Pedro le mostró el camino y enseguida encontró las escaleras ocultas. Ella lo precedió sin decir palabra, temerosa de delatarse si hablaba. ¿Se daba cuenta Pedro de que tras las puertas acristaladas del balcón estaba su dormitorio? Por supuesto en ese momento la cama y los muebles estaban cubiertos con sábanas polvorientas. El dormitorio estaba tan dormido como lo había estado ella misma durante todos aquellos años.
-Bien, Marianna, vayamos a los detalles.
Paula luchó por no reaccionar al oírlo llamarla por ese nombre. Le traía recuerdos de su tía y de Florida, recuerdos que hubiera preferido no tener que resucitar.
-Adelante.
-Ya te he dicho que vivo en un rancho. Es de buen tamaño, lo que significa que me toma mucho tiempo.
-¿Quieres decir que no estás mucho en casa?
-Depende de la estación del año y del trabajo que haya. Solo pretendo decirte que hay temporadas en las cuales estarás más tiempo sola que acompañada. ¿Podrás soportarlo?
-Sí, no será un problema. Cuando tengo tiempo libre me dedico a pintar.
-¿Entonces eres artista?
-Bueno, solo cuando no tengo que ocuparme de la hacienda familiar.
Aquello sorprendió a Pedro.
-Entonces, ¿es que estás familiarizada con ese estilo vida? -preguntó él aliviado-. ¿Conoces su aislamiento?
-Lo conozco, supongo que las tareas de tu rancho serán muy similares a las de la hacienda en la que vivo. Yo puedo llevar las cuentas, tratar con los empleados, hacerme cargo de pagar los salarios y llevar la casa.
-¿Hay algo que no puedas hacer? -preguntó él divertido.
-Bueno... Tengo un fallo muy notable. Pero trataré de solucionarlo. ¿Te vale con eso?
Pedro se cruzó de brazos y frunció el ceño. -¿Y puedes decirme de qué fallo se trata?
-En realidad no -respondió ella sacudiendo la cabeza.
En lugar de irritarlo aquella confesión debió de resultarle divertida. Una amplia sonrisa descubrió la marca de su diente.
-Así que voy a casarme con una mujer enmascarada y que tiene un serio fallo. Esto se pone cada vez más interesante.
-Tenemos mucho que aprender el uno del otro en el transcurso de nuestro matrimonio.
-De modo que te gusta el misterio en las relaciones
-de pronto la sonrisa de Pedro se desvaneció-. Está bien, lo haremos a tu modo.
Durante una décima de segundo Paula se quedó atónita y en silencio.
-¿Entonces estás de acuerdo?
-Y me doy por advertido. Yo también tengo mis secretos. Si no te molesta que haya cierto misterio entre marido y mujer entonces a mí tampoco.
-Y ese secreto tuyo... ¿es algo ilegal?
-Nada por lo que puedan mandarme a la cárcel -respondió él con los labios apretados, dejándola atónita. -¡Oh, Pedro! -susurró ella acercándose para rozar su brazo, preguntándose qué habría hecho-. ¿De verdad es tan serio tu secreto?
-Bastante serio, mi dama enmascarada. -¿Y lo lamentas?
-No.
La respuesta de Pedro había sido rápida, segura. Suficiente como para que ella tomara una decisión.
-Entonces eso es lo que importa.
-No del todo. Estoy deseando verte sin máscara y aceptar ese defecto que dices que tienes, pero hay un aspecto importante de nuestra relación que debemos explorar antes de comprometernos definitivamente.
-¿Y es ésa la razón por la que me has traído aquí?
-Sí.
-¿Para disponer de intimidad?
-Sí.
Paula no quiso mostrarse tímida o coqueta, de modo que preguntó:
-¿Te refieres a tener intimidad para hacer el amor?
Pedro no apartó la vista de su mirada directa para contestar:
-Tenemos que estar seguros. El sexo es un aspecto muy importante del matrimonio.
De modo que debían de disfrutar de buen sexo, pero sin emociones. ¿Acaso Pedro no se daba cuenta de lo equivocado que estaba?
-¿Y si no somos compatibles?
-Lo reconsideraremos.
Los cascabeles de la máscara de Paula resonaron en forma de aviso.
-Estoy nerviosa -confesó ella-, ¿te sorprende?
Los ojos de Pedro parecían negros en la oscuridad de la noche, la luz distante apenas era suficiente para iluminarlos y darles color. Pedro se volvió y se inclinó sobre la barandilla, agarrándose a ella y mirando al cielo estrellado. Paula vio sus ojos vagar por los jardines y por el terrible paisaje del desierto. La luna llena lo bendecía todo de suavidad, pero las cortantes sombras de la noche resultaban duras e impedían que el paisaje fuera delicado o pastoral. Aquello concordaba con el carácter del hombre que tenía a su lado.
-Te vi nada más llegar -dijo él al fin-. No lo sabías, ¿verdad?
Paula se alarmó. ¿La habría visto sin máscara? -¿Te refieres a cuando llegué?
-Sí, a unos minutos antes de que bailaras con Sotherland. Bajaste por las escaleras hasta la sala de baile.
Tu máscara oculta muchas cosas, pero pude notar tu nerviosismo e impaciencia por llegar.
Por encontrarlo a él, estuvo Paula a punto de decir. -¿Y?
-Un hombre mayor te detuvo.
-Sí, lo recuerdo. Se había torcido el tobillo y necesitaba ayuda.
-Lo ayudaste.
-¿Y eso te impresiona? -preguntó ella incrédula-. Cualquiera hubiera hecho lo mismo. Es una cuestión de decencia.
-Nadie lo ayudó hasta que no llegaste tú -declaró él mirándola por encima del hombro-. Y además no fue él el único. Había una chica joven sentada sola, llorando prácticamente. Debiste de quedarte a hablar con ella durante al menos diez minutos.
-Me recordaba a una persona a la que conocí, una vez -admitió Dulce.
-La mandaste a casa, ¿verdad?
-No estaba en el lugar correcto. Había venido al baile huyendo de su casa. Le sugerí que había otras formas de hacerlo sin tener que casarse con un perfecto extraño.
-¿Al contrario que tú?
Aquella pregunta daba exactamente en el clavo.
-Yo no tengo dieciocho años, no estoy tratando de escapar de una vida infeliz en casa.
-¿De qué tratas de escapar, entonces?
-De nada -respiró hondo, luchando por abrirle su corazón. En una ocasión había compartido con él sus pensamientos y sentimientos más íntimos sin ninguna dificultad. Pero con los años se había vuelto más cautelosa-. No trato de escapar de nada, Pedro. Estoy buscando algo.
La tensión enderezó entonces los hombros y la espalda de él.
-Encontrar, ¿qué?
Un respiro del pasado, un amor largamente perdido.
-Mi futuro.
-¿Y crees que ese futuro está conmigo?
-No lo he decidido aún -admitió Paula con perfecta inocencia.
-Si estás buscando algún tipo de cuento de hadas romántico te has equivocado de hombre. Yo no estoy interesado en el amor. Solo busco a una persona que quiera mantener una relación práctica, ayudarme a crear un hogar. Una mujer con sentido del humor y espíritu generoso que sea capaz de luchar cuando la vida se ponga difícil -Pedro se volvió para mirarla-. ¿Eres tú esa mujer?
-Deja que trate de comprenderlo. ¿Compartiré la vida contigo, pero no el amor?
-A menos que desees vivir en un mundo de dolor.
-¿Y eso, supuestamente, debe servir para convencerme de que me case contigo?
-No, debe de hacerte pensar. ¿Has venido al mercado dispuesta a comprar algo práctico o eres la Cenicienta esperando a tu príncipe? ¿Fantasía, o realidad?
¿Acaso no se daba cuenta? Él era su príncipe, sus corazones y sus almas se habían unido en una noche fatal nueve años atrás. Quizá él se hubiera arrepentido, pero lo que habían compartido había sido algo muy especial. Y se negaba a pensar en ello de otro modo. Su unión había sido una deliciosa combinación de fantasía y realidad, de otro modo sus sentimientos se habrían desvanecido con el tiempo, y solo en raras ocasiones se hubieran acordado de ello para examinarlo a la luz de la razón con un suspiro de lástima o una sonrisa distante de placer.
Paula lo miró y se sintió terriblemente pequeña y frágil frente a su fuerza indomable. Tenía que ganar la batalla de la voluntad. No tenía elección. Tenía que conseguir que él volviera a creer en los sueños.
-¿Y por qué no me besas, Pedro, y así vemos si se trata de fantasía o de realidad?
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Lean el siguiente!
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Lean el siguiente!
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