
-Rosas.
-Exacto. ¿Ves esos lazos? ¿Esos que sujetan la hiedra? -preguntó Paula dejando de mover la escalera, para alivio de Pedro-. Pues no son lazos de Navidad tampoco.
-No, por supuesto que no. Déjame que lo adivine, no son de Navidad porque son de color púrpura.
-No seas ridículo, son de color castaño rojizo. Y además no les he puesto ninguna rama de abeto ni nada que recuerde ni remotamente a la Navidad.
-¿Y entonces cómo llamarías a todo esto? -preguntó Pedro mirando a su alrededor.
-Un trabajo de cosmética, tal y como me pediste. ¡Pero por Dios, si ni siquiera la hiedra es verde!
-¿Entonces de qué color es? ¿Roja?
-No me tomes el pelo -rió Paula-. Sabes perfectamente que es azul. Azul verdoso, color pino, para ser exactos.
-¿Estás tratando de decirme que el color del pino y de la hiedra no es verde?
-Ni lo más mínimo. Es más azul que otra cosa.
-Ya -asintió Pedro acercándose a la escalera-. Pues te diré, en primer lugar, que era a esto a lo que me refería cuando dije que no quería decoraciones navideñas. Lo segundo es que cuando te pedí que hicieras un trabajo de cosmética me refería a que pintaras las paredes, no a que llenaras la casa de hiedra. Y lo tercero es que como no rellenes de inmediato los agujeros del suelo alguien se va a caer y no vamos a volver a encontrarlo.
-Pero si hay un forjado inferior, debajo del suelo -contestó Paula tambaleándose en la escalera-. Es imposible que nadie se caiga.
-No, pero tropezará y se romperá algo.
-Sabes... tiene gracia que menciones los agujeros. Jumbo se va a ocupar de ellos hoy mismo.
-¿Y quieres explicarme cómo va a hacerlo?
-Creo que dejaré que te dé una sorpresa -contestó Paula tras aclararse la garganta.
Pedro frunció el ceño. Alargó una mano y la hizo bajar de la escalera antes de que se cayera. De pie, frente a él y con el rostro lleno de esperanza, Pedro encontró doloroso tener que ser testigo de tanta emoción.
-¿Y será una sorpresa tan grande como tu decoración no Navideña?
-Puedes estar seguro.
-Me lo temía -contestó Pedro inclinándose para quitarse las ramas de hiedra que se le habían enredado en el tobillo. Antes de que pudiera mirar para arriba tropezó de bruces con una corona de guirnaldas. Hubiera deseado apartarla de un golpe, pero no quería ver la expresión del rostro de Paula si la rompía-. Cariño, odio tener que decírtelo, pero todo esto tiene que desaparecer.
-Pero... ¿por qué?
Los labios de Paula se fruncieron de tal modo que Pedro anheló sellarlos con un largo y profundo beso que la hiciera olvidar. Antes de responder, sin embargo, sonaron unos golpes en la puerta. Pedro abrió. Doña Isabella llenaba todo el hueco de paso. Y a su lado, con su diminuto brazo colgando del de ella, estaba su hija mirándolos a ambos con los ojos enormemente abiertos, apretujándose contra su bisabuela. Paula las recibió con una enorme sonrisa.
-¡Doña Isabella, qué agradable sorpresa! -exclamó bajando hasta el nivel de la niña-. Y ésta debe de ser Sarita. Hola, cariño.
Sarita enterró el rostro en la falda de su bisabuela y luego se asomó con la más hermosa sonrisa que Pedro hubiera visto nunca. La anciana miró inquisitiva a su alrededor.
-Espero no ser inoportuna.
-¿Y cómo podrías serlo? Estoy seguro de que lo has planeado así a propósito -contestó Pedro.
-No le hagas caso -rió Paula-, no eres inoportuna -añadió abriendo más la puerta para dejarlas entrar-. Pero cuidado con los agujeros del suelo.
-¿Agujeros?
-Sí, así es como los llamó Pedro en cuanto los vio. Elevando la voz, claro.
-¡ Paula !
-Fue así, es cierto.
Sarita tiró de la mano de su bisabuela y señaló la última contribución «cosmética» de Paula a la casa.
-¡Abuelita, mira qué bonita!
¿Abuelita? Pedro trató de reprimir una sonrisa. Nunca hubiera imaginado que nadie llamara así a la austera doña Isabella. Según parecía su hija era una excepción. La señora lo miró con dureza y luego volvió la atención a la decoración.
-¡Qué decoración navideña tan bonita! -comentó admirada.
-¡Ah!, pero si no es para Navidad, ¡por Dios! -insistió Paula mirando de reojo a Pedro-. Pensé que quedaría bien, pero si te fijas te darás cuenta de que no tiene los colores de la Navidad, lo cual significa que...
La voz de Paula se desvaneció. Pedro se sintió como un canalla. Ella había trabajado duro para tener la casa lista. Y lo había hecho por él y por su hija, para que pudiera ganarse la custodia. Por fin cedió a lo inevitable.
-Me alegro de que te guste, Paula se merece tu aplauso. Ha trabajado muy duro para conseguir que todo esté perfecto para las vacaciones. Y supongo que tú vendrás por aquí por esas fechas, ¿no?
-No quisiera imponer mi presencia.
-¿Y por qué habías de tomártelo así? -preguntó él seco.
-¿Qué te parece si te enseño el resto? -se apresuró Paula a intervenir-. Así podrás sugerir los cambios que se te ocurran.
-Eso estaría muy bien -contestó doña Isabella inclinando la cabeza graciosamente.
-¡Fantástico! ¿Por dónde quieres empezar?
-¿Has preparado una habitación para Sarita?
-Sí, ese fue mi primer proyecto. Por aquí.
Paula le hizo un gesto a Pedro para que desapareciera y luego le indicó a Sarita que caminara hacia adelante. La niña miró a su padre brevemente y luego le dio la mano a Paula, trotando y desapareciendo con ambas mujeres por el pasillo. Pedro cerró los ojos. Aquella mirada de su hija fue suficiente para agarrotarle el corazón que creía dormido.
-Si no te gusta el color de la pared aún podemos cambiarlo -ofreció Paula mientras les enseñaba el camino-. Y también podemos cambiar los muebles.
-¡Qué cómoda! -murmuró doña Isabella.
-Lo dices como si fuera algo malo -contestó Paula.
-Podría serlo, si no es sincero.

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Continuaraaaa! 
Aca les dejo dos capitulos! Espero que les gusten! Comenten porfass! 
Y que tengan un lindo 2015! :)

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