Algo oscuro y poderoso se inquietó en la mirada de él.
-Muy bien, cariño. Loo haremos a tu modo -sus intenciones quizá fueran prácticas, pero su tono de voz decía algo muy distinto. Le advertían de que estaba excitado, de que era un hombre que tomaba lo que deseaba, de que no le iba a dar cuartel-. Déjame probarte que no es el príncipe encantado el que te está besando, sino un hombre real.
-0 quizá un poco de los dos.
-No te engañes, cariño -advirtió él tomándola en sus brazos con fuerza y firmeza, agarrándola por la espalda para deslizar las manos por sus caderas encendiendo una chispa bajo su cintura-. Tengo la intención de hacerte entrar en este matrimonio con los ojos bien abiertos.
-Los tengo abiertos.
-Pues mantenlos así.
Pedro levantó una mano y se quitó la máscara enseñándole los rasgos que la habían perseguido durante todos aquellos años. No quedaba en él nada de infantil. Sus líneas se habían hecho más angulosas, enfatizadas por una nariz recta y unos pómulos fuertes e interesantes. Tenía los labios más anchos, lo suficientemente generosos como para considerarlos sensuales, y sin embargo eran decididamente masculinos. Y la forma de su mandíbula advertía de que se trataba de un hombre decidido. Pero sus ojos... sus ojos sostenían los de ella, se veían arrastrados por los de ella con una pasión que negaba toda la frialdad de sus palabras. En algún lugar detrás de la barrera que formaba el dolor, enterrado bajo años de sufrimiento y negación, subyacía un corazón capaz de amar tan profundamente, tan apasionadamente, que tenía que hacer lo que fuera con tal de volver a encontrarlo.
Pedro trató de arrancarle la máscara como si presintiera sus pensamientos.
-¿Aún quieres conservar esto?
-¡Por favor, no! -exclamó ella evitando su mano con un rápido giro que hizo sonar endiabladamente los cascabeles.
No tenía más elección que esconder su rostro. Cualquier intento de relacionarse con él acabaría en un fracaso en el mismo instante en el que descubriera quien era.
Pedro reaccionó sin pensar. Paula no hubiera debido de apartarse y huir. El primitivo instinto de luchar lo obligó a darle caza. Él no hubiera podido explicar qué ancestral necesidad lo arrastraba, si era el misterio de sus rasgos, la gracia de sus movimientos o la generosidad de sus curvas femeninas. Quizá se tratara de algo más básico aún, de la sospecha de que ella lo deseaba. Lo único que sabía era que tenía que poseerla. De inmediato.
Paula se detuvo al borde de la barandilla y giró para enfrentarse a él. El vestido se arremolinó a su alrededor y Pedro pudo escuchar su respiración entrecortada. Durante unos largos instantes ella lo miró. Y entonces bajó los brazos a los lados en una rendición incondicional. Era suya, y ambos lo sabían.
Él le ofreció la mano y ella lo complació deslizándose en su abrazo. Aquella mujer resultaba toda una tentadora contradicción, con los cabellos de color claro severamente peinados y ordenados en un moño y los ojos oscuros e intensos advirtiendo de su naturaleza apasionada.
-¿Me dejarás que conserve la máscara?
-Consérvala, si tan importante es para ti. Pero si no puedo verte al menos déjame saborearte.
Ella cerró los ojos, unos ojos que lo perseguían de una forma inexplicable, excitante.
-Pedro...
Aquel susurro resultó toda una tentación, como el canto de la sirena entonado para engañarlo al tiempo que le suplicaba su seducción. El aliento de ella se mezcló con el de él, su dulzura y calidez lo atraía exigiéndole que probara aquel lujurioso sabor. Pedro deseaba conquistar aquella boca apasionada y rápidamente. Pero en lugar de ello prefirió volverlos locos a los dos con su lentitud y minuciosidad.
Y bebió profundamente, con una sed voraz. La boca de ella era tan suave como la había imaginado, y se abría a él sin vacilar. Juntos comenzaron el más antiguo baile de los labios, de las lenguas y de los dientes, al principio con dulzura y después con ansiedad para terminar en mortal seriedad. Pedro la agarró de la nuca sintiendo sus desesperados gemidos vibrar contra la palma de la mano. Aquel sonido lamía su interior dirigiéndose directo al alma que no tenía. Conocía ese gemido típicamente femenino. Sabía lo que significaba. Sabía lo que exigía de él.
-Enseguida, cariño. Tengo lo que necesitas.
Pedro tanteó la cremallera del vestido, a la espalda, y comenzó a bajársela. Su ruido metálico se mezcló con el urgente tintineo de los cascabeles. Sus bocas volvieron a fundirse una y otra vez mientras los dedos de él se deslizaban por la suave extensión de la espalda de Paula hasta el trasero. Entonces él la separó de la barandilla para introducirla en las sombras del balcón. La luz de la luna cortaba en dos su máscara, iluminando los cascabeles dorados y revelando el oscuro líquido de sus ojos. Ojos negros. Ojos familiares. Ojos que lo perseguían.
-No soy un príncipe, cariño. Soy un hombre, de carne y hueso, y tan duro como eso. Ella sacudió la cabeza, y con el abrazo sus cabellos se soltaron deslizándose como una pálida cortina alrededor de sus hombros.
-Eres un hombre que valora el honor y protege a aquellos que están a su cargo.
-Eso no puedes saberlo.
-Lo sé.
-Estás poniendo tu fe en un hombre que no cree en ese tipo de cosas. Y no es inteligente tener una fe ciega, cariño. No con alguien como yo.
-Ese beso ha borrado cualquier duda que hubiera podido tener.
Pedro bajó la vista hasta sus labios. La boca de Paula se había hinchado con el beso, estaba húmeda y lista para volver a ser conquistada.
-No te engañes, ese beso ha sido pura lujuria -dijo Pedro tomándola de los hombros y gimiendo casi cuando el vestido de ella resbaló. Entonces levantó las manos en una súplica silenciosa. Una piel de marfil asomaba bajo la cortina de su pelo, excitándolo de un modo tan peligrosamente primitivo que tuvo que sacudir la cabeza-. Al menos nuestro matrimonio no se quedará corto en un área.
-No se quedará corto en ningún área. No si estás dispuesto a darle una oportunidad.
Pedro cerró los ojos y habló entre dientes.
-Una esposa, una casa, sexo. Eso es todo lo que quiero.
-No será así. No por mucho tiempo.
-Ese juego es peligroso, mi dama.
-No es un juego.
Paula levantó los brazos libres de los tirantes del vestido y lo agarró por el cuello. Era como una diosa desnuda y mitológica. Enmascarada, su pelo caía en una tentadora maraña. Desnuda hasta la cintura, sus labios se alzaban hacia él en una generosa invitación. Entonces Pedro dio rienda suelta a sus emociones y dejó que su hechizo lo consumiera.
Ella lo marcó con su delicado contacto, encendiendo una chispa en él que ardió salvaje en su interior. Pedro se inclinó sobre ella, cayó en ella, se llenó las manos con sus pechos, llenó su boca con lametones incontrolados y salvajes de su lengua. Su fragancia lo volvía loco, era como un sabor extrañamente familiar y a la vez distante que lo obligaba a actuar de un modo puramente instintivo. Pedro mordió su labio inferior, lo succionó. Después encontró el delicado hueso que unía su cuello con su hombro, y finalmente probó las puntas de sus pechos. Sus suaves quejidos de placer lo excitaron aún más, lo obligaron a levantarle las amplias faldas de su vestido para ofrecerle lo que ambos buscaban con desesperación.
-Espera -dijo ella deteniendo su mano-. No podemos. Alguien puede vemos.
-No me pares ahora, no creo que pueda parar.
Le resultaba laborioso respirar, su pecho temblaba con la tensión de hablar cuando el momento solo pedía una expansión física. Hacía tanto tiempo que no poseía a ninguna mujer, tanto tiempo que no deseaba a ninguna mujer que estaba medio loco de necesidad.
-No hace falta que pares, pero no podemos hacer el amor aquí -contestó ella buscando por su espalda para agarrar el pomo de la puerta del balcón-. Estas habitaciones llevan años desiertas, nadie nos encontrará.
Si Pedro hubiera prestado atención a sus palabras habría adivinado la verdad, habría sabido a quién tenía en sus brazos, habría entendido por qué aquellos besos le resultaban tan familiares, por qué lo volvían tan frenético, por qué podía anticipar cada uno de los deseos de ella y ella los de él. Pero no prestó atención. Aceptó sencillamente el comentario de que la habitación estaba vacía como si fuera posible que un dormitorio esperara en silencio la unión de dos amantes perdidos tiempo atrás.
La luz de la luna los guió hasta el interior para abandonarlos después, forzando a Pedro a confiar en la fragancia y en los sonidos. Por alguna razón aquello intensificó su excitación, lo llevó a buscar la unión de un modo imperativo. El crujir del vestido de ella lo ayudó a localizarla. Pedro la persiguió y la sacó de los brazos de la oscuridad para estrecharla en los suyos. Enseguida se deshicieron del vestido.
-¿Dónde? -preguntó él.
-Por aquí -respondió ella, que había comprendido la pregunta.
---------------------------------------------------------------
Lean el siguiente!!!
---------------------------------------------------------------
Lean el siguiente!!!
Wowwwwwwwww, espectacular!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarMe encanta la nove!!
ResponderEliminarQ buenos caps! Muy intenso se esta poniendo todo... mimiroxb
ResponderEliminarGuauuu!! Que buenos capítulos ..
ResponderEliminar