lunes, 29 de diciembre de 2014

Capitulo 17 -Recuperarte-

Paula se volvió evitando aquel roce que era casi un beso, pero Pedro se negó a soltarla. Quizá su rigidez lo alentara, o quizá simplemente no le importara cómo respondiera ella.
-¿Qué fue de Magdalena? -preguntó Paula cuando comprendió que él no iba a soltarla.
-No fue más que una diversión temporal. -¿Para ti o para ella?
-Para los dos -contestó él-. Ella era la hija menor de una familia rica, y era de naturaleza muy rebelde. Su familia trató de controlarla, pero ella luchó hasta que fue imposible que la perdonaran.
-¿Su familia descubrió que estaba contigo? -Sí.
-¿Y te la arrebataron? -inquirió Paula volviéndose hacia él-. ¡Oh, Pedro!
-No, Paula, no reaccionaron igual que Rafe. Su respuesta no fue de rabia y amor. La dejaron sin un penique.
-¿La desheredaron? ¿Cómo pudieron hacer una cosa así?
-Orgullo malentendido, supongo. Inflexibilidad. ¿Quién sabe? La única que se puso de su parte fue su abuela, doña Isabella.
-¿Y tú no pudiste ayudarla? ¿No podías haberte casado con ella?
-Yo no sabía que la habían desheredado. Y aunque lo hubiera sabido, Magdalena no estaba ni a favor del matrimonio ni enamorada de mí -explicó apoyando la mandíbula sobre la cabeza de Paula-. Te lo he dicho, fue algo temporal. Cuando se hizo evidente que nuestros sentimientos habían cambiado Magdalena hizo las maletas y se marchó deseándome suerte. Doña Isabella vino a buscarla al día siguiente. Una semana más tarde yo me mudaba para ocupar un nuevo puesto de trabajo..
-¿Y no te contaron nada de Sarita?
-No, entonces no. No supe nada hasta hace unos meses. Doña Isabella vino a contarme que Magdalena había muerto en un accidente de coche y se trajo a Sarita con ella.
-¡Vaya sorpresa! ¿O acaso esa palabra es demasiado suave?
-Creo que «shock» es más correcto -sonrió Pedro.
-Isabella debió de pensar que alguien tenía que decirte que tenías una hija. ¿Por qué sino iba a traerla?
-Aún estoy tratando de explicármelo. Si Doña Isabella no quiere que me quede con Sarita, ¿por qué me habló de ella? ¿A qué viene este juego? -inquirió Pedro
-¿Entonces es que ella te ofreció la posibilidad de criar a tu hija?
-Sí, pero solo si podía proporcionarle una casa.
-¿Y una madre? -inquirió Paula, cuya voz delató de nuevo el dolor.
-Sí -suspiró Pedro.
Paula permaneció en silencio mientras Pedro sentía la tensión renacer en ella.
-Quizá sea este un buen momento para que discutamos qué es lo que deseas de mí.
-¿Qué diablos significa eso? -preguntó Pedro.
-Jumbo no iba tan descaminado, ¿verdad? Hemos hecho un trato. Tú querías a una mujer que pudiera crear un hogar para ti -explicó Paula soltándose de su abrazo antes de que él pudiera darse cuenta-, pero olvidaste mencionar que el hogar era para tu hija, no para nosotros dos.
-¿Y?
-Y me gustaría saber exactamente qué significa eso. ¿Qué quieres de mí? -repitió ella.
Pedro no tenía ni idea de cómo responder a esa pregunta. Rodó por la cama, cruzó la habitación y se quitó la camisa.
-Toma -dijo pasándole el improvisado camisón-. Los dos estamos cansados, y no sé qué ha hecho Jumbo con nuestras maletas. Ponte esto esta noche y mañana las buscaremos.
-No voy a dormir aquí.
-Entonces escoge otra habitación. A mí me da igual una que otra.
-Quiero decir que... que no voy a dormir contigo.
Lo imaginaba. Pero aquello no alteró su decisión. Pedro estaba resuelto.
-Tú y yo dormimos juntos -afirmó en un tono de voz poco habitual en él, un tono que hubiera obligado a obedecer al más díscolo-. Y ahora cámbiate.
Pedro creyó escuchar un juramento. Entre eso y el crujir de ropa supo que había ganado-la batalla. Por fin había conseguido vencer en una discusión. Abrió la puerta y recogió la bandeja. Entonces un rayo de luz entró en la habitación y al volverse vio a Paula.
Estaba de rodillas en el centro de la cama, sentada sobre las piernas dobladas y con los brazos levantados, lista para ponerse la camisa por encima de la cabeza. Se había quitado su ropa y la luz iluminaba su perfil. El tiempo pareció detenerse concediéndole un respiro, regalándole un segundo eterno, pleno. El dorado cabello de Paula caía en una cascada por la espalda, y sus puntas terminaban tímidas justo donde comenzaba la redondez de su trasero. Sus muslos, cremosos, se unían a unas caderas estrechas, pero las sombras se mofaban de él arrojando modestas manos justo en el dorado delta bajo su vientre plano. Sus pechos eran altos y redondos, con cimas rosadas erectas por el beso del soplo del aire. Paula tenía el rostro vuelto hacia él, y su vulnerabilidad se reflejaba en sus enormes y oscuros ojos ardientes, que eran como una llamada que irrevocablemente llegaba a su alma.
Pedro cerró la puerta y la devolvió al manto protector de la oscuridad. Y entonces comenzó a luchar por seguir respirando, forzando al aire a entrar en sus pulmones. El deseo clamaba en su interior, exigiéndole que dejara la bandeja a un lado y tomara a la mujer que había sobre su cama, marcándola como su posesión.
-¿Pedro?
La voz de Paula atravesó la oscuridad llena de aprensión. Pedro supo entonces que no podía hacerle daño. Bastante dolor le había causado ya. Luchó como nunca antes había tenido que hacerlo y trató de recuperar el control. La memoria guió sus pasos hacia los pies de la cama, donde dejó la bandeja.
-No has cenado nada, así que le dije a Jumbo que trajera esto.
-Tú tampoco has cenado nada.
Pedro encendió la luz de la mesilla. Paula se había refugiado detrás de las sábanas, había tirando de ellas hasta el mentón. Nada más ver su rostro Pedro comprendió que sus sospechas eran ciertas. Había estado llorando. Tenía las pestañas húmedas, y había rastros de lágrimas en sus mejillas. Una ira impotente se apoderó de él, ira contra sí mismo por hacerla llorar e ira contra ella por exponerse a ese dolor. Si Paula se diera cuenta de que el amor no era tan maravilloso como se decía, si desdeñara sus emociones, la vida sería mil veces más sencilla. Podrían gozar del placer que se brindaban el uno al otro sin angustias. Y sin culpabilidad.
Pedro recogió la bandeja y se sentó a su lado. Mojo había hecho una ensalada de pollo. Tomó un trozo y se lo ofreció a su mujer, que abrió la boca sin rechistar. Quizá por cansancio, quizá por hambre. De un modo u otro él no se iba a quejar.
Pedro esperó a que Paula comiera una buena parte de la ensalada antes de hablar:
-Este es el trato, cariño... Yo haré cualquier cosa con tal de conseguir a mi hija. Por desgracia doña Isabella tiene todos los ases en la manga. Si decide prolongarlo marchándose del país con Sarita no hay mucho que yo pueda hacer. A menos que emprenda una batalla legal, cosa que preferiría evitar a ser posible.
-Y yo soy el medio gracias al cual tú conseguirás a Sarita -lo interrumpió Paula con los ojos fijos sobre él, llenos de una emoción innombrable e indeseable-.
Esa es la razón por la que te casaste conmigo, para obtener la custodia de tu hija, ¿no es así?
Pedro trató de infundirse a sí mismo valor y confesó lo imperdonable:
-Más o menos.
Paula cerró los ojos ocultándole la calidez de su mirada y unos sentimientos que no hubieran debido de importarle. Pero entonces, ¿por qué diablos su fría reserva lo irritaba y enfurecía? ¿Por qué se sentía tentado de tomarla de la barbilla y de forzar a aquellos preciosos ojos marrones a mirarlo para ver si podía hacerles expresar aquello que había brillado en ellos al hacer el amor? Pedro se obligó a sí mismo a no tocarla. Sabía que sería incapaz de reprimirse si cometía el error de hacerlo. Paula pareció leerle el pensamiento y tiró otro poco más de la sábana.
-¿Esperas que adivine lo que quiere doña Isabella?
-Sí, pero qué pueda ser... -desesperado por ocuparse en algo, Pedro recogió la bandeja y la dejó sobre una silla cerca de la cama-. Escucha, tú puedes adivinarlo tanto como yo. O mejor aún. Apuesto a que mejor.
-Entonces, ¿me das carta blanca?
-Me parece que no me queda otra alternativa.
-¿Y qué ocurrirá una vez que tengas a Sarita?
Pedro no fingió que no entendía la pregunta.
-¿Te refieres a qué pasará contigo?
-Sí -Paula se hizo un ovillo con la almohada en un gesto de autoprotección-. Si no estoy embarazada, una vez que tengas a Sarita, ¿qué pasará conmigo?

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