domingo, 28 de diciembre de 2014

Capitulo 16 -Recuperarte-

-No la presiones, jefe -advirtió Jumbo dejando un plato delante de él-. Quizá no le guste el vino. Si aún deseas emborracharla puedo traerte alguna de esas botellas que tienes escondidas en la mesa de tu despacho. Podríamos echarle un poco en el café.
-Repite esa palabra.
-¿Qué palabra?
-La que empieza por J.
-¿Cuál? ¿Jefe?
-Sí, ésa. Quiero que reflexiones sobre ella antes de volver a abrir la boca, así quizá conserves tu empleo hasta después de la cena.
-¿Pero qué he dicho?
-En primer lugar te metes en donde no te llaman -respondió Pedro tratando de bajar la voz-, y en segundo estás soltando demasiada información. Y tercero, no estoy tratando de emborrachar a mi mujer.
-¿Ah, no? ¿Entonces es que has abandonado el plan? A mí no me importa mucho, no creas.
-¡Jumbo!
-¿Quieres que me calle?
-0 lo haces ahora mismo o lo hago yo por ti -amenazó Pedro.
-No diré ni una palabra más.
-Bien.
Jumbo dejó un plato delante de Paula.
-¿Quieres que te traiga algo? -preguntó Jumbo dirigiéndose a Paula-. Que quede claro que no me estoy entrometiendo. Preguntarle qué quiere es parte de mi trabajo. No puedo traerle nada si no me lo dice primero -añadió mirando a Pedro a la defensiva.
-No, gracias Jumbo -contestó Paula.
-Pero te vas a comer todo lo que te he traído, ¿verdad?
-Para ser sincera no tengo mucha hambre -respondió Paula parpadeando sorprendida.
-Mal asunto -añadió Jumbo poniéndose en jarras.
-¿Sí? -preguntó Paula abriendo mucho los ojos.
-Sí, sí sigues así, dejándotelo todo, acabará por venir Mojo con el cuchillo a exigir una explicación. No le gusta que la gente desprecie su comida.
-¡Jumbo!
-¿Es que quieres ver a tu esposa cortada a cachitos, jefe? -preguntó Jumbo volviéndose hacia Pedro-. Estoy tratando de proteger tu propiedad.
-¡Ella no es de mi propiedad! -exclamó Pedro. ¿Pero qué le ocurría a la gente? ¿Acaso no veían que ella era una persona tan independiente y fuerte como las demás? Quizá se debiera a su aire de fragilidad, al hecho de que fuera la más deliciosa criatura femenina que jamás había entrado en su casa-. Ella es una mujer con voluntad propia y con capacidad para tomar decisiones.
-Escucha, jefe... -dijo entonces Jumbo tomando asiento-. Ahí es donde te equivocas. Traes a una mujer como ésta y todo se te va de las manos. Cuando fuiste a ese baile debiste traer a otro tipo de mujer, a una obediente. No es que esta tenga nada de malo, no, es una buena compra. Es solo que no es de ese tipo. A una mujer obediente le dices que se meta en sus asuntos, en la casa y los niños, y sus sentimientos nunca resultan heridos.
-¡Yo no la he comprado! ¡Jamás he dicho algo semejante!
-No con muchas palabras -asintió Jumbo-, pero todos captamos el mensaje.
Para alarma de Pedro, Paula dejó la servilleta sobre la mesa y se reclinó sobre el respaldo.
-Cariño, te aseguro que nunca he dicho que fuera a comprar una mujer. Te lo juro.
-¿Te parece más adecuada la palabra «trueque»? -inquirió Jumbo pensativo-. Sabes muy bien que... es un intercambio. Tú le das la casa, y ella la cuida. A eso me refiero.
-Disculpadme, por favor -se excusó Paula poniéndose en pie.
-Cariño, espera...
Pero Paula apenas escuchó a Pedro, igual que el resto de sus empleados. E hizo exactamente lo contrario. Se apresuró a salir al pasillo y después a los dormitorios al fondo de la casa. Pedro pensó que estaría llorando. Entonces se volvió hacia Jumbo.
-Dile a Mojo que prepare una cena ligera. Luego la pones en una bandeja y la dejas delante de la puerta de mi dormitorio. Y no hagas ruido, o te juro que no volverás a ver el amanecer -lo amenazó poniendo un dedo sobre su pecho-. Mañana tú y yo vamos a hacer un experimento.
-¿Qué clase de experimento?
-Vamos a comprobar cuántas veces tengo que noquearte para que se te caigan todos los dientes.
Pedro se marchó en persecución de Paula, y encontró a su mujer al final del pasillo mirando a su alrededor. Era evidente que no sabía qué puerta abrir. Pero él arregló la cuestión tomándola en sus brazos y llevándola a su dormitorio. El sol se había puesto dejando la habitación en penumbra. Sin embargo cuando Pedro fue a encender la luz ella lo detuvo.
-No -susurró.
Entonces él supo que había estado llorando. Trató de armarse de paciencia, luchó por ser la clase de hombre que ella merecía en lugar del hombre con el que se había casado, y dijo:
-Cariño, tenemos que hablar.
-En realidad no -respondió ella con la voz llena de oscuridad.
-Sí, en serio.
-Bueno, pues habla. Pero sin luz.
-No puedo ver tus  reacciones a lo que digo sin luz -argumentó él.
-Lo sé.
Bien, de acuerdo. Harían las cosas a su manera. Considerándolo bien quizá fuera justo. Pedro la hizo sentarse sobre la cama y se apartó para dejarle espacio. Acercó una silla, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas.
-Lo siento, Paula -comenzó a decir-. Primero por lo que ha dicho Jumbo. Pero también... debería de haberte hablado de Santa antes de casamos.
Paula se hizo un ovillo en el centro de la cama y abrazó la almohada de tal modo que Pedro comenzó a arder en deseos. Ella lo había abrazado a él precisamente así la noche del Baile. Pero en ese momento solo llevaba tres cosas: la máscara que ocultaba sus deseos, la piel suave como el pétalo de una flor, y su fragancia secreta a pasión de mujer.
-¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué ocultaste a Sarita?
-Porque era un perfecto... -el anillo de boda de Pedro reflejó los últimos rayos de sol del día. Entonces se interrumpió y recapacitó sobre su lenguaje. Y enseguida notó la ironía. Cuarenta y ocho horas antes había hablado sin ningún miramiento, y de pronto estaba aprendiendo el arte de la diplomacia entre marido y mujer-. En ese momento estaba jugando a tu juego. No sentía que te debiera nada, y menos aún una explicación.
-Comprendo.
Paula bajó la cabeza y su pelo cayó hacia delante reflejando todos los rojos y púrpuras de la puesta de sol, que quedaron prendidos de sus mechones dorados.
-Escucha, Paula. Sé que te he hecho daño. No solo porque no te dijera lo de Santa, sino por el mero hecho de tener una hija.
-Nosotros no estábamos casados -contestó ella abrazándose a la almohada con fuerza-. Tú no tenías ninguna obligación de serme fiel, lo comprendo.
-¿Lo comprendes? -preguntó Pedro sin poder evitarlo, deseoso de conocer la respuesta.
Paula dejó la almohada a un lado y respondió con seguridad.
-Estoy segura de que te cuesta creerlo, pero sí, lo comprendo. Lo que tú no quieres oírme decir es por qué.
No, no quería oírlo. Eran palabras prohibidas, palabras que lo ataban a la desesperación y a la ira más incansable.
-Se llamaba Magdalena -explicó Pedro reflexivo-. Me hizo la vida un poco más fácil en una época muy dura.
Paula lo miró. Pero no sirvió de nada. Sin luz su expresión permanecía indescifrable, igual que si llevara una máscara. Hasta su voz sonaba fría, demasiado tranquila como para hacerle sentirse bien.
-¿La amabas?
-¿De verdad necesitas que responda a esa pregunta?
-No te crees capaz de amar a nadie, ¿verdad?
Aquella pregunta, susurrada en la oscuridad, lo heló. Quizá fuera la falta de emoción de su voz, o quizá su callada aceptación. Pedro no quería escuchar ninguna de las dos cosas. Maldijo en silencio y se aproximó a ella, persiguiendo con agudeza la más dulce de las fragancias. La tomó en sus brazos. La respiración entrecortada de Paula demostraba su sobresalto.
-Una vez te amé a ti, ¿no es suficiente?
-¡No! -contestó Paula luchando contra él, revolviéndose-. Tienes miedo a la vida, Pedro. Nunca lo hubiera creído posible, pero es así.
-No es miedo, esposa mía -susurró él cerca de su boca-. Es cautela, sospecha. Y algo más que un ligero cinismo.

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Continuara! 
Espero que les gusten! Comenten porfas!!! 

5 comentarios:

  1. Q dificil todo...espero que lleguen a entenderse algun dia...mimiroxb

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  2. Wowwwwww, cuántas revelaciones x favor. Y encima qué metidos los empleados que cada vez complican más a Pedro.

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  3. Me encanto!!! Que no se metan mas los empleados, ojala se entiendan!!

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  4. Aiii no entiendo mucho..xq estuvo cn otra si seguía Amando Pau, y sobre todo si supuestamente nunca quiso tener relación cn otra mujer, como quedó.embaraza???

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