lunes, 22 de diciembre de 2014

Capitulo 21 -Recuperarte-

A MI LARGAMENTE perdida esposa:
Fui al Baile de Navidad. No hace falta decir que tú no.
No sé qué más decirte en mis cartas. No sé qué sentir. Nunca pensé que me rendiría. Pero ahora...
He conocido a alguien, Paula. No la amo, pero la verdad es que no creo que sea capaz de volver a amar. Magdalena y yo hemos llegado a un acuerdo y ella parece feliz, a pesar de que yo no tenga mucho que ofrecerle. Demonios, si fuera sincero con ella le diría que no tengo nada que ofrecerle. Pero ella no me pide nada. Ella siente un vacío que crece de año en año, un vacío que sospecho que un día me consumirá.
¿Pero entonces por qué siento como si te estuviera engañando?
Te  he fallado, cariño, y lo siento de veras. Pero es así. No puedo soportarlo más. Y por eso, mi largamente perdida esposa, te digo mi adiós final.
Si alguna vez hubiera encontrado el Amor Eterno habría sido contigo.

Pedro recordó el segundo exacto en el que cayó en la cuenta. Estaba subido a la escalera, recogiendo basura del canalón. Podía haberla perdido.
Había pasado años buscando a Paula, y hubiera podido perderla para siempre hacía tiempo, si hubiera muerto en aquel accidente de coche en Costa Rica. El nunca habría conocido su destino. Bajó las escaleras y entró en la casa. Encontró a Paula en la planta de arriba, ordenando las tres habitaciones vacías. Paula hizo una pausa y levantó la cabeza.
-¿Necesitas algo?
-Sí.
Pedro hizo un gesto con la mano a los empleados para que se marcharan, se quitó los guantes y los tiró al suelo. En el mismo instante en el que estuvieron solos puso a Paula contra la pared y tomó su rostro entre las manos. Y durante un rato estuvo así, mirándola, contemplando sus delicados rasgos. Tenía una piel suave y cremosa, y el color que le daba el trabajo le sentaba bien. Mientras la observaba ella se lamió los labios, generosos y lujuriosos, y clavó sus aterciopelados ojos oscuros sobre él. Aquellos ojos seguirían persiguiéndolo siempre, lo habían perseguido mientras estaba subido a la escalera.
-¿Pedro?
-Shh. Tenía que hacer esto.
-¿Hacer qué?
Las palabras no le salían, de modo que dejó que sus acciones hablaran por' él. Deslizó una mano por la nuca de Paula y atrajo su boca hacia él. Y entonces se dejó caer en un infinito placer, profundo y sin fin. Pero no le resultó doloroso. No, se estaba deleitando en el par de labios más deseables que jamás hubiera besado. Pedro aspiró su fragancia, la consumió, la devoró deprisa, a cachitos.
Paula podría haber muerto.
Pero no había muerto, sino que le devolvía el abrazo. Sus miedos se desvanecieron, pero no así su deseo. Si acaso se hizo incluso más fuerte, hasta el punto de no dejarlo pensar. Pedro la abrazó con fuerza, sintiendo sus suaves pechos contra el de él y las redondas caderas contra su cuerpo. Si no hubiera habido nadie en la casa la habría tomado allí mismo, en ese instante. ¿Hubiera envuelto ella las piernas alrededor de su torso dejando que la salvaje tormenta la consumiera, o habría prevalecido su modestia? La pasión que sentían el uno por el otro aumentó de intensidad por momentos. Tenía la respuesta.
¿Pero cuánto tiempo duraría esa pasión? ¿Durante cuántos días continuaría él anhelándola? ¿Cuántas noches pasarían antes de que uno  de los dos o ambos se sintieran saciados? Pedro volvió a besarla, pero de un modo incontrolado, desesperado por aferrarse al placer del presente y olvidar el futuro. Paula había llegado a puerto, estaba a salvo en sus brazos... si es que sus brazos eran un puerto a salvo. Ella no parecía compartir sus dudas.
Porque su mujer, su dulce y preciosa mujer, le ofrecía su boca con tanta generosidad y calor, tan abierta a cada uno de sus deseos, que aquello amenazaba con destruirlo. .

Nunca comprendería a los hombres, ni aunque viviera cien años.
-No te entiendo, Pedro. Creía que querías que arreglara la casa.
-Sí, pero arreglar significa pintar las paredes, los muebles, poner una alfombra aquí y allá, unos inútiles cojines. ¡No esto!
-Pero no pensaba dejar el baño sin cañerías, solo iba a escoger cosas infantiles.
-¿Y las niñas necesitan raíles en la bañera?
-Sí, y en la ducha. Y uno de esos asientos en un rincón. Son perfectos para poner los botes de champú. Las niñas pequeñas usan un montón de botes de champú. Tienen un poyete lleno.
Pedro se caló el Stetson y respondió:
-Está bien. Pon una ducha con asiento. ¿Pero dos lavabos? ¿Para qué necesita dos?
-Bueno... -de pronto Paula sintió que le llegaba la inspiración-. Es evidente que tú nunca has vivido en una casa con dos mujeres.
-Una niña pequeña no es una casa llena de mujeres.
-Lo es cuando es su cumpleaños y hace una fiesta por la noche con sus amigas.
-¿Una fiesta por la noche?
-Sí, es esencial -afirmó Paula decidida-. En cuanto se corra la voz de que tienes una hija llegará una avalancha de niñas pequeñas.
-¿Una avalancha? -repitió Pedro a punto de desfallecer.
-Sí, riéndose a hurtadillas, poniéndose maquillaje.
-¿Maquillaje? ¡Pero si Sarita solo tiene tres años!
-Pero crecen muy deprisa -replicó Paula contenta.
-No, mi hija no -sacudió Pedro la cabeza.
-Creo recordar que Rafe dijo algo parecido a propósito de mí. Lo dijo en español, y había un chico que trataba de conseguir una cita.
-¿Una cita? -repitió Pedro derrumbándose contra la pared.
-Ya hablaremos, ahora tengo que ver al electricista.


-¿Qué diablos le ha pasado a mi suelo? -gritó Pedro.
-A mí no me mires, ha sido idea de tu mujer -contestó Jumbo levantando las manos.
-Mi... -debería de haberlo supuesto-. ¿Y dónde está mi mujer?
-En tu despacho.
Pedro frunció el ceño. Aquello no le hacía nada feliz. El despacho de un hombre debía de ser un lugar sagrado, incluso para su mujer.
-Bueno, pues no hagas más agujeros en el suelo.
-Lo siento, jefe, pero yo no recibo órdenes de ti. Me dijiste que hiciera todo que me mandara Paula, y eso es lo que estoy haciendo.
Pedro gruñó de frustración
-Sigue así, grandullón, y te arrojaré por encima de la tapia hasta que... hasta que se te congelen las orejas.
-¿Las orejas? -silbó Jumbo-. El matrimonio te sienta mal, jefe. Ya no dices cosas tan ingeniosas como antes.
-¿Ah, sí? -preguntó Pedro enfadándose aún más-, Pues a ti también se te han acabado los días de decir cosas graciosas. En cuanto llegue mi hija no quiero oír ni una sola palabra malsonante. Y eso va también por Mojo.
-¿Y eso se lo vas a decir tú, o vas a atar una nota a una piedra y a arrojársela a la cocina? -sonrió Jumbo.
-Creo que dejaré que se encargue mi mujer -sonrió Pedro.
-Entonces obedecerá como un corderito. Nunca creí que llegara el día en que mi hermano obedeciera a una mujer.
-Pues aún no has visto nada, Jumbo. Espera a que venga mi hija. Apuesto a que ella consigue domesticarlo en una hora.
Pedro miró la puerta del despacho. Estaba cerrada. ¿Qué diablos estaría tramando Paula?

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Lean el siguiente!

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