-¡Bárbaro! Ella ha dicho que no.
-¿Ella ha dicho...? Discúlpenos un minuto -contestó Pedro agarrando a Paula del codo y llevándola a un rincón de la habitación-. ¿Qué ocurre aquí?
-No puedo soportarlo -inclinó la cabeza-. No puedo permitir que Rafe te obligue a casarte conmigo. No voy a forzarte a casarte conmigo.
-Tú no comprendes.
-Sí, lo comprendo -respondió ella mirando el reloj-. Aún tienes tiempo. Yo puedo ayudarte a buscar otra mujer. Alguien que pueda...
-Es imposible -la interrumpió él-, ahora estamos aquí.
-Pero tú dijiste...
-Tenías razón, puede que estés embarazada.
Paula apenas podía sostener la mirada de Pedro. Sus mejillas se ruborizaron.
-Ya lo afrontaremos más adelante si es así.
-Lo afrontaremos ahora -respondió Pedro soltando el aire contenido e inclinándose sobre ella. Su fragancia iba a volverlo loco, pero prefería estar cerca de ella y evitar que los demás los escucharan-. Escucha, cariño, en cuanto hubiera comprendido las consecuencias de nuestros actos habría vuelto y te habría forzado a venir conmigo al altar. Estuviera tu hermano de acuerdo o no.
-¡No! -negó ella instantáneamente-. Cuando supiste quién era lo primero que hiciste fue marcharte.
-Sí, es cierto, lo admito. Si tu hermano no me hubiera detenido me habría marchado. Pero no a buscar otra esposa. Tienes que creerme, Paula, habría vuelto a por ti. Fue el shock de descubrir quién eras y el hecho de tener que enfrentarme de nuevo a tu hermano lo que me hizo reaccionar de esa manera.
-Tú no quieres casarte conmigo, Pedro. Sé que no quieres.
-Cariño, yo no quiero casarme con nadie -aseguró Pedro tratando de acabar con la discusión de una vez por todas-, pero ni tenía elección antes de venir aquí ni la tengo ahora. Ni tú tampoco. Sellaste tu destino en el instante en que te dejaste caer en esa cama conmigo.
Había hablado demasiado. Podía ver la curiosidad en los ojos de Paula.
-¿Qué quieres decir con eso de que no tenías elección antes de venir aquí?
-Te advertí de que yo también tenía secretos.
-Y ese secreto... ¿lo sabe Rafe, verdad? De eso es de lo que estuvisteis hablando los dos.
-Supongo, pero eso no cambia en nada las cosas-añadió Pedro inclinando la cabeza hacia el párroco-.
Es hora de terminar lo que hemos comenzado.
-¿Y si vuelvo a decir que no?
-No lo harás. Ibas a redimirme, ¿recuerdas? -Creía que era imposible redimirte.
-Y lo es -sonrió él irónico-. Pero tú eres una mujer,
y por eso volverás a intentarlo de todos modos.
De nuevo la había insultado. Pero por desgracia sospechaba que no sería la última.
-En cuanto descubra que no estoy embarazada acabaré con este matrimonio -aseguró Paula.
Aquella promesa hubiera debido de aliviar a Pedro, pero en cambio le molestó.
-Te quedarás hasta que hayas cumplido con tu promesa, solo entonces podrás marcharte. Si es lo que deseas.
-Así será.
-Bien. Y ahora vuelve ahí y diles que has cambiado de opinión. Hay un largo camino hasta Colorado, nos marchemos en cuanto hayas hecho la maleta.
En aquella segunda ocasión delante del párroco
Pedro sí prestó atención. Le había dicho la verdad a Paula. En cuanto hubiera comprendido las consecuencias de su entusiasta reencuentro habría vuelto para arrastrarla al altar. Pedro tomó las manos de Paula en las suyas y dijo las palabras que se esperaban de él. Si alguien notó que omitía la palabra «amor» nadie lo mencionó. Pero él sabía que Paula sí lo había notado, y que para ella era un shock. Pedro juró. ¿Por qué se exponía Paula a tanto dolor? Era una *beep* casándose con él. Y él aún más por permitírselo. Paula seguía siendo una inocente joven en lo más profundo de su corazón, seguía creyendo en milagros y cuentos de hadas. Pero la vida junto a él la desengañaría.
-¿Tenéis anillos? -preguntó el párroco.
-Lo siento, no...
-Permitidme... -los interrumpió Rafe metiéndose la mano en el bolsillo.
Pedro trató de calmarse y de no golpear con el puño la perfecta y arrogante dentadura blanca de su cuñado. Cualquier duda que hubiera podido albergar en cuanto a si todo aquello había sido una trampa se desvaneció.
-Tenías planeado hasta el último detalle, ¿no es eso, Chaves?
-Me gusta estar preparado.
Pedro silbó y bajó la voz para que solo el otro hombre pudiera oírlo.
-Entonces ya puedes ir preparándote, hermanito. La próxima vez que nos encontremos tú y yo vamos a intercambiar algo más que palabras.
-Si eso va a hacerte sentirte mejor... Mientras trates bien a mi hermana no me importa lo que me hagas a mí -replicó Rafe poniendo una caja con un anillo en las manos de Pedro-. Pero como le hagas daño te juro que me encargaré de que tu vida sea miserable.
-Demasiado tarde, Chaves, eso ya lo has conseguido.
-Pedro, ¿va todo bien? -inquirió Paula.
-Sí, todo va bien.
Pedro abrió la caja. Chaves le había cambiado la invitación al Baile de Cenicienta por un anillo de boda. Y por supuesto los anillos encajaban en sus dedos perfectamente. En cuanto la unión fue bendecida Pedro tomó a su esposa en los brazos. Paula levantó la vista para mirarlo y él vio en ella una fuerza interior apenas perceptible nueve años atrás. El tiempo y la experiencia habían reforzado aquella fortaleza con su hierro. No era él el único que había caminado por el lado amargo de la vida, ni el único que había luchado. Y sin embargo ella aún conservaba la profundidad de corazón de una mujer, capaz de amar por muy en contra que estuvieran las circunstancias.
-Lo siento -murmuró él entre dientes.
-¿Sientes haberte casado conmigo?
-No, siento que nuestro matrimonio vaya a herirte.
Pedro se inclinó y capturó sus labios, bebiéndose todo su sabor mientras pensaba que pronto viviría con ella como su esposa. Durante unas cortas semanas se cumplirían sus sueños, lo cual era toda una ironía teniendo en cuenta que ya no creía en ellos. Sin embargo por alguna razón aquel cinismo se fue desvaneciendo y Pedro se encontró con que solo podía pensar en la mujer que tenía en los brazos, en la dulzura de aquel beso. Paula se abría a él, se lo ofrecía todo, se ofrecía a sí misma a pesar de todas sus amenazas. Suavemente fue soltándola.
-Tienes que hacer tu maleta. Nos iremos en cuanto estés lista.
-Te ayudaré -se ofreció Ella.
Rafe dio un paso adelante y abrazó a su hermana.
-Tu marido y yo te esperaremos en mi despacho.
Paula le devolvió el abrazo a Rafe con un inconfundible entusiasmo. Aquello irritó a Pedro. Le molestaba verla poner su afecto en personas que no lo merecían. Para empezar en él, y en segundo lugar en Chaves. ¿Acaso no tenía ningún instinto de conservación?
-No os peleéis -rogó Paula en un susurro que todos pudieron oír.
-Nos comportaremos -respondió Rafe echando una mirada significativa a Pedro-. Al menos lo intentaremos.
-Uno de los dos lo intentará -sacudió la cabeza Pedro.
El otro mordería el polvo al primer comentario arrogante y, con un poco de suerte, si no tardaba en salir de sus labios, le atizaría en cuanto estuvieran a solas. Pedro trató por todos los medios de controlar su carácter mientras recorrían los pasillos hasta el despacho de Chaves.
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Lean el siguiente!!
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Lean el siguiente!!
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