A MI LARGAMENTE perdida esposa:
No sé si esta carta llegará algún día a tus manos, ni si sabrás cómo te he buscado durante los dos últimos meses, desde que nos casamos en el Baile de Cenicienta. Pero te he buscado.
Por todas partes.
Los Montagues no han querido darme ninguna información sobre ti, a pesar de enseñarles nuestra licencia de matrimonio. He hablado con Ella. Ella está dolida también, a causa de tu hermano. Es como si te hubieras borrado de la faz de la tierra. Estoy pensando en contratar a un investigador privado para buscarte, pero no sé dónde decirle que busque. Lo único que me dijiste era que vivías en una plantación de café pero, ¿dónde? ¡Maldita sea, no se me ocurrió preguntártelo! Pensé que tendríamos todo el tiempo del mundo para descubrir los detalles de nuestro pasado.
Pero quiero que sepas una cosa, luz de mi vida: lo único que nunca se apagará es lo que siento por ti. Eres mi vida y mi amor, mi única estrella en el oscuro firmamento. Lucha por lo nuestro. Y vuelve a mí.
Hasta ese día vives en mi corazón, en mi Eterno Amor.
Baile de Cenicienta de los Chaves, Forever, Nevada.
Pedro Alfonso apoyó un hombro sobre la pared mientras esperaba a que la cola de los invitados avanzara. ¿Qué diablos estaba haciendo allí? Precisamente en ese lugar, el rincón del Infierno en el que recordaría, sin duda, la peor experiencia de su vida. Sin embargo no se movió. Se quedó quieto como un tonto, esperando a que Rafe Chaves volviera a atizarle una última vez.
Pedro juró entre dientes. Había pasado años tratando de protegerse del tipo de heridas que Chaves era especialista en hacerle. Sin embargo una orden irracional de una vieja y arrogante mujer había conseguido llevarlo justo a donde menos deseaba estar.
La fila se movió ligeramente hacia adelante y Pedro pudo ver de lejos al hombre que tanto había disfrutado destrozando su vida. Asombroso. Habían pasado nueve años, y no obstante no había cambiado. ¿Qué habría sido de Paula? No podía dejar de pensar en ella. ¿Habría cambiado? Tenía que haber cambiado. Ella tenía diecisiete años la última vez que se vieron, no era más que una niña fingiendo ser una mujer. Ya tendría... ¿cuántos?, ¿veintiséis? Casi veintisiete. ¿Asistiría al baile?, ¿sería esa la razón por la que Rafe lo había invitado?
Un estremecimiento helado, penetrante e inexorable, lo consumió. Era una emoción que le resultaba familiar. Ella Montague estaba junto a Rafe. Muy correcta. Ella Chaves. La última vez que la vio era una Montague. Rafe había conseguido una esposa mientras le robaba a él la suya. Aquella agria ironía le hizo sonreír.
-Alfonso -lo saludó Rafe con un gesto serio.
-Chaves -respondió Pedro sonriendo casi irritado-. Suponía que te encontraría aquí.
-Has venido, no estaba muy seguro de que fueras a venir.
-¿Te importa contarme por qué me has invitado?
Rafe vaciló e inclinó la cabeza señalando un rincón en el que dispondrían de más intimidad. Una vez a solas dijo:
-Pensé que te lo debía.
-¿Y por qué has pensado que me lo debías? -volvió a preguntar Pedro mordaz.
-¿Quieres que lo admita?, ¿es eso? Muy bien. Me entrometí en tu matrimonio, en tu relación con mi hermana. ¿Estás satisfecho?
Aquello hubiera debido de satisfacerle, pero por alguna extraña razón no fue así. Pedro trató de controlar su malhumor, consciente de que sería un error darle rienda suelta. Después sería incapaz de contenerse.
-Solo estabas protegiendo a tu familia, lo comprendo. Probablemente yo habría hecho lo mismo si mi hermana se hubiera ido con un hombre mayor.
-Pero no os fugasteis, os casasteis.
-Bueno... -replicó Pedro incapaz de controlar su ira, sorprendido de ver que aquello aún le afectaba después del tiempo transcurrido-. Tú te encargaste de anular la boda, ¿no es cierto?
-¡Paula no era más que una niña! Se coló en la fiesta sin que nadie la viera y se enamoró del primer hombre que le sonrió. ¿Qué esperabas que hiciera?
-Que nos dieras una oportunidad.
-¿Cómo? ¿Por qué? -preguntó Rafe lleno de frustración-. Yo tenía que volver a Costa Rica. ¿Esperabas que dejara a mi hermana aquí, abandonada con un hombre al que solo conocía desde hacía unas horas? Tú no eras más que un cowboy errante, sin casa, sin raíces, sin metas. ¿Qué habría ocurrido si hubiera salido mal, si ella me hubiera necesitado?
-¡Era mi mujer, maldita sea! ¿Crees que le hubiera hecho daño?
-¿Y cómo iba yo a saberlo? Dijiste que habías venido al baile por capricho, ni siquiera tenías invitación, te colaste. ¡Podrías haber sido cualquiera! Y tú mismo confesaste que ibas a la deriva.
-Sí, era un vagabundo.
-Nunca permanecías demasiado tiempo en ninguna parte. ¿Qué clase de vida es ésa para ella?
-Tú no me diste la oportunidad de buscar una casa para ella. Entraste en la habitación del hotel, me golpeaste y te llevaste a mi mujer sin darme siquiera una explicación.
-¡Era mi hermana!
Pedro intercambió una dura mirada con Rafe y logró controlarse a tiempo. Aquello era ridículo. No tenía sentido mantener una disputa a propósito de un suceso ocurrido hacía casi una década. No merecía la pena. Además tenía otros asuntos de los que ocuparse.
-Olvídalo, Chaves. Ya no importa.
-Está bien -asintió Rafe tras un largo silencio-. Aprecio mucho que hayas venido.
-Claro -respondió Pedro impaciente. No tenía tiempo ni ganas de mantener una charla cortés-. Si me disculpas...
-¿Pero es que no vas a preguntarme por ella? -preguntó Rafe deteniéndolo.
-No -replicó Pedro sin volverse siquiera.
-Y entonces, ¿para qué has venido?
-Y entonces, ¿para qué has venido?
En ese instante Ella se les acercó y posó una mano apaciguadora sobre el brazo de su marido.
-Calma, cariño, no irás a enfurecerte, ¿verdad? Esa es una buena pregunta -añadió volviéndose hacia Pedro-
-Si no has venido para saber qué ha sido de Paula, ¿por qué estás aquí?
-Si no has venido para saber qué ha sido de Paula, ¿por qué estás aquí?
Pedro se volvió. Interesante. Según parecía los Chaves tenían designios ocultos. ¿Pero por qué eso no lo sorprendía? Incapaz de resistirse, Pedro atacó.
-Por la misma razón que el resto de invitados, para encontrar esposa -añadió elevando una ceja-. ¿Alguna objeción?
Rafe apretó los labios. Lástima. Según parecía sí tenía una objeción, pero no iba a decirla.
-No, ninguna. Como no es esta tu primera visita no voy a entretenerte. Estoy seguro de que te acuerdas de dónde está la comida y la bebida.
-Sobre todo las mujeres -sonrió Pedro insolente-. La comida puede esperar.
-En ese caso me temo que no lo sabes todo. El de hoy era un baile de máscaras.
-Sí, lo leí en la invitación. Lo olvidé.
Rafe inclinó la cabeza con un gesto tan regio como el de doña Isabella.
-Encontrarás antifaces en la mesa que hay detrás de ti. Sírvete tú mismo.
Demasiado tenso. Demasiado arrogante. Con demasiado control sobre su mundo y sobre las personas que había en él. Pedro hubiera deseado poder restarle rigidez a su ex cuñado. Pero no se atrevió. Por mucho que le molestara necesitaba a Rafe. O, mejor dicho, necesitaba lo que el baile de Rafe podía proporcionarle a manos llenas: mujeres.
-Muchas gracias, lo haré -contestó Pedro mirando a su anfitrión.
-Ha sido un placer. Que encuentres mujer.
Pedro recogió un antifaz y se dirigió al salón de baile. Y no dejó de maldecirse a sí mismo por el camino. Una extraña y cálida chispa ardía junto al mismo hielo que guardaba su corazón. Hubiera debido de dejarle a Chaves que le contara qué había sido de Paula.
Paula estaba de pie en el balcón mirando para abajo, hacia los invitados. Ya estaba. Aquél sería su último Baile de Cenicienta. Era la última vez que se permitía a sí misma recordar, que permitía que el dolor proyectara su sombra sobre lo que la vida le ofrecía. La última vez que se permitía estar dolida y adormilada cuando hubiera debido de estar viva. Se enfrentaría al futuro una vez transcurrida la noche, cuando el sol naciera a un nuevo día. Dejaría de mirar constantemente hacia atrás.
Observó la cola de invitados. Hacía tiempo que habían acostado a su sobrino Donato, y sin embargo los invitados no dejaban de llegar. Quizá debiera de ofrecerse a recibirlos. Rafe había insistido en que se divirtiera, pero se sentía culpable por dejarles todo el trabajo a él y su cuñada.
Paula observó a Rafe y frunció el ceño. ¿Con quién estaba hablando? Hubiera jurado que estaba irritado, más que irritado. Tenía lo hombros rígidos, los puños cerrados. ¿Qué diablos lo había alterado? La gente de la cola dio un paso adelante y entonces Sháyne lo vio.
Pedro Alfonso iba en cabeza.
Aquello fue un shock. Paula escuchó el clamor distante de unos cascabeles y comprendió que estaba temblando, que las cintas de las que colgaban los cascabeles que decoraban su máscara se movían. Se aferró a la balaustrada para evitar caerse y las campanas dejaron de sonar. ¿Cómo podía ser? Después de tantos años su marido había vuelto. Pero, ¿por qué? ¿Por qué precisamente en ese momento, cuando había decidido dejarlo todo atrás? ¿A qué había venido? ¿O hubiera debido de preguntar mejor a por quién? Pedro se acercó a la mesa de las máscaras para invitados y eligió una. Y después entró en la sala de baile.
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Continuaraaa! Espero que les haya gustado! Comenten porfas, si es aca mejos! tw @Floor_PauChaves
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me copa muuuuuuucho flor!! cuando la subas pasamela por twww
ResponderEliminarWowwwwwwwwwwww, qué intriga!!!!!!!!! Genial comienzo Flor.
ResponderEliminarMe gusta!! Parece muy interesante...mimiroxb
ResponderEliminarmuy bueno! cuando subas caps pasamelos porfaa.. mi twitter es @andiibeniito
ResponderEliminarEsta buenisina la historia Flor! Gracias
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